Actualizado: 19/11/2019 9:12
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La mafia volverá a La Habana

El cine cubano enrumba hacia una diversidad deseada por muchos y cuestionada por otros: Un nuevo proyecto de Pavel Giroud retrotrae al mundo de los cincuenta.

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Mientras espera por el estreno de La edad de la peseta, Pavel Giroud se frota las manos para su próxima incursión en el cine cubano: Omertá, un drama que retrotrae el tema de la mafia en la convulsa, licenciosa y despampanante Habana de los años cincuenta y lo lleva hasta el presente.

"Si tienes deseos de escribir una película de ciencia ficción, hazlo, y si tienes ganas de hacer una de capa y espada o un thriller policíaco, no te limites", aconseja Giroud en una defensa de la libertad de creación.

Integrante de una camada de nuevos realizadores que aprovechan la discreta reanimación de la industria cinematográfica para sacar a flote sus proyectos, el artista invita a sus colegas a "evadir la autocensura y expresar una pluralidad de géneros para que el cine cubano no termine siendo un subgénero en sí mismo".

Omertá, palabra que en clave mafiosa significa pacto de silencio, da vida a un personaje que entrecruza pasado y presente, vigor y decadencia, juventud y vejez.

"Si La edad de la peseta cuenta la evolución de un niño hacia la adolescencia, en Omertá se narra el camino de un adulto hacia la vejez a través de un personaje muy carismático que fuera guardaespalda de uno de los famosos gangster radicados en La Habana de los cincuenta", explica el cineasta, graduado del Instituto Superior de Diseño Industrial.

Omertá sugiere contener tintes psicologistas y de ambientes. "Este hombre ya no es el que fue y no ha tenido un espacio en la sociedad para desarrollar lo que realmente sabe hacer y entonces tiene la oportunidad de por un día volver a ser aquel hombre poderoso, pero con todas las limitaciones físicas y psicológicas que ya tiene", explica el realizador.

La historia del filme se inspira en una vida de película: la del cubano Jaime Casiellas, quien desde 1957 a 1959 fue guardaespalda, chofer y valet de Meyer Lansky en La Habana.

Este ex bodyguard de cejas pobladas, espejuelos de pasta y aspecto respetable, fue una suerte de cicerone que introdujo al mafioso en los vericuetos del contrabando de rones y alcohol, casinos y lujosos cabarets, lavado de dinero, prostitución y tráfico de drogas.

Las experiencias de Casiellas pueden leerse en el libro L a vida secreta de Meyer Lansky, del investigador cubano Enrique Cirules, un estudioso del tema que anteriormente publicó El imperio de La Habana.

Como París, La Habana también era una fiesta. Desde la postguerra y ya entrado los cincuenta, la capital de la Isla se convirtió en coto privado de los barones de la mafia ítalo-norteamericana.

Llegaron incluso a organizar una cumbre en el Hotel Nacional que terminó con un toque de lujo: La voz —Frank Sinatra— cantó para lo invitados.


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