Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Cine, Arte 7

La jornada de Ida

Un filme que cualquiera con mente abierta y sensibilidad, puede abordar y estremecerse sin necesidad de conocer mucha Historia

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Ana es una novicia que ha recién cumplido los 18 años y se prepara para tomar sus votos permanentes como monja. Ha pasado toda su vida sin salir del convento en el cual fue recogida cuando apenas contaba con unos meses de edad. La Madre Superiora le insta a que antes de entregarse definitivamente a la vida conventual, visite a una tía, quien es el único familiar que se le conoce y la cual nunca ha establecido ningún contacto con Ana.

Transcurre el invierno de 1962 en Polonia y Ana emprende su viaje fuera del claustro y se encuentra con su tía Wanda, una mujer a primera vista dura y seca, quien no muestra ningún interés en establecer vínculos emocionales con Ana y que apenas introducidas le informa que su verdadero nombre es Ida Lebenstein y que es judía.

Tras despedirse fríamente de ella, Wanda recapacita y decide recoger a Ida en la estación de autobuses para emprender con ella una jornada en la cual ambas mujeres van enfrentarse a un pasado terrible, enterrado por Wanda y desconocido por Ida.

El filme polaco Ida marca el regreso del director Pawel Pawlikowski a su país natal. Nacido en Varsovia en 1957, a los 14 años se exiló en Alemania primero y luego en Italia, para finalmente asentarse en Gran Bretaña, donde se graduó en literatura y filosofía de Oxford Brookes University y luego hizo estudios de posgrado en literatura alemana. Comenzó su carrera cinematográfica en 1991 con un excelente documental para la televisión británica sobre el poeta ruso Venedikt Erofeyev (From Moscow to Pietushki), al cual le siguió otro documental, Dostoyevski’s Travels (1991), en el cual sale de viaje por Europa occidental con un conductor de tranvías que se supone sea el único descendiente que queda de Dostoievski y parten de San Petersburgo a tratar de recaudar dinero para que el conductor ruso se compre un Mercedes Benz de uso y en distintas ciudades de Alemania, Italia y Austria se encuentran con gente de la nobleza y aristócratas filántropos a los cuales les explican sus objetivos.

Su primer largometraje, The Stringer (1998) gira alrededor de la figura de un vagabundo ruso que recorre Moscú con una cámara para registrar eventos que puedan ser de interés para las agencias de prensa occidentales y así poder hacer dinero. Es un filme original, hecho con pocos recursos pero eficiente. Después realizó producciones más convencionales y con mayor presupuesto como My Summer of Love (2004) y más recientemente The Woman in the Fifth (2011), ambas películas aptas, dentro de los patrones del cine convencional llamado de “middlebrow”, o sea, un arte con ciertas pretensiones a las cuales se llega con un moderado nivel de esfuerzo intelectual.

Con Ida ha logrado un tremendo salto cualitativo y para mi agradablemente inesperado. Ha conseguido realizar una obra de exploración del efecto de la realidad histórica sobre la experiencia personal, además de escrutar el límite de la sombra de la vida polaca de los últimos setenta años, un país lleno de llagas, arrasado por el fascismo y por el comunismo, por odios étnicos y religiosos, una nación que ha necesitado crear una Comisión de la Verdad y la Reconciliación para expurgar los crímenes de su pasado (aunque irónicamente ha generado a su vez algunos crímenes). Todo ello a través de un filme íntimo, sin monsergas, ni didactismos facilistas, ni mensajitos simplones, ni clases de historia. Un filme que cualquiera con mente abierta y sensibilidad, puede abordar y estremecerse sin necesidad de conocer mucha Historia.

Le ha bastado a Pawlikowski utilizar el contrapunto de dos figuras disímiles, quienes experimentan el horror desde diferentes etapas de la vida. Ida es la novicia ingenua e inexperta, que por primera vez va a tener un atisbo del mundanal ruido, de las pasiones y las frustraciones. Wanda es una fumadora empedernida, una alcohólica sin ataduras, que solo se interesa en relaciones bien efímeras con los hombres para si acaso satisfacer sus apetitos sexuales solamente en su aspecto animal.

Detrás de su fachada fría y cínica, Wanda oculta heridas profundas. Se salvó del Holocausto porque se fue a pelear con los comunistas en la resistencia. Luego fue una temible fiscal durante los juicios estalinistas de los años cincuenta, como dice ella misma: “He mandado a matar unos cuantos”. Una mujer derrotada por la Historia, desilusionada del sistema que defendió, ya defenestrada, aunque todavía ocupa un puesto menor de jueza y tiene alguna influencia en los círculos de la ley y el orden.

Si Wanda viene del desencanto Ida marcha hacia el sacrificio con la ilusión de entregarse al bien eterno. Es una optimista callada. En medio del periplo tropiezan con un saxofonista de un grupo de jazz itinerante, quienes tras animar fiestas con canciones populares, se dedican a tocar a John Coltrane para quienes quieran quedarse a terminar la madrugada.

Ida prueba un sorbito de vida para saber si algo la puede desviar de su propósito, Wanda marcha inexorable a su precipicio. No hay respuestas fáciles, los personajes ganan en matices y complejidad a medida que avanza la cinta y se van revelando las huellas de sus antepasados y se enfrentan cara a cara con el rostro humano de la barbarie. Un salvajismo por el cual no se puede sentir ni vergüenza ajena. Moisés, Jesús, Hitler y Stalin, rabinos y sacerdotes, comisarios y noctámbulos, se enfrentan en un duelo sin ganadores.

Todo lo anterior está narrado en un tono menor, con un ritmo que mezcla lo cotidiano con la meditación mística silente, acentuados por una fotografía en blanco y negro que se ajusta a la perfección a este encuadre de la Polonia rural de principios de los sesenta. El lado opuesto, sucio y agreste de los paisajes que enseñara Polanski en Cuchillo en el agua. Cada encuadre de Ida está planeado hasta el último detalle. Los personajes casi siempre en los bordes de la pantalla, para resaltar humildad y humillación. Algunos planos rinden homenaje a Madre Juana de los Ángeles, manteniendo su misticismo dentro de una inmediatez que sugiere algo ordinario, para acercarse al espectador oblicuamente.

La veterana actriz Agata Kulesza interpreta a Wanda con una expresividad precisa, que emite dolor y debilidad tras una máscara de escepticismo y rudeza. No hace un gesto de más. La debutante Agata Trzebuchowska se ajusta a la medida al rol de Ida. Introspectiva, de emociones reprimidas y de aire inocente, a veces impenetrable. Ambas resuelven con naturalidad las transiciones emocionales de sus personajes. La película les pertenece. Dawid Ogrodnik en su papel de Lis, el saxofonista, aprovecha cada oportunidad y le extrae a su personaje el máximo de dramatismo con una actuación contenida.

La extraordinaria fotografía terminó a cargo de Lukasz Zal, quien a pesar de su inexperiencia (este es su primer largometraje como director de fotografía), y de lo inesperado del encargo, ya que el director de fotografía original, el veterano Ryszard Lenczewski, se enfermó a los diez días de comenzada la filmación, consiguió realizar un trabajo de un elevado nivel estético poco visto en nuestros días, que va mucho más allá del tecnicismo. La iluminación, los encuadres y el uso del blanco y negro a bajo contraste, se convierten en personajes fundamentales del filme.

Pawlikowski ha logrado con Ida, si no una obra maestra, algo muy cercano a ella. Es una obra bien actuada, bien escrita, bien pensada y bien fotografiada, que toca un tema escabroso pero muy humano. Una película que nos deja con el peso de su reflexión, mucho después que vemos los créditos finales.

Ida (Polonia/Dinamarca, 2013). Dirección: Pawel Pawlikowski. Guión: Pawel Pawlikowski y Rebeca Lenkiewicz. Director de Fotografía: Lukasz Zal y Ryszard Lenczewski. Con: Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska y Dawid Ogrodnik. Blanco y negro. 80 minutos. Se ha estrenado en algunas ciudades de Estados Unidos desde el 4 de mayo. Se presentará en Miami a fines de junio.


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