Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Sambra, Literatura, Literatura cubana

La prisión del «Moro» Sambra

Estas historias nos llegan como de un sabio narrador oral que sabe estremecernos

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Ismael Sambra —“Ismael”, en hebreo, “Dios escucha”—, por la línea paterna descendiente de canario-árabe, y de sirio por la materna —por tal razón apodado el Moro en algunas zonas de su ciudad natal—, cardiópata, testarudo, intransigente, valeroso, nacido en Santiago de Cuba en 1947, poeta y narrador con una vasta y valiosa obra publicada, ahora nos entrega mediante la colección Caribdis de la berlinesa Ilíada Ediciones, bajo el rótulo de novela, Procesado en el paraíso. Un poeta que vivió la guerra.

Con toda intención escribí en el párrafo anterior “bajo el rótulo de novela” porque este libro de 380 páginas en formato ampliado —lectores, no se amilanen por la extensión: cuando pasen la última página lamentarán acaso que la historia haya terminado—, podría ser novela y mucho más que eso: ensayos, reportajes, poesía, cuentos, alegatos sobre los agravios destinados al pueblo de Cuba en la segunda mitad del siglo pasado —lapso que abarca la narración—, mas, escrito de manera bonita y a la vez desgarrada, páginas donde la devastación y la esperanza, oh paradoja, se dan la mano.

Así, estas historias nos llegan como de un sabio narrador oral que sabe estremecernos, pasarnos sus dolores, sus rabias, su impotencia, a la par que nos va demostrando que no obstante la afrenta, no guarda rencores para sus verdugos, ni siquiera para quienes resultaron sus más encarnizados carceleros. Es decir, a lo largo de Procesado en el paraíso nos llegan, en ocasiones de modo escalofriante, las infamias, las injusticias de que fuera objeto su autor tanto en la cárcel como en la vida civil, pero no encontrará el lector un sola página que abogue por el revanchismo, la venganza, que muestre el odio acumulado contra aquellos que, ellos sí, cuajados de rencores, la emprendieran contra Ismael Sambra y tantas otras víctimas que a diferencia del Moro no cuentan con la facultad de hacer pública mediante la letra escrita la ignominia que padecieron. Insisto: este libro muestra la capacidad para el perdón de un hombre bueno y por consiguiente la objetividad que caracteriza a los seres de esta estirpe. Dicho lo anterior, no es de extrañar que en toda la narración no encontremos ni una sola “teoría conspirativa”.

Procesado en el paraíso —que no es un fresco, un mural de la época, puesto que expone las causas— contiene dos historias fundamentales relatadas en sendos planos narrativos. Uno, muestra los avatares del narrador, su familia, sus vecinos, sus compañeros de aula o de trabajo registrados en un acontecer que se remonta hasta los primeros años de la década de 1960. El otro narra la tragedia que padeciera durante el encarcelamiento por más de cuatro años debido a su “delito”: abogar por el derecho a la libertad de expresión y asociación.

Como tantos cubanos, el Moro Sambra se esperanzó con la Revolución de 1959, a la cual le entregara no pocos esfuerzos y cohibiciones. Pero “Cuando entendí todo, no tuve otro camino que luchar contra lo que una vez habíamos defendido, arriesgando nuevamente la vida”.

Con solo 13 años de edad, en 1961 se sumó a la Campaña de Alfabetización que proclamara el Gobierno revolucionario. Fue destinado “a un monte apartado, en el centro mismo de la provincia oriental”, en “el barrio Las Calabazas de Mayarí Abajo, en la casa de una familia campesina en extrema pobreza: “La cocina era apenas cuatro palos con yaguas mal colocadas”.

Así, desde las primeras páginas de Procesado…, hallamos otra de sus virtudes formales: la descripción, y otro de los elementos que enriquecen sus páginas y que nos conmueven constantemente: el candor: “Me gustaba verla retozar en el agua, pero como era tímido, no me dejaba arrastrar por los deseos, y trataba de no fijar la vista en la sombra negra que se dibujaba entre sus muslos”.

En su quehacer como alfabetizador, el Moro Sambra, solidario, participa en las rudas, interminables jornadas de trabajo del campesino, incluida la elaboración del carbón; será testigo de una “fiesta de santo”, y perderá la virginidad entre las piernas de su compañera de faena Esther —ya verá el lector los detalles.

Acorralado por las circunstancias, que finalmente lo llevarían a quedar fuera de su trabajo en la televisión, donde se desempeñara como guionista, asesor, director de programas y actor durante 18 años, el Moro, que antes había ingresado en par de carreras para las cuales no había nacido: Medicina (“Cuando me pusieron en la mano el hígado del muerto me quise morir”) y Comercio (si bien “no tenía ninguna vocación para los números”), ya había sido también víctima de una acusación y expulsado de la escuela por vestir como los Beatles.

En el verano de 1968 comienza su batalla para entrar en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente y aquí tenemos varias de las mejores páginas de Procesado en el paraíso. En ellas afloran la doble moral, el fingimiento, la falacia colectiva, además del temple, la habilidad y los talentos del Moro para enfrentar el dogma y en especial el “examen político” que le correspondería.

Uno de los momentos clímax del libro, lo tenemos cuando el personaje-narrador ve desechos sus sueños al frustrarse la acción —largamente planeada— de escapar de la Isla y de este modo dejar atrás esa especie de borde del precipicio en el que transcurre su vida.

Por no doblar la cerviz, Ismael Sambra, castigado por su osadía, irá a parar de cocinero en una escuela de deportes. Como en otras circunstancias igual de distantes de su razón de ser, él se adapta, o se integra sería mejor decir. Así, mediante procederes cuyas narraciones fotografían tantos porqués, participa en el “robo autorizado” que tantos cubanos con acceso a diversos recursos materiales —sobre todo comestibles— han llevado y llevan a cabo. Participa en el hurto y hasta lo organiza: “Distribuí el robo a dos veces por semanas para cada uno en días alternos tratando siempre de que fuera en pequeñas cantidades. Así, instruye a sus compañeros de faena: “Yo lo que quiero es organizar esto, compañeros, que seamos conscientes de que todos tenemos que coger algo, pero no todos los días.”

Los lectores no enterados de la realidad cubana, sin dudas calificarán de absurdas las tramas sobre las que se sustentan las líneas anteriores, y no pocas de las subsiguientes de este libro.

Líder nato, el Moro Sambra, con otros escritores y artistas de Santiago de Cuba, funda un grupo literario —cuyo nombre es justamente ese: El Grupo— que llevará a cabo una batalla perdida de antemano: “No se identifica con escuelas, movimientos o tendencias”. Este pasaje es uno de los más vehementes de Procesado en el paraíso.

En este plano de la narración, que se desarrolla en lo que llamo el ámbito de lo civil, si bien no pocos de sus personajes aparecen, salen y regresan en uno y otro punto de la trama, quedan sin embargo suficientemente referidos como para resultar inolvidables por una u otra causa: nobles y perversos, fieles y desleales, audaces e indecisos. Y casos aparte, tristemente inolvidables a la par que estremecedor, como el de Alberto Ferrándiz, quien no resiste la dura brega y toma el peor de los caminos.

Sambra cumplió casi cinco años de torturas psicológicas y físicas en la prisión, donde resultó igualmente líder natural, es decir, no elegido, al preparar una protesta nacional, la más grande y larga conocida, y no solo preparar, sino también convocarla y dirigirla desde la prisión.

Además de estancias breves en distintos reclusorios, es la prisión de Boniato, en Santiago de Cuba, el escenario principal de casi todo el plano narrativo correspondiente a los años de encierro, cargados de momentos aterradores muy bien descritos. La narración nos llega en tercera persona y con el personaje “Ismael” como protagonista. Creo que esto obedece, más que a una voluntad de estilo, a la modestia.

Ismael se declara en huelga de hambre y en estos capítulos Procesado en el paraíso alcanza instantes gloriosos y a la vez muy tristes. “Su cuerpo ya se había acostumbrado (a la inanición) y ya después de los mareos de los primeros días, ya ni hambre sentía”. En la celda de castigo, donde lo habían metido sin ropas ni cama, le quitaron las sandalias, para evitar que golpeara con ellas el metal de la puerta. “Tenía los pies desnudos, pegados ahora sobre el granito húmedo y frío. Pero tenía la fuerza hermosa de la dignidad”.

En esta parte de la narración conoceremos algo poco divulgado sobre la Cuba de los últimos 60 años: la vida en la cárcel, con el “aderezo” en este caso, de la capacidad de sobrevivir en ella como preso político mezclado con los comunes.

Justamente, uno de los recursos del régimen resulta confinar en la misma celda a presos comunes —especialmente asesinos y otros sujetos peligrosos— con quienes cumplen condena por delitos llamados Contrarrevolucionarios. “Lo pusieron en la celda de un traumatizado asesino, muy peligroso”, apodado Muñeco.

Una de las maneras que tienen los reclusos para protestar, resulta golpear el metal de las puertas de las celdas con cualquier objeto que se encuentre a mano, a veces durante un período largo y de modo reiterado. Esto, claro, molestaba a los represores, pero acarreaba también reprimendas y castigos a los ejecutores.

Algunos reclusos, con el objetivo de salir de la asfixia de las celdas, “las largas horas de espera inmersos en la nada, el encierro, el chantaje, las promesas no cumplidas”, se autoagredían, en ocasiones de un modo brutal y lastimoso. “Presos que se enterraban clavos en la cabeza como ese negrito de 23 años de apellido Heredia”, lo que le provocó la muerte; “presos que se enterraban alambres en el abdomen, que se tragaron pedazos de cucharas y muelles con el objetivo de ser operados de urgencia y poderse pasar algunos días en el hospital”. “Conocí a jóvenes que se enterraron agujas en los ojos para quedarse ciegos, que se cortaron los tendones de Aquiles para no caminar, que se tasajearon con cuchillas de afeitar”.

Como ocurre en la vida civil, también en la carcelaria hay hombres perversos —sean o no verdugos— y otros decorosos —sean o no verdugos. De los perversos, hallamos en Procesado en el paraíso, entre otros personajes: el jefe militar Cabal, impiadoso; Legrá, militante del Partido Comunista y jefe de un campamento de trabajo “voluntario”, sádico; el fiscal Bringas, corrupto; o el primer teniente Jesús “el Manco”, sumamente cruel y abusivo con los prisioneros.

Y las personas nobles, que no dejan de aparecer en cualquier circunstancia, en la latitud más insospechada. Entre no pocos personajes nobles que hallamos en Procesado en el paraíso, cito al preso común Rolando Sagarra, “un negrón enorme, como de siete pies, que era boxeador.

Algo que llama la atención en este libro de Ismael Sambra, son las digresiones. Advierto: no se trata de subtramas, sino de digresiones que alcanzan un notable valor literario por sí mismas, aunque se encuentren ensambladas con la narración principal. Ejemplos: la batalla del padre de Ismael con Cándido Jiménez, un vecino traicionero, oportunista; o las páginas dedicadas al éxodo de cubanos por el puerto de El Mariel en 1980.

La ciudad natal del poeta resulta encumbrada mediante pincelazos breves, pero acaso vehementes, a lo largo de la narración. Cito: “De regreso tuve nuevamente la oportunidad de presenciar la hermosa vista de Santiago que se dominaba desde la loma de Versalles. Soy un eterno enamorado de mi ciudad, de su bahía, de sus calles enredadas”.

Poeta, al fin y al cabo, el Moro Sambra nos regala, en una y otra página, máximas, metáforas, avisos que en ocasiones se vinculan con la razón existencial. Cito: “El artista es esclavo de su arte. El rico finalmente es esclavo de su riqueza si no la quiere perder”. “Soy de esta isla, y ser de aquí nos hace un poco complicados. Reconozco que somos difíciles de entender, porque hemos descendido mucho en la escala de la doble moral.” “Desafortunadamente ese día no llegó, porque la muerte les llega primero a los que se ilusionan demasiado”. “Todo en ella era ceremonial y perfecto”. “Se necesita gusto y pasión para actuar hasta en lo más insignificante que tiene la vida”.

Un poco más allá de la mitad de Procesado en el paraíso, el autor insiste en que se trata de una novela. Bueno, este cronista replicaría que hay novelas tan reales que resultan la propia realidad pasada por el tamiz del artista. Asimismo, nada descubro al afirmar que la creación literaria de una época, nos ayuda a comprender la realidad de un modo más integral que la propia historiografía.

Queda claro que Ismael Sambra es un gran conocedor de la historia de Cuba, en especial de la transcurrida en los últimos 70 años. Pero de ningún modo el libro que nos ocupa suena didáctico, panfletero. Por el contrario: hay amenidad y gracia en cada página.

En Procesado en el paraíso queda íntegramente demostrado que, en el caso de Cuba, tantos esfuerzos, dolores, muertes han resultado baldíos. Pasarán los años y habrá que volver a este libro, no solo para disfrutar de su amena lectura, sino también para comprender cada vez más una buena parte del devenir de Cuba en la segunda mitad del siglo XX y los efectos de esa etapa hasta hoy.

Ilíada Ediciones acierta de nuevo con una hermosa y sugerente cubierta.

Adelante.


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