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Teatro

“La profana familia”

¿Una obra de teatro neocostumbrista para complacer al CENESEX?

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El domingo 5 de junio de 2011 acudí, no sin cierta aprehensión, al teatro Mella de La Habana para ver la obra de teatro La profana familia, de Nicolás Dorr. Aprehensión muy justificada porque llevaba más de quince años sin pisar ese teatro y en Cuba ese lapso de tiempo puede significar, en la mayoría de los casos, la decadencia absoluta pero, gracias a Dios y a los constructores de ese magnífico coliseo —que parece que emplearon materiales inmunes a la desidia institucionalizada—, el teatro ha resistido los vientos especiales y la maldición del estado por todas partes.

Envoltura aparte, diré también para jugar limpio, que mi sobrina Yanny Martín era una de las actrices de la puesta y que ésa fue la razón poderosa que me llevó desde Matanzas, donde me encontraba desde el sábado, para verla actuar en una obra de teatro pues ya la había visto en televisión.

Tras ver la puesta, he ahí el dilema: “Escribir, o no escribir”, pues hablando en lenguaje coloquial y callejero, la obra no me gustó nada, y así se lo dije a mi sobrina cuando fui a saludarla al camerino —en realidad me la encontré ya en el pasillo—, “pero tú sí estuviste muy bien”, la tranquilicé.

Doce días después de haber conocido a la familia teatral de mi sobrina —“Una familia hecha para la escena”, así reza el encabezado del programa de mano— decidí escribir sobre la obra.

En primer lugar el audio estuvo bastante deficiente, pues apenas dejaba escuchar los parlamentos de Daisy Dor —Rosaura, la madre—, aunque a mi sobrina sí se le escuchó perfectamente, por su adecuada proyección teatral de la voz y su cuidada dicción en el personaje de Raiza.

Continuando con el tema de las actuaciones, Daisy Dorr, que por el apellido asumo que es familia del autor de la obra, es una actriz a la que le falta ese gran empaque que hubiera hecho su papel más impactante y simpático, y aunque las comparaciones son siempre odiosas no me queda más remedio, para que se me entienda mejor, que remitirme a una Ana Viña, a una María de los Ángeles Santana o a una Isabel Moreno, que hubieran realzado el personaje con su carisma y su fuerte personalidad.

Alejandro Rodríguez como Rirri, “preciosa y tremenda”, sí logra un delicioso gay travesti, con todos los gestos corporales y amaneramientos vocales que constituyen el estereotipo del gay afeminado en Cuba —y que es en realidad sólo la puntita de ese mundo tan variopinto, con hasta guagüeros, peloteros y boxeadores en sus filas—, tanto así que lo abordé al final de la representación para constatar si había sido actuación o realidad, y por lo que oí y vi, fue una gran actuación.

La Renata de Idalmis Paula estuvo muy bien, con la “fortaleza” inherente a ese estereotipo de lesbiana que tiene la sociedad, “cada vez estás más fuerte y más dura desde que te dejó tu secretaria”, mientras que quien hizo de Romualdo esa tarde —papel que en el programa de mano aparece que alternan Miguel Fonseca y Luis Toledano— no me dio en absoluto el “cheo” de la historia. Él y Daisy fueron las dos interpretaciones más flojas de la puesta que vi.

Tres buenas actuaciones de las cinco posibles deberían inclinar la balanza a favor de la obra, pero en el teatro no basta con que las actuaciones sean buenas o aceptables para que un texto teatral sea un logro, ya que, vuelvo a repetirlo, en teatro es tan importante el qué como el cómo, lo que se cuenta y cómo se cuenta; un buen argumento mal contado puede ser un fracaso total.

Sobre el qué se cuenta, empezaré diciendo que concuerdo totalmente con Norge Espinosa Mendoza cuando encabeza su nota en el programa de mano con este título: “Una familia hecha para la escena”, a lo que yo agregaría: “para complacer al CENESEX”.

Para los que todavía no se han enterado, el CENESEX es un centro dirigido por Mariela Castro Espín, la hija de Raúl, para, entre otras cosas, educar a la sociedad machista cubana para que acepte la diversidad sexual, es decir, a los gays, a las lesbianas y a los transexuales.

Esto por supuesto que está muy bien, pero si lo pensamos en las circunstancias específicas del caso cubano donde todos estos hermanos “diferentes” han sido tan duramente discriminados y hostigados por el gobierno y la policía durante más de cuatro décadas, el que ahora la orden que viene “de arriba” —como han venido todas, en definitiva, durante estos largos 52 años— sea la de aceptarlos y permitir incluso que los que quieran se cambien de sexo, me parece una maniobra de distracción , enfocada mayormente al exterior, para que se piense que en Cuba algo está cambiando. En definitiva, el gobierno no es quien debe decidir si está bien o no que nos acostemos con alguien de nuestro propio sexo.

Confesados mis escrúpulos con toda esta especie de “moda”, lamento mucho que Nicolás Dorr, probado y talentoso teatrista, autor de un clásico del teatro cubano como Laspericas, VivirenSantaFe,La chacota, Unacasa colonial yConfesión en el barrio chino —casi treinta obras en 50 años de carrera—, haya sucumbido a dicha moda para permanecer “vigente”, máxime cuando en el texto no hay una sola referencia al drama de los “diferentes” cuando estaban tan mal vistos por las autoridades, ni siquiera en chacota, por aquello de que dice el programa de mano que la obra es una comedia.

Muy pocas risas escuché en el teatro esa tarde de junio, por cierto; en teatro es más difícil hacer reír que llorar, sobre todo cuando el tema escogido se presta más para la tragedia que para la comedia: ¿en su teatro la risa quiere ser un mecanismo liberador?, ¿con una carcajada podemos digerir ciertos temas…? La cruda verdad es que yo no me reí, y a mi alrededor muy pocos lo hicieron.

Yo creo que a estas alturas el público cubano —ése que todavía va al teatro a pesar de la batalla diaria por la jama y la sobrevivencia, no la de las “ideas”—, no acepta que le den gato por liebre, y con Laprofana familia, el “qué” de la obra es un gato al que su cocinero ni siquiera supo adobar y sazonar adecuadamente para presentarlo como liebre.


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