Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Las caras tristes de Lezama

El autor de 'Paradiso' y 'Ah, que tú escapes' cumpliría hoy 97 años.

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El deseo de los amigos de Lezama es celebrar dentro de tres años, en 2010, el primer centenario de su nacimiento sin las amarguras que abatieron los últimos años de su vida, que aún padecemos sus lectores cubanos, más allá de diferencias —tan necesarias, cuando de verdad se respetan— de credos e ideologías, de puntos de vista.

En 2010 no sólo argumentaremos cómo su obra representa una inversión subversiva del tópico romántico de "convertir lo local en universal", con lo que se adelanta —en ese aspecto, no en otros del credo romántico— a la estética actual, sino la prioridad que le otorgó a la imagen verbal sobre las hoy tan enajenantes imágenes visuales.

Pero sobre todo no edulcoraremos que su afán teleológico —rezago de la "modernidad progresista"— y sus candideces políticas, fueron brutalmente derruidos por un Poder caracterizado por la intolerancia, hasta el punto de que varias décadas después huelen a rancio.

La memoria histórica —como la del Holocausto— no se preserva con un sentido arqueológico, sino bajo el temor de no aprender de sus enseñanzas, de que se vuelvan a cometer los mismos errores. Por ello recuerdo seguidamente algunas de las tristezas en Trocadero:

Le dio pena. María Luisa se encargó de pedirle a Manuel Moreno Fraginals que le trajera unas sábanas. En mi libreta de apuntes no aparece su cara, cuando nos hizo el cuento a Maruchi y a mí. Ahora sí la tengo en el butacón de la sala: mira para el piso, busca en las losetas mozárabes.

En aquella época ni el dólar estaba despenalizado ni podíamos cobrar derechos de autor fuera de la olla del autócrata. El viaje de Manolo era a París, donde Lezama, gracias a la generosidad de Severo Sarduy (otras editoriales nunca le pagaron), tenía guardado unos francos. Las sábanas podrían volar a Trocadero 162.

A Manolo (julio de 1976), le hizo otro encargo. Como iba a Ciudad de México, ahora sí fue Lezama quien le pidió un favor: el primer tomo de sus obras completas, publicado por Aguilar con grumoso, sapiente y a la vez unilateral prólogo de su mejor amigo: Cintio Vitier.

No llegó a tiempo. Lezama moría el 9 de agosto, sin acariciar el volumen. Ahora su cara está en la funeraria Rivero, me acerco y sé que detrás del sarcófago revolotean los lémures. Pero detrás de los pequeños ojos cerrados, el ámbar miope andaba por el papel cebolla, el que hace llorar.

Esa madrugada, los pocos que allí nos quedamos, apenas teníamos qué decirnos. Pepe Triana debe recordar cuando se le saltaron las lágrimas, mientras en el saloncito de al lado, en una mesa contra la pared, Cintio escribía la despedida, se inspiraba en otras caras de Lezama quizás más trascendentes, más frágiles, manejables.

Ahora me interesan sus caras tristes, antes y después de 1959. De las que no conocí —mi primer encuentro con Lezama data de 1963, de mis diecisiete años— imagino algunas, perfectamente documentadas, además de las que corresponden al ámbito familiar, que aquí excluyo porque uno nunca sabe —ni Marcel Proust lo supo— cómo se mueven esas tristezas íntimas, de un adentro que no aflora, ni siquiera el 12 de septiembre de 1964, cuando muere Rosa Lima.

Sé —me lo contó entre lecciones del Curso Délfico— que mi compadre ya acumulaba unas cuantas caras tristes, similares a las que le morderían después, aunque menos paradójicas, aunque algunos miserables traten de borrar datas de artículos donde la esperanza de que no fuera otro fraude tapa el ya evidente escepticismo, como en el tan citado "El 26 de julio: imagen y posibilidad" ( La Gaceta de Cuba, 11-1968).

¿Cuál no sería la cara de Lezama, la expresión del estafado, cuando recordara, a principios de mayo de 1971, tras el repugnante Congreso Nacional de Educación y Cultura, aquellas palabras suyas donde la candidez desiderativa quiso ver a José Martí? Esa cara sí la vi, perdida entre los barrotes de la ventana-balcón.

Y hoy la acerco a la que ponía cada vez que alguno de los que antes —cuando el favor de Lezama le era útil— consideró su amigo, se excusaba de no visitarle con argumentos pueriles, o echándole la culpa al carácter de María Luisa de su miedo. Acompañar a Lezama perjudicaba, arrastraba interrogatorios, quitaba protecciones… Y aquellos típicos cubanazos no estaban para hipotecarse la existencia.

Muchos que después presumieron de ser sus amigos —siempre viene bien algo de capital simbólico—, que no dejaron de ir al entierro y conversar allí sobre la posteridad, también esculpieron a fuego lento la cara del desterrado en Trocadero 162. Cara que a veces ponía la mirada en otro cilindro, quizás conversando con Juan Ramón Jiménez en el portal del hotel Vedado (hoy Victoria, M esquina a 19) o con Luis Cernuda en El Anón de Virtudes (Consulado esquina a Virtudes, a una cuadra de El Prado); quizás agarrándose de sí mismo para no perder el equilibrio, el sarcasmo.

Ionesco siempre prefirió que a su teatro se le llamara del escarnio, no del absurdo (entrevista concedida a Shusha Guppy, 1984). ¿Ponía Lezama a veces cara de escarnio? ¿Se burlaba tenazmente con el propósito de afrentar? ¿No hay siempre detrás del escarnio, como en el personaje Béranger de Ionesco, unas purísimas gotas de hiel, una amargura macilenta?

Aún cuando le visitaba Virgilio Piñera ("Maricón del culo, no de la cabeza" —como solía calificarse, con exacta justicia), de pronto los dos ponían caras tristes, sin tapar el escarnio que ambos solían prodigar con generosidad florentina. Porque entre chismes y rumores, rimbombantemente referidos por la gracia voraz de Virgilio, pude presenciar silencios dignos de Samuel Beckett, para terminar con las referencias teatrales.

¿Tristezas en Trocadero? Otras caras me llegan: cuando un mensajero del Consejo Nacional de Cultura le llevó en un cartucho la medalla del Premio Maldoror; cuando unos libros y licores, mandados por Efraín Huerta, fueron dejados en la Casa de las Américas y nunca llegaron; cuando Nicolás Guillén le visitó para que no le diera el premio a Fuera del juego de Heberto Padilla; cuando parecía, en junio de 1976, que la "revolución" en la que alguna vez se esperanzó, le levantaba la veda de publicar en su país, que databa de cinco plomizos años.

Pero la cara más triste de Lezama no tengo que recordarla cuando se cumplen 97 años de su nacimiento, cuando comenzamos a preparar la celebración del centenario… Casi cada semana la tengo delante. Me mira desde aquella Cuba que imaginara, que sólo imaginara. Trata de sonreír y le sale una mueca.


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