Actualizado: 26/02/2024 13:24
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Exposición, Censura, Cultura

La persecución de las ideas

Una exposición propone a los visitantes una reflexión acerca de la censura, así como sobre su impacto en el patrimonio bibliográfico de la cultura y la historia de España

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Aparte del servicio normal que prestan las instituciones de su tipo, la Biblioteca Nacional de España programa regularmente exposiciones relacionadas con el mundo de los libros y los creadores. Ahora mismo se pueden ver, entre otras, Miguel Hernández, el poeta que hacía juguetes, Palabras de viajeros. El viaje literario y su aportación a la cultura europea, María Lejárrega: una voz en la sombra, Si me queréis, ¡veniros! Lola Flores en la Biblioteca Nacional de España y Malos libros. La censura en la España moderna. A esta última estará dedicado este trabajo.

Sus comisarios son Mathilde Albisson, doctora en Estudios Hispánicos, y José Luis Gonzalo Sánchez-Molero, profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Los contenidos de la exposición han sido elaborados por los miembros del Seminario de Estudios sobre el Renacimiento (Universidad Autónoma de Barcelona) y el personal de la propia BNE. Malos libros se enmarca en un proyecto que dirige María José Vega, catedrática de esa universidad, titulado Censura, expurgación y lectura en la primera era de la imprenta. Los índices de libros prohibidos y su impacto en el patrimonio textual, que cuenta con 15 investigadores de seis universidades españolas y cuatro europeas.

Este viaje a aquel oscuro pasado se realiza a través de 94 piezas, 84 de las cuales pertenecen a la institución en donde ahora se muestran. Las únicas que son reproducciones son dos que las instituciones que las atesoran no accedieron a prestarlas. Una es un amuleto mágico impreso y la otra un grabado erótico del Opúsculo Toscanini, el único ejemplar que ha sobrevivido de la primera edición de los Sonetos lujuriosos, de Aretino. Como es habitual, la exposición estará acompañada de visitas guiadas y de otras actividades académicas, que se centrarán en el análisis de las piezas expuestas.

Malos libros propone a los visitantes una reflexión acerca de la censura, así como sobre su impacto en el patrimonio bibliográfico de la cultura y la historia de España. Abarca del siglo XVI hasta las primeras décadas del XIX. Esto es, desde que se dio a conocer el primer índice español de obras prohibidas hasta la definitiva abolición de la censura como instrumento de coerción y control y la instauración de la libertad de imprenta. Esta fue aprobada en las Cortes de Cádiz (1810), a lo cual se sumó el fin de la Inquisición en 1834, bajo el reinado de Isabel II.

Al inaugurarse la exposición, María José Vega comentó que aunque la censura ha existido siempre en todas partes, los métodos para castigar autores y textos considerados “malos” tuvieron su origen en el siglo XVI. Esa maquinaria se puso en marcha por dos hechos que en esa época se produjeron en Europa: el avance del protestantismo y la invención de la imprenta, que estableció la multiplicación de los libros. Eso hizo que la Iglesia católica los viese como una grave amenaza al dominio que hasta entonces mantenía sobre las conciencias. Algo que, a su vez, le permitía ejercer un control social e imponer determinadas convicciones.

La labor censora recayó en los teólogos

La herramienta más patente a la cual la Iglesia recurrió para lograr su fin de limitar y erradicar el disenso religioso y político fue la prohibición de libros. Eso significaba implementar una actividad de calificación, que determinase qué obras eran peligrosas, erróneas, escandalosas u ofensivas, y por eso capaces de dañar las conciencias. Contrariamente a lo que cabría esperar, esa tarea recayó en esas sagradas instituciones de enseñanza que son las universidades. A ellas les tocó elaborar las listas censoras. Las autoridades eclesiásticas y políticas se dirigieron concretamente a los teólogos, quienes debido a sus conocimientos eran las personas más idóneas para encargarse de ello. En España, se responsabilizaron las facultades de Teología de Salamanca y Alcalá de Henares.

Ese sistema represivo, ha comentado María José Vega, tenía muchas fisuras, porque las universidades demoraban bastante en contestar y en elaborar las listas. Hay que tomar en cuenta que eso implicaba, ante todo, leer una considerable cantidad de textos. No obstante, no fue necesario aguardar mucho para que se empezaran a ver los resultados: solo entre 1544 y 1596 se vieron afectadas 3.600 ediciones pertenecientes a unos 2 mil autores.

El instrumento fundamental de la censura de libros en la Europa católica fueron los índices. Originalmente, constituían un mecanismo universitario heredado de la censura académica tardomedieval. Pero a partir del siglo XVI, los índices experimentaron un importante proceso de transformación y refinamiento para adaptarse a la ampliación de sus fines. Adquirieron así su fisonomía definitiva, que en España se conservó con escasas variaciones hasta 1790, fecha en la cual se aprobó el último índice. El primero en toda Europa fue el Index librorum prohibitorum, promulgado en la Universidad de París. El primero en España data de 1559 y se debió a Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla e inquisidor general, y suele considerarse el inicio de la Contrarreforma en este país. El último fue el Índice romano de Pío XII, de 1948, que estuvo en vigor hasta 1966.

La primera parte de Malos libros se centra en esos libros prohibitorios y expurgatorios, y un dato a apuntar es que la Biblioteca Nacional atesora 87 de ellos. En este sentido, conviene apuntar que en 1848 en esa institución fueron depositados un conjunto de documentos que eran usados como material de trabajo por la Inquisición.

Los primeros índices eran de pocas páginas. Pero a medida que pasaron a adquirir mayor importancia fueron creciendo hasta hacerse monumentales. Tal es el caso del muy severo Index librorum prohibitorum, una relación de aquellas publicaciones que la Iglesia católica catalogó como heréticas, inmorales o perniciosas para la fe y que, por tanto, los católicos no estaban autorizados a leer. Además, establecía las normas de la Iglesia respecto a la censura de los libros.No solo se incluía la prohibición de autores por obras ya publicadas, sino que la misma se extendía a las que pudiesen escribir en el futuro. Fue promulgado por primera vez a petición del Concilio de Trento por el Papa Pío IV, el 24 de marzo de 1564.

Un texto que se expone en Malos libros es el Mandato a los que entren libros en estos reinos (1612), que recoge las disposiciones a cumplir por libreros, tipógrafos e importadores. Otro texto de corte similar es Preguntas sobre los malos y buenos libros, en el cual el jesuita Théopile Raynaud establece las diferentes categorías de las obras a evitar. Conviene decir que estaban también los edictos que se leían en las misas y que después se fijaban en las puertas de las iglesias, para que los feligreses supiesen qué libros había que evitar.

También se aplicó la expurgación

Como se expresa en el programa de la exposición, “para los teólogos y censores, eran malos los libros heréticos y ateos, los que contenían ‘errores’ doctrinales o defienden ideas contrarias a la Revelación, a la tradición doctrinal y al gobierno de la Iglesia. A menudo se les denominaba también libros ponzoñosos, venenosos o pestíferos, ya que, desde los inicios del Cristianismo, la herejía se ha representado a través de las metáforas del veneno, la ponzoña, la peste, el cáncer y la gangrena. En consecuencia, la lectura de las obras heréticas se describía a menudo como un envenenamiento, una infección o un contagio. La categoría incluía también los libros de magia, ocultismo y adivinación, en tanto que requieren pactos con el diablo o ponen en duda el libre albedrío, y los que exponen los principios de otras religiones frente al Cristianismo”.

Los teólogos encargados de preparar los índices debían centrarse, pues, en los libros heréticos y ateos. La categoría de libros que antes se menciona podía extenderse a los textos de historia, si en ellos se criticaba a papas y reyes. Tampoco se libraban de la mano censora las obras de ficción e incluso los libros de oraciones. Estos últimos se prohibían cuando llevaban rúbricas o añadidos de los fieles. De acuerdo a María José Vega, los escritores espirituales españoles, como el dominico Fray Luis de Granada, fueron los más castigados cuando empezaron a hacerse los índices. En cambio, resulta curioso que la Inquisición no se preocupase mucho por el erotismo y la obscenidad. Probablemente, porque eso quedaba para los confesores.

La prohibición no era el único medio empleado contra los “malos libros”. También se aplicó la expurgación de las partes inconvenientes. Eso modificaba externamente el texto, al sufrir la amputación o la tachadura selectivas de sus contenidos e imágenes. En buena medida, esto empezó a hacerse no tanto porque se rebajase el rigor de los censores, sino debido a la presión de los libreros. El veto era reemplazado por la supresión de determinados fragmentos, lo cual venía a ser como un indulto.

De esto se exhiben varias muestras en la exposición objeto de estas líneas. Una de ellas es una Divina Comedia de 1564, en la cual las tachaduras con tinta negra impiden leer el inicio del Infierno, donde Dante hace referencias al clero. Otra pieza en la que se advierten las huellas del expurgo es un ejemplar de la “Oración de San Cristóbal”. Las razones pudieron deberse a la superstición de que su imagen y su texto protegían contra la muerte repentina.

Entre las piezas curiosas, se encuentra una carta autógrafa que el dramaturgo Lope de Vega dirigió al inquisidor. En ella solicita se le devuelva el original de una comedia suya acerca de la conversión de San Agustín. Le fue requisada por contener pasajes considerados “indecentes”. De acuerdo a su carta, procuraba su devolución para poder corregir estos, pero la respuesta que recibió fue: “No ha lugar”.

Un caso bastante difícil de comprender es el del Coloquio de las Damas, de Aretino. El ejemplar que se expone es del clérigo Fernán Ximénez, quien en 1548 se encargó de traducirlo e imprimirlo. A pesar de que él mismo admitía que “parece cosa más para echarle tierra y no sacar tan abominable cieno”, decidió editarlo para poner en evidencia las mentiras con las que de las prostitutas engañaban a los clientes jóvenes, además de prevenir a estos sobre el peligro de contagiarse de sífilis.

Generó un clima de recelo, culpa y sospecha

Los índices dieron lugar a que miles de libros fueran prohibidos, mutilados, expurgados, arrojados a pozos o quemados. Pero esa implacable persecución de las ideas solo consiguió que unos pocos desaparecieran por completo. Lograron, sin embargo, eliminar su circulación pública y a que solo se leyesen clandestinamente. El temor de autores e impresores motivó que nunca volvieran a editarse, o bien eso se hizo bajo títulos falsos y en imprentas inexistentes. En el mejor de los casos, esas obras castigadas se vieron desterradas a un espacio inaccesible y secreto de las bibliotecas, al que pronto pasó a llamarse con el cabal apelativo de infierno. Ese conjunto de textos prohibidos formó “un contra-canon o una especie de biblioteca en negativo”.

De lo anterior puede deducirse que la censura tuvo otros efectos que no son tan visibles. En primer lugar, promovió la autocensura y el silencio, tanto en escritores como en lectores. Por otro lado, “transformó la industria editorial, la ordenación de las bibliotecas, la organización de las profesiones y de los oficios en torno al libro, y hasta la concepción de la escritura y de la lectura”, como se apunta en el folleto de la exposición. Y al extenderse a otras manifestaciones como estampas y medallas, generó “un clima de recelo, culpa y sospecha ante el libro y la textualidad”.

La censura obligó a que se ocultaran libros para salvarlos de esa cacería. En la exposición se documenta el hallazgo de una biblioteca que fue emparedada y que se halló casualmente en Barcarrota, Badajoz, durante unas obras realizadas en 1992. Se trata de un atadijo de mediados del siglo XVI, integrado por once libros y un documento. Los primeros están escritos en español, francés, portugués, italiano y latín, y fueron escondidos por miedo de su dueño a la Inquisición. Entre ellos figura un ejemplar impreso en 1554 del Lazarillo de Tormes. El resto son libros de nigromancia y artes adivinatorias. En cuanto al documento, es el manuscrito de un libérrimo diálogo erótico homosexual.

Como señalé antes, Malos libros propone un viaje a ese oscuro pasado de España. Pero no se queda en una visión histórica, sino que promueve en quienes la visitan una reflexión sobre las nuevas formas que hoy asume la censura. Basta estar medianamente informado de lo que acontece en nuestros días para saber que sigue siendo una herramienta aplicada en muchos países. Quienes deseen saber en cuáles, solo tiene que usar la regla recomendada por Mario Vargas Llosa: “Se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación”.