Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Peronismo, Argentina, Cine, Literatura

La Venus de las pieles y los pobres

Los escritores que no se han podido sustraerse a esa maldición que es más que una pasión argentina

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A principio de la década de 1970, cuando era estudiante universitario en Cuba, recibí una invitación para asistir con el jurado del Premio Casa de las Américas a la exhibición de un documental, en una de las salas privadas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

De las fatigosas cinco o seis horas de proyección de La hora de los hornos guardé dos impresiones.

Una me la proporcionó la pantalla. ¿Cómo era posible que aquella figura vestida de pieles despertara tanto entusiasmo entre los argentinos, sobre todo los más humildes?

La segunda los espectadores. Durante toda la proyección los intelectuales latinoamericanos —que formaban aquel público reducido y privilegiado— habían expresado en alta voz su aprobación o rechazo a la mujer enjoyada.

Pese a su enfoque ortodoxo —según los principios ideológicos cubanos del momento sobre Latinoamérica, la insurrección armada y la guerra de guerrillas— La hora de los hornos era una película prohibida en la Isla en esos momentos. La primera parte era posible verla en funciones limitadas a estudiantes universitarios, pero la segunda y la tercera no.

Había dos explicaciones diferentes para dos censuras diferentes. En el caso de la primera, se justificaban las restricciones, por las imágenes finales que mostraban el cadáver de Ernesto “Che” Guevara. Sobre la negativa para presentar la segunda y la tercera, se esgrimía un argumento más fantasmagórico: el peronismo.

A diferencia de las vidas paralelas, las de Fidel Castro y Juan Domingo Perón solo se asemejan en preferir la referencia militar al cargo civil. Pero entre las tantas diferencias, una llevaba un nombre más bien cursi, de película o telenovela latinoamericana o cubana: Evita.

Una fecha, el 26 de julio, encierra dos polos opuestos separados por apenas un año: la muerte de Evita y el asalto al cuartel Moncada. La consolidación de un mito y el comienzo del fin de una utopía. La esperanza transformada en añoranza y el desencanto convertido en una carga nacional. Una momia que recorre las calles de Buenos Aires dejando un rastro de velas y flores y una ciudad tropical momificada en sus ruinas, como espejo de un fracaso.

El mito de Castro ha tenido que soportar el envejecimiento. De la admiración a la nostalgia. Y el asombro ante la supervivencia de un líder que se consume en su imagen cada vez más deshecha.

No ha ocurrido lo mismo con Eva Duarte de Perón: eternamente joven, muerta precisamente a la misma edad que el guerrillero tomaba el poder en la Isla. Una pasión argentina que no es solo historia, sino también literatura y cine.

De los tres grandes mitos del país sudamericano —Evita, Gardel y el Che—, solo ella es un destino nacional.

Gardel es el triunfo del inmigrante y como tal se integra al país. El origen del Che es irrelevante. Podría haber nacido en Venezuela, Colombia o Chile y salvo un dato fortuito nada cambiaría en su biografía. Solo Evita es puramente argentina. Ella está ahí para recordarles a sus compatriotas lo que no son, para provocar el insulto soez de sus hijos más ilustrados —como Ezequiel Martínez Estrada— y más ilustres —como Jorge Luis Borges—, todos unidos en un repudio sin descanso.

Borges, tan comedido él, no dudaba en llamarla “puta”.

Para explicar a Castro basta con la política. Con Eva es necesaria la literatura y el espectáculo. Castro siempre fue aburrido en la monotonía de sus discursos. Eva entretiene y atrae hasta con su cursilería y rabia vengativa. Ella no deja de ser un triunfo femenino en un país machista, mientras él solo reafirmó la voluntad caudillista.

Los autores argentinos no se han podido sustraerse a la maldición. El cuento que mejor describe al mito es de Borges y se titula El simulacro. Una narración excelente y también injusta. La mejor novela es Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez.

Entre ambos extremos corre una literatura: un cadáver teñido de un verdor siniestro de Juan Carlos Onetti, una comedia con un grupo de homosexuales de Copi y un relato de Rodolfo Walsh, Esa mujer, donde primero se habla del cadáver.

Solo Julio Cortázar pudo escaparse. Como tantas otras cosas, Cortázar adquirió el izquierdismo en Europa. Detestaba a Perón por una razón válida y poderosa: el ruido incesante de los bombos.

La algarabía peronista le molestaba, al extremo de sentirse en casa tomada. El ruido incesante lo perseguía, sobre todo mientras escuchaba a Béla Bartók. Por ello decidió marcharse a París en 1951. Así se lo confesó, años más tarde, a un amigo en Francia quien después me lo contaría en Miami. Los dos argentinos y los tres periodistas, por vocación a veces y por dinero siempre. Dos amistades a dúo y tres senderos que se bifurcan. Por supuesto que la anécdota podría falsa, pero ya no es posible saber quién mintió primero. Como los otros están muertos, puedo apropiarme del engaño.

Solo en Casa tomada, al decir de ese periodista a quien le decía cosas Cortázar, hay una alegoría al peronismo: ocupando cada vez más espacio y arrojando a los moradores de la vivienda en un final que para el escritor es el exilio.

Evita, por su parte, continúa desatando pasiones. Cercana y alejada de todos. Enterrada bajo puertas impenetrables en la Recoleta tras una última vuelta de Europa, vive como un desafío final a la burguesía que tanto la despreció, y a la que ella tanto odió.


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