Actualizado: 17/10/2017 10:31
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“La Voz” cumple cien años

Sinatra era la exuberancia por antonomasia, un showman consumado, el Babe Ruth de la música americana

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Ya se sabe que las canciones tienen una fuerza de evocación que perdura más allá del instante en que se oyen. En tres o cuatro minutos, el cantante narra una historia que en el cine duraría hora y media y en un libro tendría tal vez 250 páginas. Muy pocos intérpretes han sabido expresar las canciones de la forma en que las decía Frank Sinatra; con una emoción y una tristeza indelebles, una soltura única y las pausas que hacían falta; usarlas para contar la historia de su vida y las vidas de todos nosotros, como si fueran relatos. Hay que decirlo de una vez y sin temor: Sinatra cantó como nadie, mejor que nadie.

Ahora que está cumpliendo cien años y hay nuevos libros sobre él, especiales de televisión para celebrar su aniversario, un documental de HBO y una extraordinaria colección de su música, no hay mejor homenaje que volver a escucharlo cantar.

Francis Albert Sinatra nació el 12 de diciembre de 1915, en Hoboken, New Jersey, de padres italianos. Fue el primer y único hijo de Antonino Martino Sinatra, llamado Marty, nacido en Sicilia, y de Natalina Della Garaventa, oriunda de Génova, y a la que le decían Dolly. Al nacer con más de trece libras de peso, hubo necesidad de usar fórceps, lo que le causó una cicatriz permanente en el cuello y la mejilla, además de perforarle el oído, daño que le quedaría para siempre. Con un padre muy tímido y obediente, que casi no hablaba ni decidía nada en la casa, era Dolly —una mujer imponente y corpulenta— quien llevaba los pantalones; la verdadera cabeza de la familia. Personaje importante en Hoboken, tenía un talento natural para los idiomas y ayudaba a todo el que le hiciera falta. Dolly entraba y salía de los juzgados acusada de hacer abortos ilegales y fue un factor dominante en el desarrollo de la personalidad del joven Sinatra. A pesar de crecer en medio de tiempos difíciles, como fue la Gran Depresión de los años 30, Frank tuvo una infancia mimada; tenía mucho más que sus amigos y era el muchacho más elegante del barrio.

Desde muy niño, Sinatra mostró gran interés en la música; se enternecía junto al radio oyendo a sus orquestas y intérpretes favoritos y pasaba largas horas en la taberna propiedad de sus padres intentando cantar. Ya adolescente, sus ídolos eran Bob Eberly, Rudy Vallée y Bing Crosby, sobre todo Crosby al que admiraba mucho y trató de imitar. Influenciado por Crosby, Louis Armstrong y Billie Holiday, aprendió a cantar solo. A los quince años un tío le regaló un ukulele y empezó a amenizar bodas italianas, pequeñas fiestas escolares y asociaciones de la ciudad. En 1935, su madre convenció a un trío local, The Three Flashes, para que le permitieran sumarse al grupo, que con su llegada pasó a llamarse The Hoboken Four. No tardó mucho en ser la voz principal. Después de ganar un conocido concurso de radio, el cuarteto logró un contrato de seis meses para actuar en emisoras y teatros de todo Estados Unidos.

Cuando abandonó el grupo, nuevamente fue su madre quien le consiguió un trabajo por $15 a la semana como camarero, maestro de ceremonias y cantante en The Rustic Cabin, un motel-restaurante de Englewood Cliffs, New Jersey, que los viernes transmitía en directo para una estación radial de Nueva York, cuando aquello el centro de la música popular del país. En 1939 el trompetista y director de banda Harry James lo contrató como vocalista. A los pocos meses, frustrado porque no alcanzaba el triunfo que se proponía, dejó a James y pasó a ser el principal solista de la orquesta de Tommy Dorsey, que junto a la de Glenn Miller y la de Benny Goodman, era una de las big bands más importantes de la industria. Dorsey tenía un enorme control de la respiración al tocar el trombón y Sinatra lo imitó, aprendiendo a respirar mientras cantaba: parecía que estaba riéndose, pero en realidad buscaba aire por un costado de la boca. Juntos grabaron más de cien discos hasta que en 1942 Sinatra decidió que era hora de empezar por su cuenta.

En plena Segunda Guerra Mundial, con una personalidad cautivadora, atractivos ojos azules y una voz que seducía, el mundo fue testigo de algo sin precedentes: miles de muchachas hacían larguísimas colas desde el amanecer para ver a Sinatra en el teatro Paramount, de Nueva York; se enamoraban de él, enloquecían y caían rendidas. En sólo quince meses, se convirtió en la sensación musical del país y no tardó mucho en llegar a Hollywood. Luego de dos títulos mediocres con la RKO, el poderoso magnate de la MGM Louis B. Mayer lo contrató en 1945 para filmar la comedia Anchors Aweigh con Gene Kelly que fue un éxito rotundo y lo hizo una estrella.

Según le contó a las autoridades, en febrero de 1947 estaba en Miami en un día lluvioso y fue a buscar el sol en Cuba. Llegó a La Habana y se hospedó en el Hotel Nacional, donde —dijo— coincidió casualmente con más de setenta jefes pandilleros que celebraban una convención lejos de la vigilancia del FBI. Pero el rumor es que realmente le llevó un maletín repleto de dinero al célebre gánster Lucky Luciano, uno de los principales mafiosos de la historia. Eso lo marcó para siempre y le ocasionó más de un problema con las autoridades. De cualquier modo, es innegable los estrechos lazos que tuvo con la mafia. Fue amigo íntimo de Sam Giancana, jefe mafioso de Chicago, así como de Vito Genovese, Willie Moretti y Joe Fischetti, notorios nombres del crimen organizado.

A principios de los años 50 sufrió una hemorragia en las cuerdas vocales que casi acaba con su carrera. Apenas podía cantar y no conseguía contratos en ninguna parte. Aunque no se ha podido comprobar que sea cierto, se cuenta que el Oscar secundario que ganó por su papel de Angelo Maggio en la película De aquí a la eternidad y que lo sacó del vacío lo obtuvo gracias a sus contactos con la Cosa Nostra. El episodio quedó perpetuado en El Padrino con la cabeza cercenada del cabello de raza que encuentra en la cama el productor cinematográfico que se negaba a darle el papel a Johnny Fontane, personaje claramente inspirado en Sinatra y en sus amistades con el hampa.

Es muy probable que su resurgir haya tenido que ver con las largas veladas que pasó, en Las Vegas y en el Hotel Fontainebleau de Miami Beach, donde enfrentado noche a noche con el auditorio que abarrotaba el cabaret, acabó por encontrar la mezcla perfecta entre blues, swing y baladas. Sinatra se las ingenió para reinventar las canciones hasta hacerlas propias, y decenas de ellas han aparecido en la banda sonora de series de televisión como The Sopranos, CSI y Magic City, y en muchas películas como The Pope of Greenwich Village, Catch Me if You Can y When Harry Met Sally. Se ha dicho que entre sus más sonados éxitos, como My Way, Strangers in the Night, The Lady is a Tramp y I’ve Got You Under my Skin, disfrutaba enormemente interpretar New York, New York, que terminó siendo el himno de “la ciudad que no duerme”.

Pocos artistas hay tenido una vida tan intensa como Sinatra. Sus excesos, juergas hasta el amanecer y parrandas desenfrenadas con Dean Martin, Sammy Davis, Jr. y Peter Lawford, sus amigos del Rat Pack, se hicieron legendarias y cambiaron por completo las noches de Las Vegas. Junto a otros famosos participó activamente en manifestaciones y actos en contra del racismo; fumó cigarrillos Camel como un demente, bebió más de medio millón de tragos de Jack Daniel’s y regresó a la cima de la popularidad con un sombrero cavanagh ladeado, un impermeable sobre el hombro y más estilo y dominio escénico que nunca antes. Sobrevivió varias épocas y tendencias musicales como una especie de extraño prodigio nacional; tuvo fama, riqueza, poder, hizo de todo y se murió cuando le dio la gana.

El novelista inglés Oscar Wilde —que para su desgracia nunca oyó cantar a Sinatra— dijo que el encanto era una de las cualidades esenciales que debe tener una persona, que sin él, todo lo demás era inútil. Sinatra tenía ese misterioso encanto, tanto con el público como con las mujeres. Sin ser ni con mucho un hombre guapo, fue un mujeriego incorregible. Además de amoríos con coristas, starlettes y secretarias, tuvo idilios con infinidad de figuras de Hollywood: Lana Turner, Kim Novak, Natalie Wood, Marlene Dietrich, Judy Garland, Anita Ekberg y Lauren Bacall, a quien, catorce meses tras la muerte de su esposo Humphrey Bogart, le propuso matrimonio, pero después la dejó plantada. Algunos íntimos han contado que Marilyn Monroe —nada menos que el indiscutible símbolo sexual del cine— estaba ansiosa por casarse con él, pero como ocurrió con casi todas las mujeres que conquistó, se quedó a mitad del camino. Se casó varias veces, la primera vez, muy joven, con Nancy Barbato, con la que tuvo tres hijos, Nancy, Frank Jr. y Tina; la segunda con Ava Gardner y, ya maduro, con Mia Farrow y Barbara Marx. La bellísima Ava, fue sin embargo, su gran pasión, a la que no pudo olvidar y al morir en Londres en 1990, fue Frank quien se encargó de todos los gastos de los funerales. Los escándalos que los dos protagonizaron llenaban todas las semanas los cintillos de las revistas y periódicos y cuando ella viajó a España para filmar Pandora y el holandés errante, y se enredó en romances con los toreros Dominguín y Mario Cabré y medio centenar de machos ibéricos, atormentado por los celos Sinatra la siguió y no pararon de armar memorables peleas en público.

Desde mediados de la década del 90, la salud de Sinatra no hacía sino empeorar. Al cabo de batallar con problemas de neumonía, presión alta y cáncer en la vejiga, sufrió un severo ataque cardíaco y el 14 de mayo de 1998, a los 82 años, falleció en el Hospital Cedars-Sinai de Los Angeles. Al día siguiente, las luces del edificio Empire State se tornaron tristemente azules en honor a sus ojos, que le otorgaron el sobrenombre de Ol' Blue Eyes.

Sinatra era la exuberancia por antonomasia; un showman consumado; el Babe Ruth de la música americana; alguien a quien los dioses obsequiaron con ese toque mágico que en inglés se llama stardust: polvo de estrellas. Su impronta en el mundo del espectáculo es inmensa, y sin él no habrían existido jamás Tony Bennett, Charles Aznavour y Rosemary Clooney, pero tampoco Diana Krall, Harry Connick Jr. ni Michael Bublé. Sus canciones quedarán como el retrato de un país y de una era; y cuando se hable del siglo XX, su nombre estará entre los más grandes. Con sus imperfecciones y virtudes; su espléndida arrogancia, sus altercados y generosidad y su temperamento explosivo, Sinatra fue un artista genuino que dejó muchos de los momentos más hermosos de la música americana. Su rico legado, fijo en la memoria de millones de personas, y la plena vigencia de sus canciones durarán generación tras generación mientras haya hombres y mujeres que sigan emocionándose con su bronca sensualidad, con las letras y melodías que interpretó. Mucho más que una celebridad y una leyenda, Sinatra es el eterno masculino, el mito del hombre solitario, del melancólico que se levanta, que le vuelve a hablar al amor después de muerto. Eso lo hace un inmortal.

Como dice uno de sus hits, que él mismo escogió como epitafio para su tumba: The Best is Yet to Come.


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