Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Riefenstahl, Cine, Nazismo

La larga vida infeliz de la infame Riefenstahl

Dos filmes que nos ponen frente a un tema que parece gastado —la responsabilidad del artista— y obligan a preguntarnos si existe la perfección estética en la maldad

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Luego de diversos oficios —alpinista, directora de cine, actriz, fotógrafa, deportista— y 101 años, Leni Riefenstahl permaneció firme hasta su muerte de la decisión de colocarse al servicio de Adolf Hitler para la creación de la mayor glorificación del nazismo en imágenes. El resultado de esa labor la persiguió hasta África, el mundo submarino y el tranquilo poblado de Baviera en que residía al morir en septiembre de 2003. La cineasta nunca mostró la menor intención de rechazar su pasado. Una actitud que obliga a tomar una posición ante su obra y conducta.

Riefenstahl vivió una larga vida definida por un período corto de tiempo; una extensa obra caracterizada por dos momentos: la creación de El triunfo de la voluntad, dedicado a la concentración nazi en Núremberg de 1933, que forma parte de una trilogía[1], y Olympia[2], sobre los juegos olímpicos de 1936 en Berlín. Son brillantes. Aún provocan asombro por sus alardes técnicos y expresivos. También, especialmente el primero, son siniestros.

Dos películas que nos ponen frente a un tema que parece gastado —la responsabilidad del artista— y una pregunta inquietante: ¿Existe la perfección estética en la maldad?

No es una interrogante fácil. Se puede admirar toda el arte religioso sin sentirse perturbado con el recuerdo de las cámaras de tortura de la inquisición. Se despacha con una mirada y una nota marginal toda la plástica oficial de la Unión Soviética. Pero al ver El triunfo de la voluntad, es imposible separar la expresión del contenido. No se puede tampoco negarle valores cinematográficos. Decir que es una película hermosa, embriagadora, y al mismo tiempo horrible y repelente, es el recurso de quien no quiere buscarse problemas.

Ante todo, no se trata de una cuestión limitada a El triunfo de la voluntad. El mismo problema está presente en El acorazado Potemkin, donde la fuerza de las imágenes está acompañada de una concepción maniquea que constituye la justificación del terror que vendría con el régimen de Stalin, y que devoró incluso al propio realizador.

Los historiadores y críticos cinematográficos practicaron durante años una injusticia y oportunismo que si bien no convirtieron a la Riefenstahl en víctima, sí la dejaron como única culpable.

Mientras S. M. Eisenstein era admirado por todos y El acorazado considerada la mejor película de la historia del cine, a la directora alemana se le impidió volver a ejercer su oficio. Sin embargo, ambas cintas son muestras similares del cine al servicio del totalitarismo.

En los dos casos, de lo que se trata es de un concepto de belleza incompleto, que no alcanza su perfección por el grado de deshumanización que conlleva. Deshumanización que no obedece a un problema de estilo o falta de realismo sino precisamente a todo lo contrario: una manipulación del realismo, para presentarnos como realidad absoluta lo que no es más que una manipulación. En El triunfo de la voluntad, la manipulación es quizás menos evidente —o todo lo contrario, de acuerdo a la capacidad del espectador— porque se encubre en el lenguaje del documental, que lo es a medias.

Es precisamente el hecho de que la glorificación al nazismo se presente bajo la forma del semidocumental lo que ha brindado a la Riefenstahl el pretexto para no aceptar su culpa.

Una y otra vez ha repitió con obstinación que se limitó a captar la “verdad” del momento, justificando que su película no era simple propaganda, por carecer de comentario.

Pero lo que nunca admitió es que precisamente esa ausencia de comentario es lo que la hace más peligrosa —en su momento, ahora y siempre—, porque lo que presenta no es la realidad de Núremberg en 1933, sino la puesta en escena de un gran espectáculo orquestado desde un inicio con un fin publicitario. Un afán proselitista que se cumplió con maestría para mayor gloria del Führer.

Es esta negativa, que ella mantuvo con estoicismo y engaño, lo que devuelve su valor al tema de la responsabilidad del creador. Una responsabilidad que no debe responder a una fidelidad partidista o política, sino al deber que tiene todo artista respecto a su obra. Riefenstahl prefirió omitirla ante su empecinada búsqueda de una belleza fría e inhumana, como la que encontró en altas cumbres y profundidades marinas.



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