Actualizado: 18/09/2020 21:58
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Literatura, Música, Crítica

La frenética y breve vida de Boris Vian

Los cien años del escritor, músico y crítico francés, entre muchos otros oficios

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El narrador, actor, músico, comediógrafo, crítico de jazz, ingeniero, inventor de aparatos mecánicos, guionista cinematográfico, experto en ciencia ficción, articulista y pornógrafo francés Boris Vian (Ville-d’Avray, Paris, 10 de marzo de 1920-Paris, 23 de junio de 1959) tuvo una vida frenética, libérrima y breve. Se desempeñó en actividades dispares y excéntricas: desde ejecutante de trompeta (‘trompetina’, según él) hasta la fabricación de utensilios automáticos de imprecisa utilidad. Testigo y protagonista de algunos memoriales de la vanguardia parisina (dadaísmo, surrealismo, existencialismo), el amigo de Miles Davis cumple el 10 de marzo de 2020, cien años: cumple, lo escribo en tiempo presente indicativo, porque sus gestos (literarios, musicales, tecnológicos, teatrales…) asombran hoy por su provocadora presencia.

Interesado en las propuestas existencialistas, trabó amistad con Jean Paul Sartre y Albert Camus (colaborador en LesTemps Modernes y Combat); irrumpe en la literatura en 1946 con la ‘novela negra’ Escupiré sobre vuestra tumba con el seudónimo de Vernon Sullivan. Relato con retumbos del ‘estilo americano’, provocó discusiones por su apasionada exposición antirracista. La censura la condenó por las presencias de escenas violentas y sexuales. Dentro del mismo talante, pero con ciertas costuras surrealistas encajadas en el humor, dio a conocer El otoño de Pekín (1947), La hierba roja (1950) y El arrancacorazones (1953). Sin embargo, su mejor novela para muchos, La espuma de los días (1947) es una compasiva fábula amorosa suscrita en una extraña atmósfera de nostálgico sentimentalismo. En Cuba, la legendaria Colección Cocuyo, de la Editorial Arte y Literatura, la editó. Descubrí después, en la Biblioteca Nacional José Martí, los volúmenes de sus obras impresos por el sello español Grijalbo, que sólo se podían consultar en la sala de lectura.

Heredero del teatro de vanguardia —admirador incondicional de Alfred Jarry (creador de la ‘Patafísica’ y autor de Ubu Rey) y de Eugène Ionesco (autor de La cantante calva)—, sus puestas en escena son una diatriba mordaz a las instituciones y a las simulaciones de la aristocracia parisina desde exacerbadas e instigadoras alegorías. Los forjadores delimperio (1959), La merienda de los generales (1964) y El último de los oficios (1964) dan pruebas de un montaje técnico en los flujos del teatro del absurdo con un matiz de elocuente y perturbadora sátira política.

El poemario No quisiera morir (1959): se opone al cosmos de sus novelas en una mutación a un lirismo delirante donde el juego lingüístico se impone. Julio Cortázar nunca negó la admiración que le profesaba a Boris Vian. En Rayuela, el artefacto narrativo del argentino, se palpan los ecos del polímata francés. Varios talantes y guiños convergen en ambos: el amor al jazz, el cine, la experimentación y la tendencia lúdica. “Boris Vian es un pendiente de lectura para todos nosotros”, escribió el autor de Prosa del observatorio.

Pianista, arpista y compositor de canciones. Creador de neologismos como el término “pianocktail”, vocablo apócrifo para describir a un piano, que al interpretar un pasaje melódico produce a la vez una mezcla de licores donde el emboque remite a las sensaciones que se experimentan cuando se escucha la pieza: indiscutiblemente, todo bajo los parámetros del surrealismo.

El polémico novelista, ensayista y poeta francés Michel Houellebecq es un heredero de las imposturas de Boris Vian, las cuales están presentes en narraciones como Las partículas elementales, Plataforma, El mapa y el territorio, Sumisión o Serotonina. Leo en estos días al amigo de Charlie Parker y ferviente admirador de Duke Ellington. Un amigo me cuenta que también escuchaba a Dámaso Pérez Prado. Me rondan en la cabeza unos rumores sincopados que me sumergen en un mundo lingüísticamente jazzeado. Escucho los solos de Bird y veo mis subrayados juveniles en los libros de Vian: coinciden. Insisto, cumpleaños cien de un escritor que dejó en los lectores una secuela, una modulación de armónicos empalmados. Sigo escuchando a Parker y sigo releyendo a Vian: se me entretejen los efectos de ambos. Me imagino al autor de Que se mueran los feos, bailando el “Mambo No. 5”.


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