Actualizado: 27/06/2022 11:58
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Cine cubano

La libertad de elección

El autor inicia la selección de sus 10 filmes preferidos con Una novia para David, del que destaca el mérito de reflejar en la pantalla cubana el asunto de la libertad individual, desde una perspectiva ajena a la retórica oficial o a los moralismos al uso

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En agosto de 1937, en el número 36 de la revista Sur, Jorge Luis Borges iniciaba su comentario sobre el filme argentino La fuga (1937), de Luis Saslavsky, del siguiente modo:

“Entrar en un cinematógrafo de la calle Lavalle y encontrarme (no sin sorpresa) en el Golfo de Bengala o en Wasbash Avenue me parece muy preferible a entrar en ese mismo cinematógrafo y encontrarme (no sin sorpresa) en la calle Lavalle. Hago esta confesión liminar para que nadie achaque a turbios sentimientos patrióticos esta vindicación de un filme argentino. Idolatrar un adefesio porque es autóctono, dormir por la patria, agradecer el tedio cuando es de elaboración nacional, me parece un absurdo”.

Comparto esa crítica radical a todo lo que pueda oler a defensa chovinista del llamado cine nacional. Mientras que el cine nacional (hágase donde se haga) sea defendido primero en virtud de su filiación geográfica, y apenas en un segundo plano se inspeccione su eficacia estética (que es lo que tendría que importar más), se estará en presencia de una de esas operaciones calificadas por Borges de absurda, donde es la sobrevaloración que tienen ciertos grupos de sí mismos, lo que edifica el monstruoso espejismo.

Entre cubanos es bastante usual esta tendencia a imaginarnos como algo especial dentro del Universo. Y se manipula hasta la náusea lo que Martí quiso expresar con aquello del vino agrio. Las películas no han escapado a esa suerte de culto onanista donde quince minutos de apariciones públicas en el marco de algún festival, fomentan la impresión de que el mundo comienza y termina allí. Por eso, desde lejos, resulta tan sospechoso el uso indiscriminado del adjetivo “prodigioso” cuanto se intenta caracterizar determinado período histórico del cine cubano, o se presta a tantos malentendidos el sintagma “éxito de taquilla” siempre que se quiere describir la tendencia dominante en la producción del ICAIC de los años ochenta.

Pero aun cuando el origen nacional termine por perder sus dotes de legitimación más o menos confiable, quedaría en pie otra manera de vindicar, sin embargo, algunas de esas películas cubanas que vimos en su fecha, y nos produjeron un efecto estimulante. Hablo de evocarlas desde el individuo que la apreció en su luneta, mas de un modo tal que la ficción que vimos en pantalla se confundiría sin complejo alguno con la biografía personal, pues, al fin y al cabo, ¿no son las películas que perduran en nuestras mentes (como los libros) una extensión de nuestra biografía, de nuestro currículum invisible?

En mi caso, ese sería el argumento que mejor podría explicar la agradable persistencia que tiene en mi memoria de espectador Una novia para David, filme dirigido por Orlando Rojas en 1985. Todavía puedo recordar aquella tarde en que vi por primera vez esa cinta. Lo recuerdo todo con gran precisión: la pequeña sala de proyección ubicada en la antigua Empresa de Distribución y Exhibición de Películas en Camagüey (lo que es hoy la vieja casona del Centro del Cine). La pericia del proyeccionista preparando las bobinas para aquella proyección privada. Porque no se trató de una proyección común, sino que (y aquí entra lo puntillosamente biográfico), en aquella ocasión me estrenaba en las lides del periodismo cultural, y la exhibición había sido organizada para que la prensa especializada pudiese promover el futuro estreno.

¿Habrá influido en la intensidad de mi sistemática reminiscencia el hecho de que lo primero que publiqué en la prensa haya sido precisamente sobre Una novia para David? Puede ser, porque aunque el posterior filme de Orlando Rojas, Papeles secundarios (1988), me sigue pareciendo uno de los filmes más atractivos y renovadores del cine latinoamericano de la época, es su ópera prima la que llega a mi mente con la misteriosa agilidad de aquello que permanece agazapado en el subconsciente, listo a mostrarse con indiscreta complacencia cuando menos se le espera. Por otro lado, jamás me he atrevido a leer de nuevo aquello que escribí en mi debut público (pareciera que me esfuerzo todo el tiempo en reprimir su recuerdo), y sin embargo, no he tenido reparos en retornar al filme en más de una ocasión, y encontrarlo (no sin sorpresa, como diría Borges), todavía fresco, todavía liberador.

Jóvenes actores con una soltura inusual

Desde luego, mi lectura actual del filme no puede ser la misma que era dieciocho años atrás. Entonces apenas alcanzaba a percibir el mensaje explícito de la anécdota, y me quedaba en la historia externa de David, ese joven ingenuo que llega del campo a la ciudad, que prepara su ingreso a la Universidad, y ha de aprender a lidiar con los conflictos que acarrea pretender ser-uno-mismo en medio de la dictadura de lo cotidiano, en medio de los embates del Uno heiddegeriano que todo lo juzga y resuelve en normas mediocres de convivencia.

La película tenía el atractivo indiscutible, además, de introducir como protagonistas absolutos a un grupo de jóvenes actores (María Isabel Díaz, Jorge Luis Álvarez, Francisco Gattorno, Edith Massola, Thais Valdés, Rolando Tajarano), que se desempeñaban ante la cámara con una soltura inusual. Lejos de lucir improvisados, o (peor aún) imitadores de los intérpretes más experimentados de la Isla, aquellos muchachos parecían divertirse con gran rigor mientras recreaban su propia mundo, con una inolvidable Elena Burke respaldándoles desde el fondo musical con canciones tan memorables como “Ámame como soy”.

Hay que ubicarse en la Cuba de aquellos años, con su engañosa imagen de armonía y prosperidad. Los sucesos del Mariel todavía permanecían en la memoria colectiva, pero a la larga se había impuesto en la vida cotidiana algo más bien asociado a la estabilidad social. En el caso del cine cubano, tras la imprevista salida de Alfredo Guevara del ICAIC (luego del escándalo de Cecilia), la producción (ahora en manos de Julio García-Espinosa) tuvo un punto de giro importante: no solo se pensó en inyectarle a esa filmografía un carácter que la aproximase un poco más al pregonado signo industrial (lo cual implicaba elevar la producción y diversificarla), sino que se tomó la decisión de poner en las manos de aquellos que aún no habían realizado un largometraje de ficción, la responsabilidad del cambio.

Los “nuevos realizadores” (que no eran tan nuevos, porque casi todos tenían una amplia experiencia como documentalistas, como era el caso del propio Rojas), optaron por dejar a un lado los antiguos imperativos autorales que animaron a los fundadores del ICAIC, y decidieron comentar de un modo transparente aquello que veían en sociedad, apelando sobre todo a la comedia. En el conjunto de esos filmes lo que aparece como dominante es la mirada amable, casi arcádica, de algunos de los conflictos que vivían los cubanos de entonces. Eran películas bien realizadas en el plano técnico, que supieron combinar a veces con envidiable habilidad (piénsese en Los pájaros tirándole a la escopeta, 1984, de Rolando Díaz) el humor con la música popular. El público respaldó con verdadera devoción cada uno de estos filmes (Se permuta, 1983, de Juan Carlos Tabío; De tal Pedro tal astilla, 1985, de Luis Felipe Bernaza), si bien es cierto que “la crítica” (esa abstracción convertida en monstruosa entidad que encubre los caprichos de un grupo) se ensañó con la tendencia, sin entrar en demasiadas profundidades.

De alguna manera Una novia para David estaba denunciando ese mal tan añejo que corroe a la cultura cubana desde sus inicios: el mal de la intolerancia hacia todo aquello que luzca diferente, o sencillamente no encaje en las representaciones dominantes. Tan empobrecida han estado desde siempre nuestras visiones del mundo, que la historia de David y Ofelia tiene, más allá de haber sido escenificada en La Habana de 1967, una vigencia imprevista. Y dudo que la pierda pronto, tomando en cuenta la escasa voluntad que se percibe entre cubanos de promover espacios donde sea posible la convivencia, siempre dinámica, de puntos de vistas diversos.

El David de Orlando Rojas no es todavía el David de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío en Fresa y chocolate (1993), pese a que en lo que cabría interpretarse como una premonición, uno alcanza a ver en un mismo encuadre de Una novia… a los dos intérpretes que ha tenido en el cine este personaje creado por Senel Paz: Jorge Luis Álvarez y Vladimir Cruz (se trata de aquella escena en la que el grupo de amigos se toma una foto dentro de la Beca). Y si bien la caracterización de Cruz es la que ha alcanzado un renombre mundial, la de Álvarez no resulta menos convincente, menos sugerente.

Pensar el individuo en tanto individuo

En manos de Orlando Rojas, el actor construye un personaje que escapa todo el tiempo de la caricatura o el maniqueísmo. Fiel a la pretensión del director, quien se había interesado en rodar una película sobre “la libertad de elección”, Álvarez termina regalándonos uno de los personajes más memorables en la historia del cine cubano. Y no lo construye apelando a esos estereotipos (verdaderos lugares comunes) muchas veces estridentes con los que se intenta vender al mundo una supuesta “cubanía”, sino en todo caso revelándonos esos gestos auténticos (aunque imperceptibles) que van fluyendo en nuestras vidas cotidianas por debajo de la gran mascarada social, y que son los que, en definitiva, le conceden el verdadero fijador a la existencia humana.

Que Orlando Rojas haya optado por hablar de “la libertad de la elección” en un contexto como el nuestro, en una comunidad como la cubana, donde la polarización por razones ideológicas (y antes culturales) apenas ha dejado margen a una elección que no sea la que tratan de imponer los bandos en disputa, resultaba a todas luces irreverente. En tal sentido, podría decirse que Una novia para David es tal vez el primer filme cubano que piensa al individuo en tanto individuo, y no como rehén de un imperativo heredado o impuesto, y que como tal ha de establecer relaciones predecibles, no importa si a favor o en contra, con ese deber abstracto.

Aquí los conflictos íntimos de David resultan más sutiles que los que enfrenta este mismo personaje en Fresa y chocolate, pero por ello mismo tal vez demoren más en conocer un desenlace positivo. El personaje no se enfrentaba en esa película a una facción ideológica con pretensiones totalitarias. Ni siquiera la esencia de su malestar puede localizarse en una geografía puntual. Da lo mismo donde viva hoy ese David (en La Habana, en Camagüey, en Miami, o en España); lo imagino todavía desconcertado ante eso que muchos pregonan es lo más ventajoso, lo más bello, lo más heroico, cuando a él lo que más le importa es la libertad de elección individual, que incluye la no elección de lo que los otros (así estén en mayoría) pretenden que sea la verdad absoluta.

El cine posterior de Orlando Rojas (Papeles secundarios/ 1989; Las noches de Constantinopla/ 2001), lo mostró como ese director que se exigió a sí mismo una superación en cuanto a lo narrativo. Fueron películas mucho más complejas que lo confirmaron como uno de los cineastas más inquietos de nuestro cine, merecedor de mayores oportunidades para filmar, y también como uno de los más incómodos, a juzgar por lo sucedido con Cerrado por reforma, la única película cubana que hasta ahora ha sido detenida cuando ya se había iniciado el rodaje. Y sin embargo, yo sigo pensando en Una novia para David, como una de las cintas que mejor me hizo sentir en el momento en que la vi.

Ello se debe a que por primera vez vi reflejado en la pantalla cubana el asunto de la libertad individual desde una perspectiva ajena a la retórica oficial o a los moralismos al uso. Esa sigue siendo una cinta que habla de la lucha por el reconocimiento propio como la base de cualquier utopía colectiva. “No puede existir amor sin conocimiento en el otro”, apuntaba Habermas en alguna parte, y añadía, “ni libertad sin reconocimiento recíproco”. El David de Orlando Rojas lo aprendió bastante temprano.


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Cartel de “Una novia para David”, diseñado por Zaida del RíoGalería

Cartel de Una novia para David, diseñado por Zaida del Río.

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“Una novia para David”

Tráiler del clásico cubano dirigido en 1985 por Orlando Rojas, con guión de Senel Paz y las actuaciones de María Isabel Díaz Lago, Jorge Luis Alvarez, Francisco Gattorno y Edith Massola. [cubacineonline]

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