Actualizado: 24/04/2019 9:59
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La magnitud del olvido

'En Cuba, todos saben quiénes son los boxeadores. Se muere Silvio Rodríguez Cárdenas, el más elegante pianista que ha dado la Isla, y nadie se entera'.

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"En Cuba, todos saben quiénes son los boxeadores y los tocadores de timba, pero a los pianistas, concertistas, que va, a esos no los conoce nadie. Ahí tienes, se muere un guaguaconcero, sale en titulares, pero se muere Silvio Rodríguez Cárdenas, el más elegante pianista que ha dado la Isla, y nadie se entera. Y no creas que es ahora, siempre fue así".

La que habla ha vivido en carne propia el olvido. Es la legendaria Zenaida Manfugaz, la de los inolvidables conciertos en el Carnegie Hall, la pianista preferida de Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig.

"Conocí a Silvio cuando llegué a La Habana. Me impresionó. Podía tocarlo todo, no había nada por difícil que fuera que no pudiera interpretar. En Europa era muy respetado. En Cuba, apenas se conocía, por ese populismo de solar que tenemos los cubanos", recuerda Zenaida.

Silvio Rodríguez Cárdenas falleció en Orlando, Florida, la madrugada del jueves 7 de mayo. Ningún periódico —ni en La Habana ni en Miami— publicó su muerte. Dos anécdotas de este Silvio ilustran la magnitud del olvido. Ocurrió en Bonn, Alemania, a fines de los años setenta. Silvio Rodríguez, el cantautor, llega al ensayo y se encuentra un piano de gran cola en el escenario. Ha ocurrido una terrible confusión. Esperaban al pianista concertista. La sala estaba vendida. El otro Silvio Rodríguez, el famoso en Europa, el artífice de Chopin, se ve obligado a correr desde Madrid a cumplir con su público.

La otra anécdota pareciera del bufo. Y reafirma a la Manfugaz. Un mandante de la Isla de la Juventud invita a Silvio, el pianista, que por Nueva Gerona andaba, a una fiesta que daba a unos extranjeros: "Y, no creas que te vas a librar de cantar. Lleva tu guitarra —le advierte—, mandaré un carro por ti". Acostumbrado a los absurdos de su isla, el pianista aclara que no canta ni en la ducha. El jefe de turno no se inmutó, le dio una palmada en la espalda. Claro, el carro nunca llegó a buscarlo.

Nacido en Banes, antigua provincia de Oriente, el 6 de enero de 1937, Rodríguez Cárdenas comenzó sus estudios de piano —cuando sus pies no llegaban a los pedales— en Santiago de Cuba, con Carlos Avilés y Dulce María Serret. Con 15 años obtuvo una beca en el Conservatorio de Música Americano de Chicago. Tomaría cursos de interpretación con Water Gleseking en el Conservatorio de Saarbruken, en Alemania, y con Barcel Ciampi y Paul Layonet, en el Conservatorio Beethoven de París. Su técnica poderosa se completó en el Conservatorio Tchaikovski, de Moscú, con Feimberg y Natanson.

Silvio se asentó en Europa. En su adorada París. Sus interpretaciones de las sonatas de Chopin le ganaron que la patria del compositor romántico por excelencia le entregara la Orden por la Cultura, la más alta distinción que entrega Polonia. El periódico Trybuna Ludu escribió: "Alumno de las escuelas de París, Wien y Moscú, Rodríguez Cárdenas ha demostrado extraordinaria fluencia, un hermoso sonido y una fuerza y dinamismo que convence".

En Bonn, la publicación General Anzeiger destacó: "En Chopin, muestra una gran madurez y lirismo, logrando un gran impacto". En Berna, Suiza, el diario Berner Tagblatt señaló su origen caribeño, al comentar que "la Sonata Appasionata de Beethoven fue interpretada de manera extraordinaria, con dosificado sentimiento, explorando un complejo mundo de emociones, dejando escuchar su vigorosa fuerza traída de un mundo remoto". En tanto, desde Roma, otro diario publicó que el "pianista cubano representa la más fina escuela y extraordinario talento de expresión".

Dos veces al año, Rodríguez Cárdenas volvía a Cuba a tocar con la Orquesta Sinfónica Nacional. Sus conciertos eran para unos pocos. Su interpretación de Prokofiev en el aula Magna del Instituto de Santa Clara, quedó en la memoria de Freyda Anido. "Fue una noche mágica". La labor pedagógica de Silvio fue notable. Impartió clases en el Conservatorio Amadeo Roldán y en el Instituto Superior de Arte. Formó varias generaciones de pianistas cubanos.

Adonis González, Gran Premio del Concurso Teresa Carreño, fue su alumno. "Cuando escuché a Silvio interpretar el Gran Concierto de Chopin, me quedé tan impactado que le pedí que fuera mi maestro. Nunca había visto tanta elegancia en un pianista. Era magistral su estilo, su rubato exquisito, su manera de abordar el refinamiento del siglo XVIII, quizá de ahí su afinidad con la música romántica, con Chopin. Al mismo tiempo, era muy campechano. Me estaba dando clases y se ponía a regar las plantas. Pero que no me descuidara, venía protestando: 'no, no, no, qué pedal es ese'. Silvio cambió mi manera de tocar. Le debo mucho", dijo González.

Rodríguez Cárdenas contrajo matrimonio con Agustina Castro Ruz, hermana menor de Fidel, pero mantuvo una relación difícil con la familia de su esposa. Se quejaba de que el parentesco había afectado su carrera. En 1986, a punto de ofrecer un concierto en Bonn, le dio un infarto masivo. Nunca se recobró. En 1993, sus hijos Ángel y Silvio salieron de Cuba reclamados por su tía Juanita Castro. Silvio se les uniría. El pianista vivía en Orlando, lejos del bullicio. Iba en bicicleta al mercado, pero manteniendo siempre su natural elegancia, la raya del pantalón, cercano a los ochenta, su pelo negrísimo. Diariamente, se sentaba al piano que le había regalado una prima. "Debo hacer manos", decía, sonando siempre con regresar a los grandes escenarios.


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