Actualizado: 20/10/2017 18:43
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La guerra con rostro femenino

La Unión Soviética fue la primera potencia que puso en manos de las mujeres sus aviones de combate. Pero hasta hace poco su historia no se había contado

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Svetlana Alexievich, escritora y periodista bielorrusa que el año pasado recibió el Premio Nobel de literatura, tiene entre sus libros uno titulado La guerra no tiene rostro de mujer. Está armado a partir de entrevistas a mujeres soviéticas que participaron en la Segunda Guerra Mundial. En el mismo reúne los recuerdos de cientos de ellas que fueron francotiradoras, condujeron tanques o bien trabajaron en hospitales de campaña. En palabras de la autora, “la guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana”.

Se trata de una historia que no figura en la Historia. Permanecía olvidada y hasta ahora no se había contado. Lo cierto es que, durante aquel conflicto bélico, cerca de un millón de mujeres combatieron en las filas del Ejército Rojo. 80 mil de ellas llegaron a ser oficiales. Asimismo, 20 mil fueron condecoradas por sus méritos. Y 95 recibieron la máxima distinción que se otorgaba, la de Heroína de la Unión Soviética, más de la mitad de ellas a título póstumo. Combatieron hombro con hombro junto a los hombres, conduciendo tanques, manejando la artillería pesada y pilotando aviones. Respecto a esta última responsabilidad, conviene señalar que hasta entonces ningún país del mundo había puesto en manos femeninas sus aviones de combate. Inglaterra, y Alemania emplearon mujeres como pilotos, pero no en unidades de combate. La Unión Soviética fue la primera potencia en hacerlo (en Estados Unidos las mujeres no fueron aceptadas en la fuerza aérea hasta 1993).

No ha sido hasta fechas bastante recientes, ya digo, cuando ha empezado a divulgarse la historia de aquellas mujeres, que protagonizaron tantas páginas heroicas durante la guerra contra los invasores nazis. En español se han publicado un par de libros, que curiosamente tienen idéntico título. Uno es Las brujas de la noche. El 46 Regimiento “Taman” de aviadoras soviéticas en la II Guerra Mundial (Colección Aida Lafuente, 2013), cuyo autor es el periodista español Alberto Cruz. El otro, Las brujas de la noche. En defensa de la madre Rusia (Pasado y Presente, Barcelona, 2016), pertenece a la investigadora rusa Lyuba Vinogradova, colaboradora habitual de los historiadores Max Hastings y Antony Beevor, quien por cierto firma la introducción. Por otro lado, el canal de televisión ruso Star Media realizó en 2012 la serie en 8 capítulos Las golondrinas de la noche, que recrea en clave de ficción la historia del regimiento femenino cuyo trabajo consistía en sobrevolar las tropas alemanas y llevar a cabo bombardeos de hostigamiento y precisión sobre sus convoyes, fortificaciones, maquinaria y unidades.

Acerca de esos dos libros me debo abstener de opinar, pues no los he leído. Recibieron en general buena recepción crítica. En especial, el de Lyuba Vinogradova ha sido encomiásticamente comentado, por su marcado rigor histórico y su capacidad narrativa. Del historiador británico Simon Sebag Montefiore son estas palabras: “Historia adictiva, inolvidable y desgarradora del heroísmo femenino ante la guerra y el terror. Elegantemente escrita, es fruto de una rigurosa investigación en archivos y en entrevistas con los supervivientes, sacada a la luz ahora por vez primera. No se trata solo de un relato de hazañas y gestas, sino también de una ventana a la Rusia de Stalin. Sencillamente soberbio”.

Sí puedo hablar de primera mano de Las golondrinas de la noche (los 8 capítulos se pueden encontrar en YouTube con subtítulos en inglés, bajo el título de Night Swallows). No está realizada con pretensiones históricas, aunque el guión se inspiró en personajes y hechos reales. A partir de ellos, se creó una serie con elementos de ficción que la hacen muy interesante y atractiva, pero que al mismo tiempo da una visión bastante fiel de las acciones llevadas a cabo por el regimiento aéreo femenino, que se especializaba en cumplir sus misiones de hostigamiento durante el horario nocturno. Pero, ¿cuál es la historia de aquellas mujeres que lucharon contra los nazis con una bravura similar a la de sus colegas masculinos?

Poco después de iniciada la Guerra Patria, comenzaron a recibirse cartas desde los clubes y escuelas de aviación. Estaban firmadas por mujeres que pedían ser enviadas al frente para luchar al lado de los hombres. En el Ejército Rojo no había ninguna norma que impidiese a las mujeres pelear en primera línea, pero en la práctica se toparon con muchos obstáculos y se les relegaba a labores auxiliares. Marina Raskova fue quien logró el permiso para que sus compatriotas pudieran pilotar aviones de combate. ¿Quién era esta mujer capaz de ser tan influyente?

A Marina Raskova (1913-1943) se le conocía ampliamente en el país y era una leyenda y un ídolo para toda una generación. Había recorrido en aeroplano el país más extenso del planeta, primero a lo ancho y después a lo largo. Se inició como delineante en el Laboratorio de Aeronavegación de la Academia de la Fuera Aérea. En 1933 se convirtió en la primera aviadora soviética con título oficial, y un año después era ya instructora en la academia Aérea Zhukovski. En 1935 batió el record femenino de vuelo sin escala, junto con Valentina Grizodubova. En 1938 estableció, junto con otras aviadoras, una nueva marca: volaron sin parar durante 26 horas desde Moscú hasta Komsomolsk del Amur. Ese mismo año se les otorgó la condecoración de Heroínas de la Unión Soviética, siendo las primeras de su sexo en recibirla. La presencia de Raskova, quien se había hecho famosa y contribuyó a popularizar la aviación civil con dos vuelos que superaron los realizados hasta entonces, facilitó que sus compatriotas femeninas pudieran combatir en el aire.

Su propuesta de que se crease un regimiento especial integrado por mujeres fue escuchada y le prometieron analizarla. Sin embargo, fueron muchos los hombres que se opusieron. Mientras tanto, seguían lloviendo las solicitudes. Finalmente, Raskova obtuvo el permiso del mismísimo Stalin y en el otoño de 1941 empezó el reclutamiento de las seleccionadas. Eran chicas que practicaban pilotaje deportivo y de exhibición o que trabajaban en la rama civil. Varias de ellas contaban ya con horas de vuelo en las academias, que funcionaban desde 1927. Muchas solo tenían 17 años y cursaban estudios en la universidad. Además de las pilotos, se sumaron otras que desempeñarían tareas de ingeniería, mantenimiento y personal de apoyo.

Afrontar la desconfianza y el menosprecio de sus compañeros

Es oportuno decir que Stalin aceptó la creación de un regimiento femenino porque además de sumar pilotos, la presencia de esas mujeres aumentaría la moral del pueblo. Su principal victoria frente a los alemanes no consistió solo en lanzarles bombas, sino que además cumplieron un gran papel propagandístico: con su ejemplo inspiraron a miles de mujeres a alistarse en el ejército. Las seleccionadas pasaron un exigente y duro entrenamiento en Engels, un pueblo al norte de Sarátov. Raskova supervisó personalmente las maratonianas jornadas diarias de 10 horas. En seis meses recibieron, de modo intensivo, la formación que en tiempos normales tomaba año y medio.

Resulta fácil suponer cuál fue la reacción de los oficiales y soldados cuando vieron llegar por primera vez a aquellas muchachas que venían asignadas como pilotos de refuerzo. Tuvieron que afrontar la desconfianza y el menosprecio de sus compañeros, que consideraban que no eran de fiar y rehusaban volar junto a ellas. Los pilotos se apropiaban de sus aviones, las ninguneaban, las llamaban “muñecas”. Incluso aquellas que contaban con más experiencia de vuelo que los hombres, constantemente tenían que demostrar sus habilidades y su coraje. Consciente de todo eso, Raskova les dijo: “No basta con hacerlo bien. Es preciso hacer lo imposible. La palabra imposible no está en el vocabulario de nuestro regimiento”. Y en efecto, las jóvenes probaron su valía. Se dejaron la piel y se ganaron el respeto de sus camaradas masculinos. Los oficiales que se habían opuesto a la formación de un regimiento femenino, terminaron por rendirse ante sus rápidos progresos. Por otro lado, el avance incontenible de la Operación Barbarroja y la hegemonía aérea de los alemanes obligaron a que las cuestiones de género fueran aplazadas, al menos mientras durase la guerra.

Era tan inusual la presencia de aquellas chicas, que ni siquiera había uniformes concebidos para ellas. Del mismo modo que no se vinieron abajo con el machismo de sus compañeros, tampoco se desalentaron al verse enfundadas en unos uniformes masculinos varias tallas más grandes, que las hacían parecer ridículas. Ellas mismas se encargaron de ajustarlos, valiéndose de hilo y aguja. Igual ocurría con las botas, que tenían que rellenar con periódicos. Asimismo, en muchos casos hubo que modificar los aviones, pues algunas de las nuevas reclutas no llegaban a los pedales.

Una de las primeras órdenes que recibieron fue cortarse el pelo, que no podía exceder las dos pulgadas de largo. Hoy parece algo normal que una mujer lleve el cabello corto, pero en aquellos años no era así. Incluso en algunas regiones de Rusia era tradición llevarlo hasta más debajo de la cintura. Pero en medio de la guerra y aunque combatían como hombres, aquellas muchachas no perdían su feminidad. Se tejían ropa interior y vestidos con la tela de los paracaídas alemanes. Y festejaban las victorias de sus compañeras, entre besos, clamores y gritos. En las bombas escribían consignas como “¡Por la patria!”, y cuando empezaron a tener las primeras bajas ponían sus nombres: “’Por Liuba!”, “¡Por Vera!”.

En principio, Stalin estuvo de acuerdo en que se formara íntegramente un regimiento aéreo integrado por mujeres. Pero las solicitudes recibidas eran tantas, que al final se crearon tres: el 586 de Cazas, el 587 de Bombardeo y el 588 de Bombardeo Nocturno. El 586 estuvo a las órdenes de Tamara Kazarinova y entró en combate en 1942. Su trabajo principal era enfrentarse en el cielo a la aviación nazi y, llegado el momento, disparar sobre las líneas de infantería enemiga con sus ametralladoras. Al inicio, esta unidad estaba equipada con Yak-1 (Yakovlev), unos aviones ligeros y monoplazas que se distinguieron por su eficacia bebido a su rapidez. Al finalizar la guerra, ese regimiento había abatido 38 aparatos alemanes, entre ellos varios Messerschmidtt Bf 109, uno de los mejores que se usaron durante aquel conflicto bélico.

La propia Raskova asumió la comandancia del 587, que se encargaba de hacer llover bombas sobre el enemigo durante el día. Contó con los aviones Petlyakov Pe-2, unos bombarderos bimotores, de tres plazas y muy manejables que fueron creados en la década de los 40 por orden de Stalin. Al principio a Raskova le resultó difícil encontrar voluntarias, pues todas querían ser pilotos de caza. Ella logró convencer a muchas de que se enrolaran en la unidad de bombarderos pesados, argumentando que era el avión más difícil de manejar y que pilotarlo era una tarea sumamente complicada. El regimiento 587 comenzó a operar en diciembre de 1942. Durante la guerra, sus pilotos llevaron a cabo 1.134 misiones.

Entre las pilotos del 587, se destacó Lidiya Litviak (1921-1943), conocida por el sobrenombre de la “Rosa Blanca” de Stalingrado. Se le considera la mejor piloto de combate de la historia, pues derribó 12 aviones enemigos. Debido a esa hazaña, se le otorgó la condecoración de Heroína de la Unión Soviética. Fue protagonista de una curiosa anécdota. A fines de septiembre de 1942, logró abatir un caza pilotado por un alemán varias veces condecorado. Este fue capturado y el comandante de la división, que tenía a Litviak una gran estima, hizo que le presentaran al piloto. Este no creía que quien lo había derribado era una mujer. Pero se convenció cuando ella le explicó con gestos la maniobra que había empleado. En señal de respeto, él quiso darle su reloj, pero la joven no lo aceptó.

Una de sus misiones más famosas fue destruir un globo de observación usado para localizar objetivos. Era una misión arriesgada, ya que estaba defendido por varios cañones antiaéreos. Pero Litviak fue capaz de calcular la hora precisa para aproximarse y usó la luz del sol para camuflar su caza. En otra ocasión, se enfrentó a varios bombarderos Junkers, y a pesar de que fue herida consiguió resistir el dolor y derribó uno de ellos antes de aterrizar. Los alemanes le temían tanto, que necesitaron 8 Messerschmidtt para poder tenderle una emboscada y abatir su avión. La búsqueda de su cadáver tomó 36 años y no fue hasta 1979 cuando finalmente fue localizado.

El mismo año en que Litviak cayó abatida, Raskova murió al estrellarse su avión a causa de una tormenta. Al hallarse cumpliendo una misión militar, fue considerada caída en combate y tuvo funerales de Estado. Sus cenizas fueron depositadas en el muro del Kremlin y se le otorgó la Orden de la Guerra Patria de primer grado. El periódico Pravda le dedicó un editorial titulado “Moscú asiste al funeral de Raskova”. El escritor Konstantin Simonov, que entonces era corresponsal en el frente, la definió con estas palabras: “La belleza rusa callada y discreta”.