Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Cine, Cine polaco, Wadja

La libertad creadora frente al totalitarismo

La ejemplar despedida de Andrzej Wadja, toda una leyenda del cine europeo, es un filme profundamente amargo, en el cual se rinde tributo a una actitud artística y una postura ante la vida

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Pocos artistas significan tanto para su país como Andrzej Wadja (1926-2016). En las más de seis décadas que abarcó su trayectoria de insobornable trabajo, creó una épica cinematográfica que representa una penetrante inmersión en la trágica historia de Polonia. Su filmografía hizo de él la quintaesencia del cineasta cuya obra está ligada al destino de su tierra natal.

Los últimos días del artista: Afterimage (Polonia, 2016, 96 minutos) fue su despedida de la vida y del cine. Fiel al espíritu que anima toda su producción, en su cinta número 40 de nuevo pone en el punto de mira el totalitarismo que asesinó a su padre en Katyn. Lo hace a través de un necesario homenaje a Wladyslaw Strzeminski (Minsk, 1893-Lodz, 1952), un pintor con quien el director de El hombre de hierro parece identificarse. En más de un sentido, es su alter ego ideal, pues al igual que él defendió su integridad como creador y sufrió bajo el régimen estalinista.

Wladyslaw Strzeminski es una de las figuras más sobresalientes de Polonia en la primera mitad del siglo XX. Desarrolló su actividad desde finales de los años 10 hasta inicios de los 50. Fue teórico del arte, diseñador de grabados “funcionales”, y aprendió a pintar después que le amputaran una pierna y un brazo. Impartía clases en la Escuela de Bellas Artes de Lodz (antes de pasar a estudiar cine, Wadja fue alumno de esa institución) y sus estudiantes lo consideraban el “mesías de la pintura moderna”. En 1934 fundó en esa ciudad la Colección Internacional de Arte Moderno, el segundo museo de Europa especializado en las manifestaciones de las vanguardias. Eso fue posible gracias a numerosas donaciones realizadas por artistas como Calder, Arp, Picasso, Léger o Taeuber-Arp. Junto con su esposa, la escultora Katarzyna Kobro, creó la teoría del Unismo. Previamente, él había estudiado ingeniería en San Petersburgo. El contacto con los constructivistas rusos y en especial con Tatlin y con el suprematismo de Malevich fue decisivo para orientar su carrera.

El año pasado, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid, acogió una exposición de ambos. Entonces se les presentó como “uno de los ejemplos más consecuentes con las ideas de la vanguardia moderna. Integrada por diversas disciplinas, como pintura, escultura, arquitectura y diseño industrial y gráfico, anuncia nuevas tendencias, que alcanzarían su plenitud en las prácticas de generaciones posteriores, tales como el minimalismo, el movimiento Zero o el arte reduccionista”. El título original del filme, Podowiki (Postimagen), remite al concepto de Strzeminski sobre las ilusiones ópticas que quedan en nuestros ojos, tras haber mirado un objeto bajo la luz.

Su acérrima defensa del arte abstracto y su negativa a seguir las normas del realismo socialista, hicieron que lo cesaran como profesor y lo expulsaran del sindicato de artistas. Asimismo, sus obras fueron retiradas de los museos y algunas destruidas. El artista polaco más reconocido internacionalmente en el periodo de entreguerras vivió sus últimos años condenado a un implacable y cruel ostracismo. Ese fue el alto precio que tuvo que pagar por no aceptar comprometer su arte.

El totalitarismo hizo todo lo posible por arruinar su vida

El filme se concentra en los últimos años del artista (1949-1952). Comienza con una maravillosa secuencia que pone de manifiesto el gran talento de Wadja. Strzeminski se halla en la humilde buhardilla en donde vive y se dispone a pintar. Antes de que empiece a hacerlo, una gigantesca pancarta rojo sangre cubre la fachada del edificio e inunda la habitación con su dogmatismo cromático. Al verse imposibilitado de trabajar, abre la ventana y hace un desgarrón en la tela para que entre la luz. Tan pronto advierten su ultraje, dos policías suben a detenerlo. Ese es el comienzo de su resistencia pacífica pero inclaudicable contra el totalitarismo, que hizo todo lo posible por arruinar su vida.

Poco a poco lo van despojando de todos sus derechos. Para comprar alimentos, le exigen una cartilla que él no tiene. Se niegan a venderle óleos y lienzos, pues ha sido expulsado del sindicato de artistas. Aparte de su discapacidad, está gravemente enfermo. La película muestra su peregrinaje en busca de trabajo, algo que le niegan en todos los sitios. Llega al borde de la inanición y se ve reducido a paria. Pero nada de eso consigue doblegarlo. Hombre íntegro, comprometido con su arte, defiende la libertad creativa y se opone a la imposición y el dirigismo artístico.

En medio de esa situación, Strzeminski contó con el apoyo de sus estudiantes, que continuaron buscándolo para recibir a escondidas clases de él. Se ocuparon además de pasar en limpio y rescatar sus obras y divulgaron su libro Teoría de la visión. En la película también se muestra su relación amistosa con el poeta Julian Przybos, quien trató en vano de interceder por él ante las autoridades estalinistas. Otro personaje que aparece es el de su hija Hania, quien pese a ser prácticamente huérfana —su madre había fallecido y las profundas convicciones de Strzeminski lo llevaron a priorizar su trabajo y a descuidar sus obligaciones de padre— era muy independiente, pues vivía en un centro de menores.

En este nuevo acercamiento a una etapa oscuro y dolorosa de su país, Wadja optó por un modelo austero y clásico de narrativa. Realizó un filme con una estructura y una puesta en escena convencionales, que se centra en el análisis del personaje central. Se vale de planos fijos y de un moderado uso de travellings. Para ello contó con la magnífica fotografía de Pawel Edelman, quien tiene en su haber las de El pianista, Katyn, La venus de las pieles y Un dios salvaje. Hay cierta santificación de la figura de Strzeminski, quien es presentado como una suerte de mártir laico que devino símbolo de la resistencia contra la dictadura intelectual y la servidumbre a una única ideología.

De todos modos, esa idealización no impide que para el espectador quede clara la ineficacia de su postura como una manera de oponerse a la intolerancia y el sinsentido del totalitarismo. Asimismo, el director elude con sutileza el potencial emotivo y proselitista del guion de Andrzej Mularczyk. El papel da la oportunidad de lucirse a Boguslaw Linda, legendario actor que había trabajado con cineastas tan reconocidos como Krzystztof Kieslowski y Agnieska Holland. Pasó después varios años actuando en la televisión y en proyectos menores, hasta que esta película volvió a ponerlo en primer plano.

Los últimos días del artista tuvo su preestreno en el Festival de Gdynia, donde se proyectó una única vez fuera de competición. Su director murió antes de que se estrenara comercialmente, en enero de 2017. La ejemplar despedida de quien fue el patriarca del cine polaco es un filme profundamente amargo, en el cual se rinde tributo a una actitud artística y una postura ante la vida. Un hombre que fue consecuente con sus ideas estéticas y las defendió frente a un régimen bajo el cual la libertad y la transgresión no tenían cabida. Valioso epilogo de una trayectoria esencial en la historia del cine.

Con la mejor de mis malas intenciones, como diría Alexis Romay, me pregunto si alguna vez los espectadores de un país que yo me sé verán el testamento cinematográfico de Wadja.