Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Viena, Durero, Pintura

«La procesión triunfal»

¿Obra de arte, gesto de propaganda, objeto de deleite personal?

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Obsesionado con la muerte, la posteridad y su destino final, el Emperador manda a elaborar una serie de grabados que representarán sus conquistas, sus súbditos y familiares. Los principales eventos de su vida mostrados en un amplio panorama. Trata de asegurarse que nunca será olvidado, que las generaciones futuras podrán conocer y admirar los vistosos carruajes, los complicados instrumentos musicales, las poderosas armas. ¿Cuántos lograrán ver esa obra? ¿Él solo, varios príncipes, un grupo de cortesanos? ¿O estará a la disposición de todos sus súbditos, incluso de quienes nunca lo conocerán, salvo por referencias en los libros y grabados?

De momento eso no importa. Lo fundamental es que la obra exista. Él mismo la concibe y dicta a su secretario como debe ser ejecutada. Lo demás queda en manos de los artistas, que con los años, su riqueza y poder, ha reunido en su corte (Altdorfer, Durero, entre otros).

No fue poco el trabajo a realizar, si se tiene en cuenta que el conjunto de paneles tenía originalmente una extensión de más de cien metros de largo (382 pies).

No estamos ante un testimonio. La parada que se exhibe en La procesión triunfal nunca tuvo lugar. Refleja más bien una de esas obsesiones en que un emperador romano germánico se identifica con la antigua Roma.

Más en el caso de Maximiliano I de Habsburgo, empeñado en fabricarse una genealogía absurda, que incluye tanto a Julio Cesar como a Carlomagno, sin olvidar algunos santos.

La procesión triunfal es así una obra de arte, pero también un acto de propaganda.

Un proyecto para la globalización de algo más que un reinado, un imperio que nunca logra desarrollar un sentimiento nacional, pero que fue capaz de definir una unidad religiosa y política en torno a un monarca.

Obra de propaganda, pero sobre la cual hay dudas, sobre todo respecto a su objetivo.

Se ha hablado sobre la posibilidad de la reproducción de los grabados, para ser colocados en las dependencias del imperio. Otros estudiosos consideran que se trataba de una pieza de “performance”, en la cual la obra era desenrollada ante los espectadores.

Pero las definiciones y los análisis políticos y estéticos quizá solo sirvan para encubrir una realidad más profunda.

Aterrado por la muerte que cree cercana —en los últimos cinco años de su vida viaja siempre acompañado de su ataúd— Maximiliano I de Habsburgo invierte fuertes sumas de dinero en asegurarse que su legado le sobreviva.

De ahí surge entonces otra especulación, que deja fuera la propaganda y la grandeza estética del imperio. Es posible que el objetivo original fuera que ese despliegue se hiciese solo para los ojos del Emperador, quien sentado al trono lo contemplaría como cualquier espectador de cine en su cómoda butaca.

Los 54 metros remanentes de La procesión triunfal se encuentran en el museo Albertina de Viena. La primera vez que se mostró en toda su longitud, como un friso, fue en 2012. La ocasión anterior en que la obra había sido exhibida ocurrió en 1959.


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