Actualizado: 22/10/2021 20:51
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La quinta, el monte y la revolución

Hubo que esperar la caída del Muro de Berlín y el Período Especial para que los cultos afrocubanos fueran nuevamente permitidos… y cooptados por el Estado.

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Entre tantos hechos emblemáticos de la Hecatombe, la destrucción de la quinta San José anunciaba la tábula rasa por venir. Esa legendaria casona habitada por Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas representaba una manera de concebir la historia a la que la revolución oponía la promesa de un radiante porvenir.

Como todas las quintas republicanas, conservaba aire de remanso colonial frente a una modernidad trepidante, y más aún, pues había sido deliberadamente construida con elementos rescatados de viejas mansiones coloniales. Simbólicamente, aquellos materiales se salvaban así del cataclismo de la independencia, la continuidad quedaba asegurada frente a las convulsiones de la historia republicana.

La quinta San José, decía María Zambrano, era uno de esos "lugares donde el pasado de Cuba se ha remansado, gozoso de que se la guarde"; el interior de la casa, sus galerías y salones, bibliotecas y estudios, "ofrecen un ejemplo, museo viviente de la casa señorial del dieciocho que la vida del diecinueve enriqueció con un sutil refinamiento y el veinte con el necesario comfort. Muestra así en una perfecta continuidad la vida cubana en su más puro estilo, sin desmentirse a través de sus dos centurias".

En sus tres interesantes conferencias sobre la mujer en Hispanoamérica, ofrecidas en Bogotá en 1930, la escritora venezolana Teresa de la Parra idealizaba la Colonia, acercándose a esa ficción arcádica cultivada por los muchos criollistas latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX: la Colonia como espacio entrañable de la tradición, frente a la violenta irrupción histórica de la independencia.

Gregoria, consejera de la autora del Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, venía a representar ese valor en la conocida primera novela de Teresa de la Parra: del todo iletrada, la negra trasmite con graciosa oralidad, mediante sentencias y cuentos, una concepción del mundo y de la vida que encierra una valiosa sabiduría, frente a las nuevas convenciones sociales de una burguesía modernizadora.

La empresa 'literaria' de Lydia Cabrera

Creo que algo de esa nostalgia por la Colonia, concebida como época fuera del tiempo, de entrañable esclavitud patriarcal, subyace a la empresa "literaria" de Lydia Cabrera, tan distinta de la de su cuñado Fernando Ortiz. Si este, seguidor de Lombroso, comienza con el Hampa afrocubana, Cabrera recogerá los cuentos de su tata negra y los escribirá bonito para entretener a su amiga Teresa de la Parra, convaleciente de tisis en un sanatorio europeo.

En el prólogo de El Monte, ella declara su absoluta falta de "pretensión científica" y, refiriéndose a sus veleidosos informantes, negros viejos, muchos de los cuales eran hijos de africanos, dice que "no conocen la prisa que mina la vida moderna y enferma el espíritu de los blancos, la presura que es opresión, aprieto, congoja".

Tampoco esa dimensión arcádica escapó a la agudeza de María Zambrano. En su reseña de Cuentos negros de Cuba, Zambrano escribe que "las islas han proporcionado a la imaginación la imagen de una vida intacta y feliz, como si fuese un regalo, del paraíso donde las dos condenas, el trabajo y el dolor quedan un tanto en suspenso, mundo mágico en que la 'realidad' no está delimitada, y aun el sueño puede igualar a la vigilia".

Según la pensadora española, Cabrera habría podido realizar esa hazaña poética por pertenecer al mundo "no cuajado" de Cuba, pero también porque su "conocimiento poético" derivaba en buena medida de su remisión a la infancia, a los cuentos que le contaba su nodriza.

Es ahí, en "la memoria ancestral", donde está la clave de esos relatos. Y es justo a esa memoria a lo que se enfrentó la Revolución, oponiendo a la sabiduría de los mayores la energía de la juventud. El tono llano de los cuentos con el que, según Teresa de la Parra, hay que hablar de la Colonia, y que es el que adopta Lydia Cabrera en sus narraciones de leyendas, fue desplazado por la retórica exaltada del nacionalismo revolucionario.

La memoria de las masas

Zambrano sostiene, en su artículo sobre la quinta San José, que al estilo —ese estilo, mezcla de gracia y necesidad, que esta encarna— ha sustituido, en la actualidad de 1945, el lujo, el precio al valor.

Con la revolución de 1959, esa dicotomía —que corresponde en rigor a la querella de la aristocracia y la burguesía— será desplazada; a aquellos estilos patricios y burgueses, la revolución opuso otro estilo: el de las masas. Y las masas, como dijera Ortega y Gasset, se definen sobre todo por su falta de memoria.

Al mundo mágico, la revolución contrapuso una verdad, la de la ciencia, que por medio de la tecnología habría de sacar al país del subdesarrollo. Ello implicaba, necesariamente, un desencantamiento del monte: este ya no sería el lugar de lo sagrado descrito en el libro de 1954, sino más naturaleza a conquistar y transformar.

Cuba no era ya la utopía que descubría Zambrano en los cuentos negros —isla poética de la magia y la metamorfosis, previa a los deslindes de la razón moderna—, sino otra, la del "hombre nuevo" y la "democracia directa". No había espacio para las supersticiones de los negros en la concepción científica del mundo: muchas obras de los sesenta, como Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú, de Octavio Cortázar, y Sachario, de Miguel Cossío, abordan ese conflicto entre los rezagos del pasado y la doxa materialista del presente.

Habría que esperar a la caída del Muro de Berlín y la llegada del "período especial", para que las supersticiones fueran nuevamente permitidas. Y más aún, cooptadas por el Estado, mientras la Cuba profunda de los negros emergía para dar un toque de exotismo postcomunista. El Monte, reeditado por Letras Cubanas en 1989, marcó el boom de lo afrocubano, a tono con la nueva imagen folclórica para consumo del nuevo turismo extranjero.

No son sólo los orishas, sino los orishas en el país del "hombre nuevo"; la utopía de los sesenta, la de la construcción simultánea del socialismo y el comunismo, se convierte en la quimera de los noventa: esa extraña confluencia de objetos heterogéneos —vallas con consignas revolucionarias y carros americanos de los cincuenta— que caracteriza la imagen fotográfica de la Cuba del "período especial".

El reencantamiento del monte

Piedra angular de esta transición es el reencantamiento del monte; el regreso del culto afrocubano no sólo en tanto expresión de la crisis del marxismo-leninismo y de la descomposición del mito revolucionario, sino también como contribuyente de una imagen estética que viene a llenar un vacío histórico: imagen barroca de Cuba donde el blanco del hijo de santo coexiste al cabo con los colores de los uniformados de las organizaciones del Estado: OPJM, FAR, PNR.

La contigüidad de El Monte y los Discursos de Guevara en los puestos de libros de la Plaza de Armas, representa simbólicamente esta fase final de la Hecatombe, cuando el Estado debe recuperar lo que en sus buenos tiempos expulsó y el mercado normaliza el extrañamiento que cifra nuestro estado de excepción. Sólo falta que a Eusebio Leal se le ocurra reconstruir la quinta San José en terrenos de Marianao y habilitarla como "Museo Nacional Lydia Cabrera".


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Peregrinación de San LázaroFoto

Peregrinación de San Lázaro a El Rincón, en 2007. (AP)

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