Actualizado: 23/04/2024 20:43
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80s, Gay, Arte 7

Las heridas de un pasado doloroso

Cineasta dotado de una gran sensibilidad para tratar los sentimientos más complejos, con Desconocidos el británico Andrew Haigh ha realizado un film fascinante, doloroso, lleno de matices, connotaciones y hallazgos tanto artísticos como emotivos

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Durante varios años, el británico Andrew Haigh (1973) trabajó como editor en películas como Gladiator y Black Hawk Down. Se desempeño también como productor, faceta en la cual hay que destacar su participación en la serie de HBO Looking (2014-2015). Fue un proyecto en el cual figura como cocreador, coproductor y ocasionalmente guionista. La serie se centra en la vida de un grupo de homosexuales que residen en San Francisco. Haigh, quien es declaradamente gay, volverá a esa temática en su filmografía como director.

En 2003, Haigh inició su trayectoria como realizador. Lo hizo con el corto Oil, al cual se sumaron dos más. El salto al largometraje lo dio en 2009 con Greek Pete, rodado con jóvenes que se dedican a la prostitución masculina. En el filme, su realizador hizo que los límites entre ficción y documental se difuminen para permitir comprender mejor las vidas de estos chicos de una forma auténtica e íntima. La crítica destacó, entre otros valores, el carácter honesto, nada sentencioso y a veces explícito de su retrato de una subcultura oculta a la vista.

El nombre de Haigh comenzó a ser conocido gracias a Weekend (2011), que se proyectó en unos cuantos festivales y obtuvo varios premios. Si ese film lo situó en la escena internacional, 45 Years (2015) marcó su consagración como un talentoso cineasta. Tuvo su estreno mundial en el Festival de Berlín, donde se alzó con el premio de actuación para sus protagonistas, Charlotte Rampling y Tom Courtenay. La primera ganó ese mismo galardón en los Premios del Cine Europeo y la Seminci de Valladolid y fue nominada al Oscar. Acerca de 45 Years, Jordi Costa escribió en el diario español El País que Haigh “sigue indagando en el lenguaje secreto del amor y su reverso a través de la mirada íntima (…) Película sutil, humanísima y desoladora”.

Esa trayectoria brillante y en ascenso hizo que la siguiente película del cineasta fuese esperada con grandes expectativas. Lejos de defraudarlas, Haigh ha venido a confirmar con Desconocidos (All of Us Strangers, Inglaterra-Estados Unidos, 2023, 105 minutos) que es uno de los cineastas británicos más relevantes. La película reportó a su protagonista, Andrew Scott, el premio al mejor actor de la National Society of Film Critics, además de una nominación a los Golden Globe. Asimismo, en los British Independent Film Awards Desconocidos recibió los galardones en las categorías de película, dirección, guion, interpretación secundaria (Paul Mescal), fotografía, montaje y supervisión musical. Y aunque la lista de reconocimientos es extensa, menciono los concedidos en los Independent Spirit Awards al film, a Haigh como director y a Andrew Scott.

Desconocidos se inspira libremente en la novela Strangers, escrita en 1987 por el japonés Taichi Yamada y traducida al inglés en 2003. Existía una versión cinematográfica anterior, rodada en Japón en 1988 y titulada Un verano entre extraños. Se ubicaba más en los terrenos de la fantasía y el horror presentes en el libro. Haigh se centró, en cambio, en el núcleo emocional, no en los elementos fantasmagóricos. Como él declaró, “lo que me encantó de la novela fue su concepto central: ¿qué pasaría si volvieras a encontrarte con tus padres mucho después de que hayan muerto, pero con la peculiaridad de que tienen la misma edad que tú? Parecía una manera muy emotiva de explorar la naturaleza de la familia. Ese fue mi punto de partida”.

Al llevar la novela a la pantalla, Haigh lo hizo desde una óptica diferente y también muy personal. En primer lugar, alteró la orientación sexual del protagonista. Este no es un hombre divorciado que inicia una relación con una mujer, sino un gay cuarentón que conoce a otro hombre tras un tiempo prolongado de abstinencia sexual y sentimental. Haigh ha creado una sólida filmografía construida en lo queer, y por eso es a ese terreno al cual ha llevado la novela.

Una película mucho más personal que cualquier otra

Además, puso parte de sí mismo en la historia que se cuenta en el film. De hecho, rodó parte del mismo en la casa donde pasó su infancia. Al referirse a esa decisión, comentó en una entrevista: “Tenía sentido. Estaba escribiendo sobre la casa de mi infancia y no podía sacarme de la cabeza la imagen de mi propia casa. No había estado desde hacía 40 años y sin embargo recordaba cada rincón de aquel lugar. Así que cuando llegó el momento de rodar pensé que debíamos intentar rodar allí”. Y agregó: “Llegados a este punto, todo es personal, incluso aquello que no lo parece tanto. Siempre que me relaciono con un material ajeno, tiene que ser con algo que entienda, que me importe. Esta película es mucho más personal que cualquier otra. ¿Por qué? Soy un director gay, que ronda los cincuenta años y que creció en los ochenta, tal y como el protagonista”.

Tras ver Desconocidos, resulta inevitable recordar Weekend. Un viernes por la noche, Russell, su protagonista, visita un club gay donde a última hora conoce a un chico. Ambos comienzan entonces una relación de fin de semana, pero lo que parecía que iba a ser el rollo de una noche comienza a tener la intensidad de un shock emocional de largo alcance. En el último film de Haigh, Adam tiene un encuentro casual con Harry, un misterioso vecino que pone patas arriba el ritmo de su vida cotidiana. A medida que entre ellos va surgiendo una relación, Adam empieza a preocuparse por los recuerdos de su pasado, lo cual lo lleva a regresar a su ciudad natal y al hogar de su infancia.

El protagonista de Desconocidos es un hombre de mediana edad, que vive en Londres en un edificio mastodóntico. Parece haber sido inaugurado recientemente, pues no se ven personas que se hayan mudado. Pero pese a su aspecto moderno y reluciente, el edificio posee un aire fantasmal. A eso se añade que tampoco hay referencias explícitas en cuanto al tiempo en el cual transcurre la historia, y es notorio que no se usen teléfonos inteligentes.

Adam ha ido perdiendo el contacto con el mundo exterior. Desde el inicio de la película, resulta evidente que es un hombre con heridas de su pasado, muchas de las cuales aún están sin sanar. Eso, unido a su soledad, es la causa de la falta de creatividad a la que se enfrenta y que le limita su trabajo como guionista. En esa creciente fase depresiva, se pone como objetivo escribir un guion sobre la historia de sus padres. Para eso, emprende y un día toma un tren rumbo a los suburbios. Allí se halla la casa donde vivió hasta los doce años, que él supone está vacía. Para su sorpresa, se encuentra con que todo está igual y que allí se hallan sus padres. Ambos murieron en un accidente treinta años atrás, y además de estar vivos para ellos el tiempo parece haberse detenido: son más jóvenes que su hijo y están tal y como eran antes de fallecer.

Los padres le dan la bienvenida a Adam y tal parece que hubiesen estado aguardando su regreso. Tras ese recibimiento, el ansia de ponerse al día se impone como una obligación esencial. Ellos no saben cómo ha sido su vida después de que murieron y por eso pasan a interrogarlo. A través de las preguntas que le hacen, vamos descubriendo parte de la trayectoria vital de Adam. Inicialmente, les resulta difícil asimilar que él es homosexual. La más sorprendida y confusa es la madre, no tanto el padre, que ya desde que era niño lo intuía. El de su orientación sexual es un tema que da pie a charlas muy bien llevadas.

El regresar a su casa y ver a sus padres, le abre viejas heridas a Adam. Lo lleva a desandar un camino poblado de traumas, de charlas que quedaron inconclusas, de carencias afectivas. Pero ese reencuentro le da la oportunidad de recuperar parte de lo perdido, de conversar acerca de lo que quedó por decir, de explorar zonas vetadas. Cuando sus padres estaban vivos, nunca les pudo confesar la razón por la cual lloraba por las noches. Tampoco les habló de los miedos que lo llevaban a acostarse en su cama, en medio de los dos. Algo que vemos hacer al Adam adulto, igual que si tuviera cuatro o cinco años. A su vez, ellos lo querían mucho, pero no sabían comprender lo que le ocurría, ni tampoco afrontar sus miedos y sus llantos.

Romanticismo exacerbado y mortuorio

Resulta pertinente decir que en Desconocidos, Haigh cuenta una historia cuyo protagonista pertenece a una generación específica. Se trata de aquella que creció en los años 80, cuando ser gay significaba luchar contra prejuicios, estigmas, discriminación, vergüenzas causadas. En ese sentido, hay que destacar la banda sonora seleccionada por Emilie Levienaise-Farrouch, quien fue premiado por su excelente labor. Por un lado, identifica a la comunidad homosexual de esa etapa a través de canciones de los grupos como Frankie Goes to Hollywood, Erasure, The Housemantins, Fine Young Cannibals, Pet Shop Boys. De estos últimos se escucha su versión de Always on My Mind, en la escena en que los padres de Adam la acompañan con sus voces mientras adornan el arbolito de navidad. Por otro lado, esos temas musicales aportan el complemento idóneo para el carácter delirante u onírico de las imágenes.

De lo anterior se deduce que en esas visitas a la casa de su infancia, Adam se convierte en un viajero en el tiempo. Va del Londres de 2023 al de 1987, dos épocas que se desarrollan en paralelo. En ese tránsito de un plano cronológico a otro más misterioso, resulta cada vez más difícil disociar realidad de fantasía. El espectador no logra saber qué está ocurriendo; si el hecho de que Adam pueda encontrarse con sus padres muertos es mera imaginación suya, o bien se trata de una idea para el guion que planea escribir. A propósito de esto, el crítico argentino Diego Broderson en su comentario sobre Desconocidos (en su país se estrenó con el título de Todos somos extraños), sostiene que si por momentos el film “parece ingresar en territorios shyamalanescos, con algún toque new age como aderezo, la sensación imperante es la de un romanticismo exacerbado y mortuorio, elementos que le aportan al film, más allá de la narración de hechos y acciones, una tonalidad de experiencia sensorial, sin duda uno de sus méritos más evidentes”.

Pero Desconocidos no es obviamente una película sobre viajes en el tiempo, ni tampoco una película de terror. El hecho de que los fantasmas estén asociados a ese género cinematográfico, aquí no se cumple. Los padres de Adam en ningún momento provocan miedo, ni esa es la intención de Haigh. Por el contrario, tras cada aparición dejan una reconfortante impresión de tranquilidad. Constituyen además símbolos de aliento y redención, que ayudan a que aquel niño que hoy es un adulto consiga cerrar sus heridas del pasado.

El elemento fantástico está presente en la novela de Yamada. Harada, su protagonista, es un guionista de televisión, hastiado y divorciado, que una noche, al sentir nostalgia por su niñez perdida, resuelve visitar un antiguo y ruinoso distrito de Tokio. Allí conoce en un teatro a un hombre que se parece exactamente a su padre, fallecido hace mucho tiempo. Ese encuentro lo arroja a una realidad en la que sus padres están vivos y tienen la edad exacta de cuando fallecieron. Aunque puedan ser apariciones, Harada las acepta, a pesar del daño que eso pueda causarle.

Trata sobre cómo integrar el dolor en tu vida

Al ser fiel al componente fantástico, Haigh asumió un gran riesgo, pues lo llevaba a un territorio que nada tiene que ver con el cine que hace. Pero esa decisión resultó ser acertada, pues contribuyó a que la película adquiriese un nivel de lectura más trascendente. Al darle un giro a los viajes en el tiempo e incorporar a la narración los retruécanos temporales, creó un universo donde todo es posible. Es eso lo que permite a Adam desprenderse de la aflicción por la muerte de sus padres, así como reconciliarse con su pasado y con una infancia golpeada por la tragedia. Y eso, en definitiva, es lo que Haigh se propuse hacer: un filme que “trata sobre cómo integrar el dolor en tu vida”.

Pero si en lo que se refiere a los padres de Adam cabe hablar de un reencuentro, paralelamente vive un encuentro, el de Harry, que cambia su vida. Aparte de ser el único vecino de su bloque de apartamentos, al igual que Adam es un ser solitario, torturado y roto por las adicciones. En la novela en la que se inspira la película, una historia de amor salva al protagonista. Eso también le ocurre a Adam, quien al enamorarse de Harry tiene la posibilidad de poner fin a su prolongada soledad. Y sobre este aspecto, me parece oportuno reproducir unas palabras de Haigh:

“Quería hacer una película sobre qué se siente estando solo. Cómo se percibe el mundo y cómo te percibes a ti mismo cuando estás solo. Así que trabajamos mucho con puertas, con umbrales y ventanas, esas capas artificiales desde las que los personajes hablan. También lo trabajamos desde el sonido, construyendo escenas donde solo se percibiera el ruido de lo que no hace ruido, eso que invita a que a uno se le caiga la casa encima. La película es eso, una persecución filmada a la sensación de soledad”.

Varios son los aspectos que hacen de Desconocidos un film fascinante, doloroso, lleno de matices, connotaciones y hallazgos tanto artísticos como emotivos. Como director, Haigh se decantó por un relato calmo en apariencia, que explora los sentimientos que nos convierten en seres humanos. Demuestra un gran talento para desplegar una serena reflexión sobre temas como el trauma, la ilusión de un amor, el autodescubrimiento, la soledad, la culpa, el duelo, el perdón. Sustenta el relato en una puesta en escena que se impone por su convicción, su sensibilidad, su perfecto dominio de las formas narrativas, su cuidado de que las escenas conmovedoras nunca caigan en la sensiblería lacrimosa. Es justo mencionar también lo que aportan a la película la magnífica fotografía de Jaime D. Ramsay, quien encontró las formas visuales para lograr una representación de los sentimientos de Adam; y la antes mencionada y minimalista banda sonora de Emilie Levienaise-Farrouch.

Pero Desconocidos es, sobre todo, una película que se sostiene en la labor de los actores. Y en ese sentido, contó con un elenco impecable. Andrew Scott tiene un protagonismo casi absoluto y es el corazón del film. Sabe darle una enorme complejidad y hondura a ese hombre solitario, vulnerable y cuyo dolor parte el corazón. Construye un personaje de una gran tristeza, cuya presencia es apaciblemente devastadora. El suyo es un trabajo sublime y de una impresionante madurez, de esos que no se ven muy a menudo.

Los padres de Adam son caracterizados por Jaime Bell y Claire Foy, quienes pese a su juventud cuentan con una destacada trayectoria. Ambos están muy bien en las escenas con Adam. Son charlas profundas y desgarradoras, que ellos interpretan con gran sobriedad. Tienen además un peso importante en la película, pues al mismo tiempo que abren las heridas del pasado poseen un poder sanador y liberador para su hijo.

El guion reserva a Harry pocas intervenciones. Pero en cada una, Paul Mescal consigue dar a Scott una réplica que está a su nivel. Encarna a un personaje del cual sabemos muy poco, lo cual lo obliga a construirlo con sus notables recursos actorales. Su Harry es un hombre misterioso, entrañable y encantador. Pero su amable sonrisa y sus vivaces ojos no logran ocultar que es también vulnerable, triste, solitario y que, como Adam, es también un alma perdida. Scott y Mescal tienen una química excepcional, en la que son capaces de expresar sus sentimientos a través de miradas y silencios. Asimismo, en los momentos íntimos trasmiten una honestidad y una ternura poco comunes. A eso hay que agregar que los dos protagonizan unas escenas de sexo en las que se desenvuelven con naturalidad, y hacen que sean tan románticas como sensuales y explícitas.

Sensible y reflexiva, romántica y desoladora, con Desconocidos Haigh ha logrado su mejor película. Es además una de las más hermosas estrenadas últimamente. Una recomendación: es un film para ver en la pantalla grande, pues solo así se disfrutará plenamente.