Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cine, Arte 7

La maldita pretenciosidad

Al tratar de mezclar el aspecto épico con la venganza individual, el cineasta olvidó desarrollar al personaje

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¿La historia de un hombre en busca de venganza? ¿Una alegoría sobre el expansionismo americano que arrasó las culturas aborígenes para fundar un país en base al robo territorial y al desmedido afán de lucro? Ambas cosas y ninguna puede llegar a ser The Revenant el filme más reciente del mexicano Alejandro González Iñárritu. El director utiliza la épica para supuestamente narrar una historia personal. Su objetivo es insertar al personaje central en medio de la leyenda para convertirlo en símbolo trascendental. Pero esta pretenciosidad es el mayor defecto de esta película.

Hugh Glass, interpretado por Leonardo DiCaprio, es un explorador convertido en guía de cazadores y comerciantes de pieles, en las zonas montañosas y frígidas de la región fronteriza entre lo que hoy es Canadá y Estados Unidos. En esta área pululan los antiguos soldados y oficiales del ejército revolucionario, ahora empleados de compañías mineras y madereras, aborígenes de distintas tribus, enemigas entre sí pero ahora amenazadas por la expansión de los anglosajones, y bandas de antiguos soldados franceses y francocanadienses, también en busca de beneficios económicos no necesariamente legales. Es una zona, además, donde el cumplimento de la ley resulta pantanoso y las fronteras borrosas.

Tras sobrevivir, junto a parte del grupo que guía, un violento ataque de los indios Anikaras, quienes a su vez buscan a los responsables del rapto de la hija de su cacique, Glass se aleja un tanto de sus compañeros y es atacado violentamente por una osa parda, que reacciona en defensa de su cachorro y que finalmente no termina matando a Glass. Este es hallado por su grupo y dejado al cuidado de dos miembros de la partida, John Fitzgerald y Bridger. Se les encomienda quedarse con Glass hasta que se restablezca y se les promete una fuerte recompensa monetaria a su regreso al campamento.

Al poco tiempo, Fitzgerald convence a Bridger de abandonar a Glass a su suerte y regresar al campamento diciendo que este había muerto y así cobrar la recompensa. Primero matan al hijo de Glass, que servía de ayudante a su padre y dejan tirado al más que moribundo Glass, convencidos de que moriría pronto en las condiciones extremas en que tendría que sobrevivir. Por supuesto, Glass se recupera gracias a sus múltiples habilidades de supervivencia y el resto del filme se dedica a seguir la ruta de la venganza del personaje, quien está decidido a no morir antes de matar a Fitzgerald.

El verdadero Glass es un personaje de leyenda, cuya historia es ambigua y ha sido objeto de leyenda, libros y películas. The Revenant se basa en una novela de Michael Punke, que a su vez es una reinterpretación bastante libre del personaje, o sea, es una versión de una versión. Iñárritu lo reinventa casándolo con una Pawnee y teniendo un hijo mestizo. Lo convierte en un responsable hombre de familia para darle un matiz humano al personaje. Pero esto me resulta un truco comercial barato para darle algún carácter a un personaje que, en la narrativa del filme, es totalmente unidimensional. Al tratar de mezclar el aspecto épico con la venganza individual, el cineasta olvidó desarrollar al personaje.

Iñárritu debutó con gran promesa con Amores perros (2000). Una intensa e imaginativa obra, desarrollada con cortante filo narrativo y un novedoso lenguaje cinematográfico. Su uso de la violencia era desgarrador y perturbador. Pero luego se mudó a Hollywood y comenzó a realizar películas con un afectado intelectualismo y pretensiones metafísicas. Eso se ve claro en 21 gramos (2003), Babel (2006), Biutiful (2010) y Birdman (2014).

Es un cineasta del que siempre se espera algo, porque en todas sus películas demuestra gran imaginación cinematográfica y mucha originalidad en sus recursos narrativos y argumentales, pero constantemente quiere pasar gato por liebre. Ha devenido en artesano de cine comercial con ínfulas altisonantes de arte seminal. Se ha hecho famoso por convertirse en la versión hollywoodense del pensador profundo, en la cual, como expresa Steve Martin en su excelente L.A. Story “un meteorólogo de la televisión puede pasar por intelectual”.

Aquí, para darle gravitas a su diatriba contra el colonialismo blanco que fundó la nación americana, recurre a un realismo mágico de pacotilla y utiliza una frase bien artificial, como leit-motif de sabiduría, que se le aparece a Glass en sueños y delirios. Su defensa del nativo se vuelve burda cuando se observa que, para equilibrar la balanza, presenta también aborígenes violentos, pero siempre los nativos tienen una justificación cultural para sus acciones, mientras al hombre blanco solo lo seduce la avaricia. Es el regreso del nativo que aunque malo, es siempre bueno y mejor que su depredador.

Leonardo DiCaprio, está muy bien dentro de lo que le permite su papel, pero actuar el personaje de Glass, como lo concibió Iñárritu, se reduce a poner caritas y muecas que fluctúan limitadamente entre el odio y el dolor. Quien se roba la película es Tom Hardy, el excelente actor inglés de Bronson, The Drop, Locke, Lawless, London Road y Mad Max: Fury Road, un verdadero camaleón histriónico que se convierte en cada uno de los personajes que interpreta sin protagonismo personal, lo cual hace que quizá muchos no lo distingan y no se considere una estrella. Como Fitzgerald, le da vida y tonalidad a un personaje que en el guion también debió ser unidimensional. Muchos críticos lo han considerado como coestrella del filme y no como mero actor secundario. En realidad, levanta el nivel del filme. Es mucho más merecedor de premios que DiCaprio en esta cinta (DiCaprio acaba de ganar el Globo de Oro y Hardy no fue nominado como estelar).

La otra estrella de la película es la fotografía del también mexicano Emmanuel Lubezki (Birdman, The Tree of Life, The New World), un artista de la cámara que aprovecha los exteriores como nadie. Aquí hace un uso perfecto de la fotografía digital y sus ángulos, planos y composiciones le conceden al filme el carácter épico que el guion no es capaz de dar. Capta el paisaje de una forma que lo hace protagonista y retrata las batallas con crudeza. Es posible que gane su tercer Oscar este año, aunque tendrá gran competencia en Bob Richardson por The Hateful Eight.

El director habla mucho de los grandes esfuerzos que requirió la filmación, que se hizo en parajes salvajes e inhóspitos de Canadá y Argentina, que obligaron a los actores y al equipo de filmación, a someterse a situaciones incómodas y a temperaturas heladas. Pero desgraciadamente, eso no justifica los errores del guion. Iñárritu no se decidió por simplemente narrar una historia y buscar la trascendencia dentro de ella, sino que decidió salpicarla con grandilocuencia fuera de lugar y redujo a sus personajes a seres planos y sin nada que expresar más allá que dolor y odio. Todo queda en la mayor superficialidad del cine comercial para las masas ilustradas. Lo perdió, una vez más, su maldita pretenciosidad.

The Revenant (EEUU, 2015). Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guion: Mark L. Smith y Alejandro González Iñárritu, basado en la novela The Revenant: A Novel of Revenge de Michael Punke. Director de fotografía: Emmanuel Lubezki. Con: Leonardo DiCaprio, Thomas Hardy, Domhnall Gleeson y Will Poulter. De estreno amplio en Estados Unidos y Europa.


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