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América, Descubrimiento, Colón

Las muchas Américas

El proceso que inauguró el primer viaje de Colón fue lo que se ha llamado éxito, más allá de la tecnología, de la nutrición: el triunfo del trigo sobre el maíz

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América no fue “descubierta” sino que la inventaron, en el decir de Edmundo O ‘Gorman. Esta afirmación, más que una frase ingeniosa, responde a una realidad comprobable: el Viejo Mundo necesitaba completarse con el Nuevo, para que así surgiera la imagen de un orbe en su totalidad e integralidad. Por primera vez, de modo consciente y admirado, el planeta se observaba a sí mismo, consecuente de su tamaño y posibilidades. De ahí que resulte al menos pueril la actitud reticente (en el mejor de los casos) o violenta, de quienes hoy pretenden, gobernados por ideologías metahistóricas absurdas, negar y ocultar bajo prosas difusas y profusas, la magnitud del evento mundial que significó aquel 12 de Octubre de 1492.

Pero, realmente, Colón no descubrió nada en esa fecha, puesto que ya todo estaba ahí desde mucho antes. Sin embargo, su mérito histórico fue esencialmente la oportunidad de su acción: fue el primero que llegó a “alguna parte” (él mismo nunca supo que se trataba de un nuevo continente y de hecho apenas se asomó más allá de las islas circundantes, pues sólo tocó tierra firme en una fugaz escala en el Golfo de Panamá), y después regresó para transmitir la noticia; es decir, logró completar el ciclo que otros, mucho antes, no habían conseguido. Su mérito, pues, para decirlo en términos actuales, fue de timing. Y esto, más que un logro personal, fue el resultado de los aires de su tiempo, pues ya se necesitaba que apareciera esa otra porción, hasta entonces ignota para el resto del planeta que se conocía entre sí. El proceso posterior inauguró lo que alguien ha calificado como el éxito, más allá de la tecnología, de la nutrición: fue el triunfo del trigo sobre el maíz.

Los europeos necesitaban un lugar donde se hicieran realidad las utopías provenientes desde la Antigüedad, enriquecidas por el pensamiento del Renacimiento y luego, con el añadido posterior de la Ilustración: los hiperbólicos relatos de Marco Polo y las fantasías de John de Mandeville, se juntaron después con los sueños de un bon sauvage de Rousseau, Voltaire y Vives.

Así, marcada por la diversidad, el contraste y la contradicción, nació eso que hoy nombramos lo mismo América Hispana, que América Latina, Latinoamérica, Hispanoamérica, o Iberoamérica: un mosaico de identidades y pluralidades diversas, que incluso se han empeñado en llamar también Indoamérica, Aridoamérica y de varios modos más.

El enigma y la contradicción están en el mismo origen de América. No se sabe muy bien todavía cómo se pobló este continente, pues dicen que fue de distintos modos y por diferentes vías: lo mismo el francés Paul Rivet (1876-1958) (Teoría oceánica multirracial: Los orígenes del hombre americano, 1943), que el bohemio Alex Herdlicka (1881-1943) (Teoría del origen común: La fase neardenthal del hombre, 1927)[1], o el pionero argentino Florencio Ameghino (1854-1911) (Teoría autoctonista: Antigüedad del hombre en el Plata, 1890), y otros que los combinan en diversos grados.

Actualmente, los estudios avanzados de la genética antropológica, parecen abrir nuevas oportunidades para entender cómo se formó este mosaico poblacional y sus características regionales, así como sus interacciones. Serán los mismos genes de los humanos los que cuenten SuHistoria y sushistorias. Quizá la antropología genética concebida por Goicoche Méndez desde la década de 1980, pueda decirnos más de esos remotos y complejos orígenes. Siguiendo su huella hoy se encuentran Douglas C. Wallace (1990), James Neel (1994) y David Andrew Merriwether (1999), aportando nuevas teorías basadas en el espectro genético.

Algunos también han hablado de los egipcios, sumerios, fenicios, griegos, chinos, polinesios y otras civilizaciones, y hasta de los extraterrestres (como varias interpretaciones sobre las famosas líneas de Nazca), como probables antepasados. Y todavía otros sorprendentes iluminados propusieron la presencia del propio Apóstol Santo Tomás en el origen mismo de la noción de Quetzalcóatl y la venerada Virgen de Guadalupe, como José Ignacio Borunda (1740-1800) y su febril Clave historial (1790), que derivó en el herético sermón (1794) pronunciado ante el asombro, estupor e ira general, por el alucinante fray Servando Teresa de Mier (1765-1827), nada menos que desde el púlpito de la Insigne y Real Colegiata de Guadalupe, casi en la puerta del siglo XIX. Probablemente todas estas propuestas tengan razón o al menos parte de ella, pero ninguna resta un adarme de la importancia del Descubrimiento (“encuentro de dos mundos”, “reconocimiento mutuo”, “tropiezo”, “encontronazo”, “invasión europea”, “genocidio hispano”…) que realizaron Colón y sus compañeros, después de un viaje realizado contra toda racionalidad, porque fue a partir de la noticia difundida por ellos a su regreso, que quedó ya perdurablemente en la conciencia europea y luego mundial, la presencia de un continente que siempre había estado ahí, pero que por muy diversas circunstancias, aún no se había integrado con el resto del planeta. Una hazaña como la realizada por Thor Heyerdahl casi 500 años después, no hizo más que resaltar las dificultades y riesgos del viaje inaugural emprendido por los navegantes españoles comandados por un enigmático genovés (¿grumete gallego, pirata francés, traficante catalán, judío portugués?). Su rostro poco importa y su perfil se pierde en los tiempos; porque lo realmente importante, es la huella que abrió para otros.

El origen del conflicto para explicarnos de dónde venimos, proviene desde tan remota fecha como cuando “nació América” (o la “inventaron”, según O ‘Gorman): Cristóbal Colón, Pedro Mártir de Anglería, Miguel Cabello de Valboa y Benito Arias Montano, creyeron que era el reino de Ofir, donde señoreaba por su belleza y sabiduría la Reina de Saba; Alejo Venegas supuso que los primeros pobladores eran cartagineses; Agustín de Zárate, propuso a los sobrevivientes de la Atlántida platónica; José de Acosta, que fueron los hijos del dios Neptuno y las Diez Tribus Perdidas de Israel; Diego Andrés Rocha, los hijos de Túbal, hijo de Jafet, nieto de Noé. Y muchos otros después: los vikingos, los templarios, los iluminatti… y hasta un santo marinero como San Barandán (o Brandán) y su furtiva y esquiva isla móvil, que no lo fue tanto como para que no la fijara Abraham Ortelius en su maravilloso Theatrum Orbis Terrarum (1570). Los cronistas españoles registraron esta traviesa peregrina como Isla de los Bacallaos, por corrupción del bacalao, pez abundante en las aguas del Atlántico Norte donde navegaba el santo. Ese enigma del origen de América y las confusiones que provocó inicialmente, han movido a historiadores para recuperar las obsesiones a las que dieron sorprendentes respuestas provisionales, desde el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) y su Última Tule (1942), hasta el peruano José Durand (1925-1992) con Ocaso de sirenas. Manatíes en el siglo XVI (1950).

Fue Gabriel García Márquez (1927-2014) quien, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982, “La soledad de América Latina”, se refirió a este continente como el de la fantasía, la contradicción y el contraste, condensándolo todo en la exageración y su inmediata derivación, la locura: “Realidad descomunal”, la resumió el ambiguo colombiano.

Por su genética, su geografía, su historia, su propósito y su origen mismo, América es el continente de los enigmas y los contrastes. Todo lo anterior confirma la convicción de que es el reino de lo heterogéneo, lo diverso y discrepante, lo contradictorio y asombroso, donde los opuestos se tocan y complementan más que excluirse, y trazan la silueta imprecisa de una porción del planeta que busca aún sus orígenes y su destino.

Quizá por esos orígenes difusos y colindantes con lo fabuloso, gran parte de nuestra historia haya sido y sea tan enloquecida, contradictoria y febril. Es natural y hasta explicable que si aún no sabemos bien de dónde venimos, ni qué somos, ignoremos todavía a dónde vamos ni qué seremos. Seguimos indagándolo, entre tropezones: esa es, precisamente, nuestra historia, la biografía de nuestros mil años de soledad. Pienso que esa diversidad paradójica en los orígenes y su formación, predisponen a la América Latina para las posiciones contrastantes y contradictorias, aun cuando persigan objetivos similares y propósitos coincidentes. Por eso es natural e inevitablemente la patria de dos próceres como Bolívar y San Martín, con dos ideas muy diferentes de lo que debía ser el continente.


[1] Precedida por los planteamientos de Charles Conrad Abbott y sus sorprendentes hallazgos fortuitos en una granja norteamericana en 1876.