Actualizado: 14/10/2019 9:31
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La radiodifusión y las noticias en Cuba

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La radio desempeñó un papel importante en la historia de Cuba en la década de los 50; el suicidio de Chibás y el también sangriento asalto a Radio Reloj.

Era muy niña para recordar el nefasto gesto de Chibás y de Radio Reloj sí recuerdo que estaba con mi madre en “La Habana”, como se decía por “ir a las tiendas”. Los tiros sonaban muy, muy cercanos; mi madre parqueó el carro y me hizo tirarme en el suelo trasero del auto; ella estaba asustadísima…yo más. Más adelante supe que en realidad estaba lejos; los tiros eran en el Palacio Presidencial y yo estaba en la zona de las tiendas.

Yo nací con la televisión. Tengo un recuerdo tenue de estar jugando, con tres años en el jardín de mi abuela y mis padres ir a buscarme para mostrarme una sorpresa, un aparato de televisión.

Mis padres, en ese sentido, tuvieron visión; a mi hermano y a mí solo se nos permitía unas horas de TV, para Rin Tin Tín, Patrulla de caminos, Bat Masterson y los muñequitos; las telenovelas nos eran prohibidas, por mediocres. También podíamos ver El Cabaret Regalías y otros programas cuyo nombre he olvidado. Lástima que no tuvieron esa visión para saber que de la Cuba de Castro había que irse; cercenaron mi futuro y el de mi hermano; yo al menos pude emigrar pero tardíamente.

En casa no se escuchaba la radio; años después sí sería la radio la tabla de salvación de mi generación; escuchábamos la música para jóvenes que se nos prohibía y nos metían por la cabeza la infame “Pastilla de menta”.

Sí tengo un recuerdo amable del sonido lejano de las radionovelas al mediodía que las empleadas en mi casa y en casa de mi abuela seguían religiosamente; ese ambiente lejano se enternece también con la fragancia de los franchipanes del patio de mi abuela; el buscar huevecillos de lagartijas, el mar y mis futuros de niña soñadora.

La radio también la asocio con el delicioso recuerdo del olor del creyón labial Tangee rojo muy oscuro que usaba Baris, empleada de mi abuela, que me permitía rebuscar en su tocador mientras ella planchaba y el aroma del almidón inundaba la habitación. Si supe de El derecho de nacer y de Clavelito fue por aquella radio humilde.

También supe de la desigualdad y el cruel concepto de clase. Baris había comenzado a trabajar en casa de mi abuela cuando tenía catorce años; mi madre y ella eran contemporáneas; se tuteaban….excepto delante de los extraños; Baris se convertía entonces en una sirvienta y se dirigía de usted a mi madre, con la que había crecido.

La mulata gordezuela y bonita tenía un novio guagüero, como Maritza la jamaicana, que cuando pasaba por frente a la casa de mi abuela, rumbo al paradero, detenía la guagua, se tomaba un café y echaba un conversadito.

En mi casa la cocinera y la ingeniosa y jodedora Gladys, que limpiaba, almorzaban con nosotros pero no así en la cena cuando mi padre se sentaba a la mesa.

La casa colonial de mi abuela ya no existe. Los Castros la arrasaron si pedirle permiso a mi madre para construir el bunker de 17 y 12 en El Vedado. Cuando yo era niña se podía caminar por la calle 15 desde 10 hasta 12; no había una garita armada ni Celia Sánchez había llevado a vivir allí todos los esbirros que arrastraba. Lo que había era una quincalla, uno de esos maravillosos tenderetes que ya no existen en Cuba.

Siempre que pasaba por una entraba y escudriñaba entre la atractiva baratija las hebillitas de pelo y la bisutería barata y chillona, encanto para una niña. Recuerdo la pizarra con limallas de hierro adentro y un lápiz imán para “pintarle” pelo y bigotes a la cara dibujada junto a las limallas. Aún hoy, si me encontrara con una gallinita a la que había que ponerle los huevos en los huequitos me detendría a hacerlo. Nunca me iba sin comprar una botellita de azúcar con almíbar adentro.

Mis hijos tuvieron burbujas hechas con agua y detergente pero las mías eran de colores y traían un aparatico para hacerlas. Hoy día, para suerte de los niños, son mucho más sofisticadas; mis gatos se divierten muchísimo con las que aún hago.

Mi padre sí escuchaba la radio, la BBC, en la biblioteca; era un “radio trasatlántico”; ese recuerdo lo debo tener equivocado; en la década del 50 todos los radios eran “trasatlánticos”.

Ese radio era nada, no llevaba la carga de infancia de los otros que he mencionado; también fue fatídico.

En el amanecer del primero de enero de 1959 todos los radios de Cuba difundieron La Noticia.

¿Cómo en medio de aquel júbilo nadie supo ver el infierno de más de medio siglo que vendría después?


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