Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Grabado, Maximiliano I, Pintura

La procesión triunfal

La procesión triunfal es una obra de arte, pero también un acto de propaganda

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Obsesionado con la muerte, la posteridad y su destino final, el Emperador manda a elaborar una serie de grabados que representarán sus conquistas, sus súbditos y familiares.

Los principales eventos de su vida mostrados en un amplio panorama. Trata de asegurarse que nunca será olvidado, que las generaciones futuras podrán conocer y admirar los vistosos carruajes, los complicados instrumentos musicales, las poderosas armas. ¿Cuántos lograrán ver esa obra? ¿Él solo, varios príncipes, un grupo de cortesanos? ¿O estará ésta a la disposición de todos sus súbditos, incluso de quienes nunca lo conocerán, salvo por referencias en los libros y grabados?

De momento eso no importa. Lo fundamental es que la obra exista. El mismo la concibe, y dicta a su secretario como debe ser ejecutada. Lo demás queda en manos de los artistas que con los años, sus riquezas y poder, ha reunido en su corte (Altdorfer, Durero, entre otros).

Los 54 metros remanentes de La procesión triunfal se exhibieron en el museo Albertina de Viena en 2012. La vista saltaba de uno a otro a otro grabado, a lo largo de las paredes de las salas, y tras unos pasos se entraba en otra galería, con la armadura del Emperador al centro. El contraste entre lo real y lo imaginario. La última vez que parte de la obra había sido exhibida anteriormente fue en 1959. En 2012 puedo apreciarse, por vez primera, en toda su longitud, como un friso.

El visitante al museo Albertina no estaba ante un testimonio. La parada que se presenta en La procesión triunfal nunca tuvo lugar. Refleja más bien una de esas obsesiones, en que un emperador romano germánico se identifica con la antigua Roma.

Más en el caso de Maximiliano I de Habsburgo, empeñado en fabricarse una genealogía absurda, que incluye tanto a Julio Cesar como a Carlomagno, sin olvidar algunos santos.

La procesión triunfal es así una obra de arte, pero también un acto de propaganda. Un proyecto para la globalización de algo más que un reinado, un imperio que nunca logra desarrollar un sentimiento nacional, pero que fue capaz de definir una unidad religiosa y política en torno a un monarca.

Maximiliano I de Habsburgo, además, fascinado con la idea de la muerte; con el temor a fallecer. En los últimos cinco años de su vida viaja siempre acompañado de su ataúd. Invierte fuertes sumas de dinero en asegurarse que su legado le sobreviva.

Obra de propaganda, pero sobre la que hay dudas respecto a su objetivo. El conjunto de paneles tenía originalmente una extensión de más de cien metros de largo (382 pies). Se ha hablado sobre la posibilidad de la reproducción de los grabados, para ser colocados en las dependencias del imperio.

Otros estudiosos consideran que se trataba de una pieza de performance, en la cual la obra era desenrollada ante los espectadores. Se especula incluso que la idea original era que ese despliegue se hiciese solo para los ojos del Emperador, quien, sentado, la contemplaría como un espectador de cine.


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