Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Unas brujas diestras y sigilosas

Las mujeres integrantes del regimiento 588 consiguieron ganarse un sitio de honor en la historia. Sus pilotos protagonizaron numerosos hechos de heroísmo en las condiciones más adversas y con los medios menos adecuados

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Al hablar sobre la participación de las mujeres en la Guerra Patria, hay que reconocer que si hubo una unidad que consiguió ganarse un sitio de honor en los libros de historia, esa unidad fue el regimiento 588. Sus pilotos protagonizaron numerosos hechos de heroísmo, y lo más admirable es que lo hicieron en las condiciones más adversas y con los medios menos adecuados. No es casual por eso que, de los tres regimientos femeninos, fue el que más títulos de Heroína de la Unión Soviética acumuló.

El 588 estaba compuesto por 400 mujeres, entre aviadoras y personal de tierra. La edad promedio era de 22 años. Cada tripulación la componían una piloto y una ayudante. Estas últimas eran en su mayoría estudiantes universitarias. El regimiento realizó más de 23 mil vuelos y sus aviones descargaron 3 mil toneladas de bombas. Fue la unidad femenina más condecorada de la fuerza aérea soviética. Hasta el final de la guerra, cada piloto pudo haber volado unas mil veces.

El regimiento 586 se concentró en la batalla de Stalingrado. El 587 y el 588 cubrieron el Frente Este hasta la caída de Berlín. Ambos cumplían misiones de bombardeo, pero el último tenía la peculiaridad de que las realizaba en el horario nocturno. Sus integrantes empleaban los Po-2 (Polikarpov), unos aviones vetustos, lentos y frágiles que las aviadoras bautizaron como kukuruznik, término derivado de kukurza, que en ruso significa mazorca de maíz. Tenían dos plazas y estaban construidos con madera y lona, dos materiales inflamables que los convertían en una antorcha al más mínimo impacto del fuego enemigo. Su velocidad era de 120 kilómetros por hora y podían volar 280 millas.

Su cabina era abierta y solo contaba con una protección de vidrio que no protegía a sus tripulantes de las balas ni del fuerte viento. Su única arma eran las pistolas TT y no fue hasta 1944 cuando fueron equipados con ametralladoras. Carecían de bodegas para las bombas y estas se colgaban debajo del avión, de modo que podía llevar muy pocas. Eso sí, las que cargaban daban en el blanco con precisión. Hubo ocasiones en que las chicas llevaban las bombas en las rodillas y ellas mismas se encargaban de soltarlas. Hasta el año 42, las pilotos volaban sin paracaídas para aliviar el peso. Entre todas, acordaron que si eran capturadas por los nazis se dispararían antes de caer prisioneras. Eso fue lo que hizo Alina Smirnova. Cuando su avión cayó a tierra perdió el sentido de dirección, y al ver que varias personas se acercaban creyó que eran alemanes y se dio un tiro.

La gran hazaña de aquellas mujeres fue lanzarse a combatir en unas aeronaves infinitamente inferiores a las de los alemanes. Su tecnología era propia de la I Guerra Mundial, pero quienes los pilotaban supieron sacarle el mejor partido. Los Po-2 eran vulnerables tanto al fuego de las baterías antiaéreas como al de las ametralladoras, debido a que volaban a baja altura. Ese hecho hizo que los mandos pensaran que si eran impactados solo tenían que aterrizar suavemente. No tomaban en consideración que aquellos aviones ardían con facilidad a causa de los materiales de que estaban construidos. Carecían además de blindaje y las cabinas estaban al descubierto, por lo cual las inclemencias meteorológicas hacían mella en las aviadoras.

El Po-2 fue diseñado a fines de los años 20 y en principio se empleaba como avión de entrenamiento y para la fumigación. Hasta la fecha, en la historia de la aviación es el biplano del que más unidades se han hecho. Su costo era muy bajo y en la Unión Soviética había en esos años unos 35 mil. No eran fuertes ni rápidos. De hecho, la condición de ser tan lentos era la razón por la que se usaban para fumigar. Los alemanes los llamaban “máquinas de coser”, por el sonido que hacían.

Solo contaban con capacidad para dos bombas, y debido a sus obsoletos sistemas de lanzamiento, en algunas ocasiones las tripulantes tenían que arrojarlas a mano. Eso además las obligaba a realizar varias misiones en una misma noche. Irina Rakobolskaya comentó: “Estos aviones no estaban preparados para ser bombarderos. Atábamos las bombas debajo de las alas. También habíamos inventado un visor. En realidad, era una mirilla en el piso del avión y un palo. Cuando el palo llegaba al medio de la mirilla, había que lanzar la bomba. Era más fácil que la tabla del dos”.

Las aviadoras del 588 enfrentaban enormes riesgos. En La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexeiévich recoge un elocuente testimonio de una de ellas: a varias de sus compañeras la menstruación se les retiró a causa del estrés. Asimismo, Nadezhda Popova, que comandaba el regimiento, contó que un día llegó a contar 42 impactos en el fuselaje de su avión: “Casi siempre teníamos que cruzar un muro de fuego enemigo”. Los nazis pensaron que aquellas muchachas que volaban en unos aviones que no podían compararse ni en velocidad ni en potencia con los suyos, no representaban ningún peligro. Sin embargo, cuando se iniciaron las misiones nocturnas tuvieron que cambiar de opinión. Debido a la astucia, el coraje y la habilidad que demostraban, pasaron a llamarlas Nachthexen, las brujas de la noche. Quienes lograban derribar uno de sus aviones, eran condecorados con la Cruz de Hierro, la máxima distinción que se daba y que también recibía quienes destruían un tanque soviético.

Su único aliado era la oscuridad

Aunque los Po-2 eran lentos e inapropiados para el combate, las “brujas” demostraron poseer una excepcional destreza para pilotarlos. Eso hizo que algunas de sus desventajas, en la práctica se convirtieran en aspectos que actuaban a su favor. En primer lugar, su lentitud les daba la posibilidad de volar tan bajo como para hacerlo entre bosques, zonas a las que a los aviones enemigos les era imposible acceder. Eso además les daba más facilidad para maniobrar y hacer giros inesperados, lo cual dificultaba el que pudiesen darles caza. También les permitía cambiar de rumbo en la mitad del espacio, algo que desesperaba a los pilotos enemigos. Asimismo, los Po-2 pasaban desapercibidos para los radares. En consecuencia, los alemanes tuvieron muchos problemas para derribarlos.

La gran maniobrabilidad de los Po-2 se combinaba con las tácticas extremadamente arriesgadas que empleaban las “brujas”. Al contar con aviones tan desfasados y con poquísimas defensas, el único aliado que tenían era la oscuridad. Usaban esa ventaja para eludir los reflectores alemanes y volar sin ninguna luz que les señalase el objetivo. Despegaban además a oscuras para no ser detectadas ni levantar sospechas. Para orientarse, únicamente tenían una pequeña lámpara que les mostraba dónde estaba la pista. Volaban sin radio, armas de fuego ni sistema de radar. Tenían que arreglárselas únicamente con un mapa, una brújula y un cronómetro. Salían con una distancia de entre 2 y 3 minutos entre un avión y otro. Volaban sin ver prácticamente nada, y en esas mismas condiciones aterrizaban tras concluir la misión. Eso dio lugar a que al regresar los centinelas derribasen a algunas de sus compañeras, pues creían que se trataba de aviones enemigos.

Las tácticas empleadas por las “brujas” se pueden caracterizar de suicidas. Unas veces iban en parejas y cuando se aproximaban al objetivo ascendían para luego descender con los motores apagados y arrojar los 300 kilos de bombas. De inmediato regresaban a la base para reponerlas y salir de nuevo. “No había tiempo para tener miedo”, recordó Nadezhda Popova. Lo más usual era volar en equipos de tres. Los dos Po-2 de los costados atraían la atención del fuego antiaéreo y de los reflectores, mientras el tercero se acercaba cautelosamente al blanco. Para garantizar el factor sorpresa, la aviadora apagaba el motor y descendía así hasta alcanzar la posición de ataque y lanzar las bombas. Tras eso, los tres aparatos de reagrupaban y volvían a atacar, pero en esta ocasión con otro de ellos en el centro. Esa operación la repetían hasta que agotaban la dotación de bombas.

Al llegar al aeródromo cargaban más. También echaban gasolina rápidamente, porque la que cabía en el tanque solo les alcanzaba para una hora. Esos bombardeos de hostigamiento los realizaban hasta 10 veces en una misma noche. Cada vuelo de regreso lo hacían con la esperanza de que las condiciones meteorológicas no hubiesen variado, de manera que pudieran orientarse hasta el aeródromo. De tener la mala suerte de que empezara a nevar, se sabían condenadas a estrellarse, pues la ya de por sí poca visión nocturna se les reducía aún más.

Aquellos pequeños aviones llegaban de la nada en plena noche y lanzaban sus bombas. Estas caían sobre cuarteles, vías ferroviarias y campamentos. Luego escapaban en la oscuridad, sin que los poderosos cazas pudieran hacer nada para impedirlo. Las bombas no causaban mucho daño, pues eran pequeñas. El efecto material no era, pues, mucho. Pero el daño psicológico iba en serio detrimento de la moral de los alemanes. Al no poder dormir en paz, estos quedaban desmoralizados. Al hecho de que estaban siendo asediados por mujeres, se sumaba el que en sus ataques empleaban una tecnología muy inferior. En ese sentido, las misiones de hostigamiento también tenían una finalidad psicológica, y vaya si la cumplían.

Pronto el terror cundió entre los soldados alemanes, al tiempo que se esparcía el rumor de que aquellos aparatos que los hostigaban por la noche estaban pilotados por sigilosas y diestras mujeres. A Hauptmann Johannes Steinhoff, un famoso piloto de la Luftwaffe, pertenece este comentario: “Para nosotros era simplemente incomprensible que los pilotos soviéticos que nos daban tantos problemas eran, de hecho, mujeres. Estas mujeres no le temían a nada: venían noche tras noche, en sus destartalados aviones, y nos impedían dormir”. Por su parte, Nadezhda Popova recordó, en una entrevista publicada en The New York Times, que la pericia y precisión con que realizaban los ataques dio lugar a que entre los alemanes comenzara a divulgarse que a las “brujas” les habían inyectado un misterioso producto químico que les daba una visión nocturna similar a la que poseen los gatos.

En febrero de 1943, el regimiento 588 se reorganizó y fue rebautizado como 46 Regimiento Aéreo de la Guardia Taman, en homenaje a las legendarias victorias del Ejército Rojo en la península de Taman. Eso significaba un reconocimiento de máximo prestigio. Fue el único de los regimientos femeninos que recibió ese honor, que situaba a sus integrantes entre la élite de las unidades de combate. Siguió estando formado exclusivamente por mujeres hasta el fin de la guerra. El 586 y el 587 habían pasado a ser mixtos, a causa del número de bajas que habían sufrido.

Las aviadoras del 588 formaron parte de la ofensiva final contra Berlín en 1945. Durante los cuatro años en los que combatieron, 30 de ellas murieron. Tras eso, muchas de aquellas mujeres volvieron a sus antiguas profesiones. Las pocas que siguieron prestando servicio en la fuerza aérea fueron desalentadas por sus mandos. Resultaron necesarias durante el conflicto bélico, pero ahora les tocaba marcharse y dejar que el trabajo masculino lo hicieran los hombres. Su historia ha venido a conocerse hace relativamente poco tiempo, pues como dice Svetlana Alexeiévich, todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la voz masculina.