Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cine, Arte 7

Lamentos y susurros

Esta película es una mezcla de indigestión de Fellini con un ritmo a lo Bergman y un estilo a lo William Klein, sin que el realizador que se decida por ninguno ni encuentre un camino propio

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Si el título de esta reseña suena bastante cercano al de una película de Ingmar Bergman, es porque, entre otras cosas, este filme de Terrence Malick pretende parecerse a una obra del director sueco. Malick utiliza un recurso, muy empleado por Bergman, para enfocar problemas existenciales, tomando como referencia la saga de individuos que no tienen carencias materiales, así nada distrae del sufrimiento existencial per se. El problema es que por mucho que lo intente, esto no se le da bien a Malick.

En Knight of Cups, la trama, si es que la hay, se centra en el personaje de Rick, un guionista que aparentemente padece de bloqueo. Nada de esto está muy claro, ya que nunca lo vemos escribir nada y solamente sabemos que es guionista porque un par de ejecutivos le dicen que lo van a hacer muy rico.

Lo único que vemos es a Rick vagabundear entre paisajes perfectos, fiestas fastuosas en las cuales abunda el sexo de todo tipo, sesiones de fotos con modelos hieráticas, calles y hoteles en Las Vegas y diferentes sitios icónicos de Los Angeles. Rick aparece en apartamentos, mansiones y azoteas como un espectador mudo y estupefacto de la realidad que lo rodea, la cual no parece ni disfrutar, o si lo hace es con un extraño desdén.

La película no tiene diálogos. Todo es narrado en voice over, en un susurro espectral, ominoso y triste. La cinta parece regodearse en la depresión que propone sin que sepamos a qué se debe. Si se cuestiona la vida, no sabemos de qué vida se trata. Todo queda insinuado. Tanto la relación de Rick con su padre y con su hermano, como la relación con las mujeres, una de ellas su esposa, que nos conducen a través de los distintos capítulos, que no tienen una continuidad necesaria. No hay nada criticable en utilizar estos recursos no en destruir el sentido temporal de la narración, solamente que aquí todo ocurre en un vacío sin sentido.

Malick debutó en 1973 con Badlands, que como he dicho anteriormente en mi reseña sobre The Tree of Life, es una obra narrada en tono menor, pero resulta una película excelente, que ha vencido la prueba del tiempo y que se puede considerar entre la mejores películas americanas de su década. Malick fue uno de los más prometedores jóvenes directores americanos de aquel momento en el cual se empezaba a tomar en serio el cine de autor en Estados Unidos, demoró cinco años en hacer su próximo filme y ya para entonces adoptó la grandilocuencia como lenguaje cinematográfico. En 1978 realizó Days of Heaven, que le valió su único Oscar a Nestor Almendros por su excelente fotografía, pero la solemnidad no se le daba a Malick.

En los próximos 30 años, Malick hizo solamente dos filmes, The Thin Red Line (1998) y The New World (2005), dos largas y fallidas epopeyas, pero su voluntario mutismo y su sostenida solemnidad, le ganaron el respeto de los críticos y directores, que lo consideraron como el último de los grandes auteurs del cine americano. Seis años más tarde filmó The Tree of Life, sobre la cual opiné que: “la puerilidad de sus cuestionamientos filosóficos hacen de éste un filme insoportable, que es aún más lastrado por la condescendencia explicativa de Malick, que no se permite ser sutil”. Eso evitó que le huyera a su siguiente filme To the Wonder (2012), que por lo que he leído al respecto, siguió el mismo curso trazado en la anterior.

Aquí vuelve a lo mismo. Mezcla sus influencias sin la menor sutileza, a veces parece que se ve una indigestión de Fellini, con un ritmo a lo Bergman y un estilo a lo William Klein, sin que se decida por ninguno ni que encuentre su propio camino. La película no tiene la menor de las ironías, es irremediablemente seria y a la vez es obvia en cuanto a no decir absolutamente nada. Es un circo sin anfitrión.

Dramáticamente monótona, resulta un desperdicio de actores y actrices, entre los que se cuentan Brian Dennehy como el padre, Cate Blanchett como la esposa, Natalie Portman como una amante, Freida Pinto como una modelo superflua que tienta a Rick, Imogen Poots como una musa casual, Antonio Banderas como un egomaníaco que pontifica en medio de una bacanal y Teresa Palmer como una stripper de Las Vegas que dispensa consejos de sabiduría popular mientras ensena sus atributos físicos. Christian Bale, como Rick, no hace más que pasearse por la pantalla con una abulia endémica que parece contagiar a los otros personajes y al espectador.

La extraordinaria fotografía de Emmanuel Lubezki, ganador de los tres últimos óscares de fotografía, que muestra sitios conocidos como Venice Beach, Malibu, el centro de Los Angeles, Beverly Hills y el desierto californiano de una manera nunca antes vista, es capaz de demostrar que si él dirige la fotografía, una película se puede ver sin que importe lo que sucede en la pantalla. La música se ajusta a la grandilocuencia y la solemnidad de Malick. La única razón de ver esta película es porque uno siempre espera que alguien que fue un gran director pueda recuperar su forma, pero de nuevo, el intento resulta frustrante. Este lamento susurrado no es más que un gimoteo existencial sin trascendencia.

Knight of Cups (EEUU, 2015) Guion y dirección: Terrence Malick. Director de fotografía: Emmanuel Lubezki. Con: Christian Bale, Brian Dennehy, Cate Blanchet, Natalie Portman, Teresa Palmer, Freida Pinto e Imogen Poots. De estreno limitado en todas las ciudades de Estados Unidos.


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