Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Publicidad, Arte, Pintura

La insuperable eficacia anunciadora

En la historia del arte cubano, a Jaime Valls le corresponden muchas páginas capitales. Gracias a su magnífico trabajo como publicista, se ganó un lugar en el arte de vanguardia de su tiempo

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No se puede decir que Jaime Valls pertenezca al grupo —por desgracia, bastante numeroso— de figuras destacadas de nuestra cultura que han caído en un total e inmerecido olvido. En los últimos años, algunas personas e instituciones de la Isla se han preocupado por estudiar y recuperar su legado y darlo a conocer a las nuevas generaciones. Pero todo esfuerzo que se haga por difundir su obra será siempre necesario. Y una buena ocasión para recordarlo es precisamente esta, pues mañana se cumplen sesenta años de su fallecimiento.

Durante las primeras dos décadas del siglo pasado, era frecuente la visita de pintores españoles a Cuba. Muchos de ellos aprovechaban para exponer sus obras. Casi siempre lo hacían en el Diario de la Marina, que habilitó un espacio en el edificio donde estaba su redacción. Hubo incluso casos de artistas que además residieron por un tiempo en la Isla. Uno de ellos fue Mariano Miguel González, quien entre 1904 y 1908 trabajó como dibujante en el periódico La Discusión y colaboró en El Fígaro, Bohemia y La Política Cómica. Volvió en 1910 y durante esa segunda estancia pasó a ser director artístico del Diario de la Marina. Fue además uno de los fundadores, en 1916, de la Asociación de Pintores y Escultores, y ocupó un puesto de profesor titular en la Academia de San Alejandro. Asimismo decoró el salón de fiestas del Centro Asturiano de La Habana, y como pintor fue uno de los primeros que captaron la belleza de Trinidad.

Jaime Valls fue, en cambio, uno de los artistas españoles que llegaron a Cuba y se radicaron allí por el resto de su vida. Había nacido en el pueblo de Valls, perteneciente a la provincia de Tarragona, el 23 de febrero de 1883. Su vocación por el arte se manifestó muy tempranamente. A los doce años ya estaba tomando clases de pintura y escultura en el taller de los hermanos Joan y Josep Llimona (el segundo es considerado uno de los máximos exponentes de la escultura modernista); unos estudios que luego continuó en el taller del caricaturista e ilustrador gráfico Apeles Mestre.

La infancia y adolescencia de Valls coincidió además con una importante expresión artística: el modernismo catalán. Aunque principalmente fue una corriente arquitectónica, también se manifestó en las artes plásticas y, sobre todo, en el diseño y las artes decorativas. Asimismo formaba parte de un movimiento general de renovación surgido en Europa, creado en buena medida a partir del art nouveau, pero que en Cataluña adquirió una personalidad propia y diferenciada. El modernismo catalán se distinguió por el alto valor que se daba a los elementos decorativos, la sensualidad, la exaltación de la forma, la estilización de los motivos. La huella de esas características se advertirán en la estética que en años posteriores desarrollará Valls.

En 1901, Valls viajó a Cuba con sus padres y hermanos (Rita Díaz, su madre, era natural de Guanes, Pinar del Río). El resto de su familia regresó después a España. No así Valls, quien decidió radicarse en la Isla. Cualesquiera que sean las razones que lo hicieron quedarse, entre ellas debieron estar las sentimentales: se enamoró de una cubana, Estrella Abin Quevedo, con la cual contrajo matrimonio en 1907 y que fue su compañera hasta el final de su vida.

Valls realizó su primer trabajo profesional en 1904. Diseñó y esculpió en bajorrelieve el escudo para los productos de tocador de los empresarios catalanes José y Ramón Crusellas, con el fin de presentarlo en la Exposición Universal de San Luis, Estados Unidos. Al año siguiente, se encargó de la dirección artística del semanario ilustrado El Chato Cómico, que tuvo una corta existencia. Y el mismo año de su matrimonio, José López Rodríguez, propietario de La Moderna Poesía, le encargó ilustrar los libros de texto que editaba para las escuelas públicas. Entre otros, Valls ilustró textos de la escritora y pedagoga Carolina Poncet (Lecciones de lenguaje) y del antropólogo e investigador Carlos de la Torre y Huerta (Primeras lecciones de lenguaje arregladas para uso de las escuelas públicas de Cuba).

Técnica infalible e inspiración natural

En 1908 comenzó su colaboración en el periódico La Discusión y en el “semanario de sports y de literatura” El Fígaro. En el segundo se inició como dibujante y caricaturista, manifestación esta última en la que alcanzó notoriedad sobre todo en la temática política. De esa etapa son, entre otras, las que dedicó a figuras como José Miguel Gómez, Teodoro Roosevelt, Martín Morúa Delgado, Juan Gualberto Gómez. Eso lo llevó también a colaborar en el semanario satírico-cómico ¡Ataja!, que al igual que El Chato Cómico, duró poco.

Paralelamente, Valls realizó por esa misma época los primeros anuncios que atrajeron la atención sobre él: los de los chocolates Peter’s y la leche condensada La Lechera. A partir de entonces, sus trabajos lo consagraron como ilustrador publicitario e hicieron que las agencias comenzaron a disputárselo. Fue ese el comienzo de su exitosa y sobresaliente trayectoria en el campo publicitario, una manifestación que entonces estaba adquiriendo en Cuba una creciente importancia, además de que era bien remunerada.

En un artículo sobre Valls publicado en 1925, Jorge Mañach elogió “estos finos dibujos con que, a diario, con una generosidad y una probidad que todavía no se ha apreciado suficientemente, Jaime Valls recrea nuestros ojos. Los espíritus críticos y los espíritus elocuentes podrán acendrar la loa con más sutiles conceptos o envolverla de más sonora palabrería; pero esencialmente, la impresión que estos anuncios de Valls suscitan es la de una inequívoca veracidad”. Mañach comenta que esa tarde había visto los trabajos hechos por Valls a lo largo de un lustro o más, lo cual lo lleva a expresar: “¡Qué primorosa verdad la del arte de Jaime Valls! ¿No es ese el secreto, a la postre, de su insuperable eficacia anunciadora, de la popularidad que estos dibujos se han ido ganando, al punto de ser recortados y enmarcados para los más exquisitos boudoirs? Porque esa verdad solo se consigue aunando una técnica infalible con una inspiración natural y una visión certera del ambiente. Y es así, por la generosa combinación de estos tres elementos en cada faena, como Valls logra, con cada dibujo, enfocar y satisfacer plenamente nuestra atención”.

Y cito este otro fragmento del texto de Mañach: “El virtuosismo técnico de Valls ha tiempo que viene siendo reconocido y admirado como merece. Puede decirse que, durante los últimos doce o quince años, nadie ha puesto cátedra tan pura y tan fecunda de dibujo en nuestra tierra, como este jocundo maestro, desde las planas de los periódicos. La historia que algún día se hará del arte cubano, tendrá que dedicarle a Valls muchas páginas capitales. En su sector, la técnica del cartel y la ilustración, Valls ha sido un verdadero iniciador. Suya fue la lección primera del trazo firme, justo, claro y limpio; suya la lección del movimiento y de la gracia en las figuras; suya la enseñanza del carácter, del sabor local, del criollismo. Antes de Valls el dibujo que en Cuba se daba era de una mediocre… ¿Cómo diremos? hipocresía. Un dibujo simulador, sí, que se valía de las sombras, del claroscuro, del alarde valiente, para esconder la línea ardua, el fugaz contorno, la estructura exacta de las cosas. Valls le quitó la careta a ese dibujo. Hizo en su arte lo que ahora se está haciendo en otras disciplinas: atacar y ahuyentar a la simulación por medio de la claridad, a lo fatuo mediante lo honrado y lo sobrio”.

Los anuncios de Valls se distinguían por desmarcarse de la concepción tradicional y por su estilo esteticista. (Este último aspecto era probablemente una impronta del modernismo catalán.) Sus trabajos más representativos se singularizan por su sólida composición, por su economía de líneas y por un dibujo que combina modernidad y elegancia (“en su persona, en su vida, comentó Mañach, Valls es un gustador de elegancia”). Asimismo en sus obras hay un señalado predominio de la figura femenina, algo en lo cual se adelantó a Conrado Massaguer y Enrique García Cabrera, las otras dos figuras señeras del arte gráfico de ese período. Valls resumió con estas palabras su concepción del trabajo publicitario: “Creemos que el anuncio honrado y bello es útil, necesario y grato al público consumidor”.

En un artículo publicado en 1930 en la revista Social, José Antonio Fernández de Castro al referirse a la labor de Valls, la cuantificó en “33,333 anuncios más o menos artísticos, que han influido enormemente en la orientación ideológica de los que llegaron después, tanto espectadores como creadores”. A esto cabe añadir la opinión de uno de los estudiosos actuales de Valls, Jorge R. Bermúdez. Para este, se trata del “primer publicista que, sin dejar de serlo, se ha ganado un lugar en el arte de vanguardia de su tiempo (…) Valls le demostró a más de una generación de artistas cubanos que era posible expresarse… y expresarse con arte, con tales clientes y a través de tales medios. Su obra fue —y sigue siendo— la prueba palpable de esa posibilidad”.

Introdujo en nuestra pintura los temas afrocubanos

Aparte de los anuncios, Valls abordó el cartel como medio de comunicación, y también en esa manifestación marco pautas. Esa labor, además de prestigio, le reportó varios reconocimientos. En 1910 ganó el primer premio en el concurso de carteles organizado por la Sociedad de Fomento del Teatro, así como el segundo en el certamen para promocionar los Festejos Invernales de La Habana. Al año siguiente le fue otorgada la medalla de oro en el concurso de carteles de la Exposición Nacional de Agricultura, Industria, Artes y Labores de la Mujer. Y en 1918, con motivo de la entrada de Cuba en la primera conflagración mundial, la Secretaría de Guerra, a través de la Academia de Artes y Letras, convocó a varios artistas de reconocida fama a un concurso de carteles. Valls mereció el único premio, mientras que a Massaguer y García Cabrera les concedieron menciones.

Por otro lado, otros hechos probaron que Valls se había ganado un puesto en el medio artístico y cultural de Cuba. En 1910 fue elegido miembro de número de la recién fundada Academia Nacional de Bellas Artes, como reconocimiento a su trabajo como ilustrador y supervisor de las materias artísticas en las escuelas públicas. Asimismo en 1924 ingresó en el Grupo Minorista, aunque no firmó la Declaración de 1927. Eso, sin embargo, no le impidió participar en la Exposición de Arte Nuevo que auspició la Revista de Avance. Ese mismo año además el gobierno le concedió la ciudadanía cubana.

Paralelamente a su labor publicitaria, Valls dibujaba y pintaba. Por ejemplo, en el Salón de Humoristas de 1926 presentó cuatro obras. Una de ellas era El último guajiro, que Mañach, en un artículo sobre la muestra, describió como un “caballero en desmirriada jaca, que se recorta contra un panorama cubano en que la casa yanqui, con techumbre roja, ha suplantado la tosquedad amada del bohío”. Vinieron después sus dibujos sobre las expresiones musicales del componente negro y mestizo. Esa faceta de su obra quedó plasmada en su única exposición personal: Dibujos de tipos populares y costumbristas afro-cubanos. Fue inaugurada el 15 de abril de 1930 en la Asociación de la Prensa en Cuba, y las palabras inaugurales las pronunció Juan Marinello.

Conviene decir que los tipos populares no estaban ausentes en su obra publicitaria. Ahí están para corroborarlo Crisanto y Guillermina (mueblería El Encanto), el Gallego y el Sobrín (jabón La Llave), el negrito Rosario (ron Gómez), Yeyo y Pelayo (cerveza La Tropical). En sus dibujos, Valls pasó a centrarse en hombres y mujeres de la población negra. En ellos, como hizo notar Mañach, no solo supo captar el espíritu de lo dionisíaco y lo sensual, sino también la elegancia natural de su físico escultórico.

Una de sus piezas más representativas es la titulada “Ritmo de baile afrocubano”, acerca de la cual Emilio Roig de Leuchsenring escribió en las páginas de Social: “En esta negra desnuda bailando, los detalles de su cuerpo importan poco. Sus caderas, sus pechos, como tales, no le interesan al artista; solo tienen valor para él en cuanto cimbrean también como partes del cuerpo, agitado, convulso, lúbrico, por la música afrocubana. Aquí el ritmo lo es todo. Y Valls lo ha sabido expresar y plasmar maravillosamente”. Como artista plástico, Valls fue, al igual que lo había sido antes como publicista, un precursor, al introducir en nuestra pintura los temas afrocubanos.

También el escritor guatemalteco y Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias conoció aquellos dibujos, y en un artículo titulado “La Habana intelectual y artística”, fechado el 17 de abril de 1928, escribió: “Entre los dibujantes Jaime Valls me da la impresión de un margen exquisito para apreciar a través de su temperamento profundamente conmovido, las líneas de los negros, en las rumbas, en las haciendas o simplemente de pies junto a la puerta de un bohío”.

Los prejuicios raciales de la época no impidieron que aquella exposición fuese comentada y elogiada. A Mañach le dio una nueva ocasión para escribir sobre Valls, y la comentó en la Revista de Avance. En ese texto, destaca la elegancia y la sensualidad como propósitos de su estilo. Asimismo señala que esas imágenes constituyen “un documento costumbrista como consecuencia, no como un fin”. Acerca de los motivos afrocubanos, expresa que “la rumba cubana nunca ha sido pintada con suma tal de energía en su lúbrico jadeo. Esas negras jóvenes, desnudas, que se desarticulan con los flancos ondulantes y los pechos erizados, no son meros pretextos de dibujante que se goza en lujos de movimiento y de saber anatómico. Son oficiantes de un culto compartido”. Mañach concluye que “Valls le pone a la realidad negra lo que no encuentra bastante subrayado: su natural elegancia (…) Toma las gracias del negro y las sublimiza por medio de la utilización, segregando de la imagen todas las adherencias de plebeyez pintoresca”.

En la década de los 30, Valls se mantuvo activo. Ilustró varias portadas de las revistas Bohemia y Carteles y pintó algunas vallas de carreteras. En 1941 se le manifestaron los primeros síntomas del Mal de Parkinson, y a partir de entonces su ritmo de trabajo paulatinamente se fue reduciendo. Falleció el 31 de octubre de 1955. En los últimos años, se han realizado varios loables esfuerzos por rescatar su figura y su obra. Aparte de las iniciativas de algunas instituciones, como el Museo de Arte Colonial, ello se ha debido a la aportación de críticos e investigadores como Ramón Vázquez Díaz, Ángel Alcines, Patricia Baroni y el ya mencionado Jorge R. Bermúdez.