Actualizado: 10/08/2020 14:05
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Elena Tamargo, Literatura

La Habana y su manía de ser bella

Elena Tamargo, referente obligado en la poesía de la ciudad de La Habana

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Habanera yo

Soy otra vez muchacha en el invierno
y nadie me regala una gardenia.
Pero el regreso de mis lunas
ahíjo taciturna del fondo de la calle
casi feliz, aletargada
bajo esta piedra roja.
Retozo como un campo florecido
es la herencia adecuada de una mujer despierta
un sueño desprendido del cuerpo que lo ha usado.
Los lirios de Rosita
mis únicos testigos
esperan la lechuza
en el silencio mío del oeste.
Vuelvo en la medianoche de este invierno
acércate a escuchar mi tambor y mi oboe
acércate con riesgo de hechizarme.
Ciudad, ciudad
no mates mi manía de ser bella
de pasearme desnuda y cepillarme el pelo.
Ciudad con pajaritos y cisternas
el probable lugar donde acabó una historia.
Ay, mi ciudad
mi pasto
mi sitio recurrente
a la hora en que duermen las palomas.
Ciudad que has bendecido mis vigilias
arrástrame hacia el mar
sin farolas ni víctimas
con algas en mi pelo
y en tu pelo de sal.

En la ciudad ajena, acaba de morir en domingo Elena Tamargo. Y se inaugura una extraña jornada, tan ajena como la ciudad, cual esas nubes cargadas que se acercan y con su lentitud terminan por cubrir el día.

Elena Tamargo.

Poeta de mi ciudad, su ciudad, quien tras varios años en la capital de México, se estableció en Miami, aunque nunca abandonó La Habana. Pienso en ella en esta hora y percibo la simbiosis de ciudad y mujer: por momentos cómplices, por momentos rivales, contendientes y aliadas, como suelen ser las amigas.

Abro el libro y el poema que aparece ilustra lo que digo: hay que pedir permiso a la ciudad para ser bella. La Habana accede a regañadientes, pues se trata de una hija favorita. Elena y su manía, La Habana y la suya. La poeta, recurrente en el verso. La ciudad, aferrada siempre a quienes la aman, por lejos que ellos estén. Poema emblemático de un vínculo en el cual los límites se borran bajo el impulso de la entrega. La hoja escrita es un papel que da testimonio del instante. Pues el amor lo invade todo, habita en el espacio y el tiempo de la mujer. El amor es la ciudad y sus rincones. Y la ciudad le corresponde.

Habrá que volver a ella muchas veces, una voz que habló sin timidez desde lo femenino y lo defendió en un lenguaje cuidado, a ratos culto a ratos cotidiano, en el cual exhibía ese ritmo interno que hace oscilar al lector en la cadencia del verso, de una palabra a otra, para que entre a la poesía por la misma puerta que lo ha hecho la autora. Se trata de un traspaso de poder, del poeta al lector, que pocos logran, por egoísmo o tacañería, quién sabe. Lo cierto es que al final de la lectura, siempre habrá que recordar un verso de Elena, pues su talento se empleó también en la comunicación con la sensibilidad ajena, sin barreras ni prejuicios, lo que imprime un halo de humanidad a su intención poética.

Elena y yo no tuvimos una amistad cercana, hay gradaciones y en ellas se impone una distancia que llenan muchas amigas que estuvieron a su lado hasta el final y algunas que no pudieron estar, también. A nosotras nos vinculaba la poesía y esos diálogos ocasionales que no por esporádicos son menos cálidos. La poesía es un cordón umbilical que nos une por encima de la cercanía palpable. Figuramos juntas en antologías y estudios afines a Cuba. Hoy, escribo estas líneas bajo el impacto de la noticia, tal vez porque quiero convencerme de que ya está en su Habana, asomada a los sitios proverbiales, insertada en el mundo poético que construyó, para que la luz destellara siempre, pese a la nostalgia.

Elena, me atrevo a asegurar que tu ciudad te envía este domingo, una gardenia. Habanera, recibe desde este lado, otra.


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