Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Literatura argentina, Gainza, Literatura

Las novelas de María Gainza

No es que Gainza descubra nuevas fronteras en la disolución entre las llamadas “ficción” y “no ficción”, sino que el trazado y la forma en que logra esa unión vislumbra un afán que uno quisiera se desarrollara más

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Las dos novelas publicadas hasta ahora por la escritora argentina María Gainza —El nervio óptico (2014) y La luz negra(2018)— son libros que se leen con ligereza y entusiasmo, algo que se agradece. Lo anterior suena a frase hecha, y lo es, pero al mismo tiempo encierra una verdad: el difícil camino actual para la narrativa de ser original sin abusar del lector.

No es que Gainza descubra nuevas fronteras en la disolución entre las llamadas “ficción” y “no ficción” —ello es algo ya conocido y para acercarnos al asunto basta recordar a Julian Barnes e incluso a Vila-Matas— sino que el trazado y la forma en que logra esa unión —ese salto de lo cotidiano a lo trascendente que parece fácil pero no lo es— vislumbra un afán que uno quisiera se desarrollara más.

Ello no implica una acusación de pusilánime a quien se arriesga a transitar la cuerda floja que implica la incorporación de epigramas ajenos —dictados contundentes, muestras de ingenio de escritores y artistas famosos— y le sale bien. No molesta el abuso de lo prestado y se gana el apoyo de quien la lee en el pequeño saqueo. Es más, se agradece también lo contrario: el hecho de que, siendo argentina, en su primer libro que no mencione a Borges; en el segundo lo hace con una referencia al famoso dúo, pero de pasada. Pero al final de ambos libros, uno queda algo decepcionado con el resultado: lo inconcluso no como condición vital sino como pereza (ver más adelante).

En otros aspectos Gainza logra moverse con ingenio, como en las múltiples referencias a obras menores de grandes pintores, simplemente porque son las que tiene a mano en los museos de Buenos Aires. Tanto en la narrativa, como por la trayectoria profesional de la autora, hubiera sido muy fácil remitir a pinturas y esculturas que se encuentran en los más importantes museos europeos y de Estados Unidos. El no hacerlo —y al mismo tiempo no sonar provinciano su discurso— es una muestra de discreción más que de nacionalismo.

En la capacidad de unir estética e historia personal quizá reside la principal virtud de El nervio óptico. El conocimiento mínimo de detalles personales de la escritora permite valorar aún más esa mezcla, esa fusión que llega sin esfuerzo para el lector. Solo las últimas páginas se resienten un tanto, con la introducción del tema de la enfermedad y la inevitable ruptura de esa distancia que nos permitía a los lectores transitar por una lectura despojada de dramatismo y lo que es peor, melodrama.

Al punto que nos da la impresión —de pronto— de entrar en otro libro, en otra escritura que rompe el esquema y pertenece a unos capítulos no incluidos gracias al acertado olfato de desecharlos a tiempo. Es como si la escritora quisiera ajustarse algo al canon tradicional de la novela —y llamar novela a este libro es un recurso de librero, socorrido e impreciso pero útil: igualmente podría considerarse una recopilación de cuentos relacionados, otro Winesburg, Ohio— y retrocediera ante el precipicio o se lanzara a fondo en el desgarro personal.

Porque si hay una línea común entre estos dos libros —más allá de las pinturas y los artistas, lo verdadero y lo falso, las apariencias y la realidad— es la melancolía como condición vital (de conocerlos a tiempo, es posible que Burton los hubiera incluido en su obra), solo que a veces esta desciende a una depresión de una miembro de la clase media contra la cual la escritura —la escritora— dice haber estado luchando siempre.

La luz negra palidece ante las expectativas creadas tras la publicación de El nervio óptico. No por falta de habilidad narrativa, sino todo lo contrario. Aquí Gainza se apropia en parte del discurso de la novela negra para crear una trama dentro de la época peculiar del underground de los artistas plásticos y escritores de Buenos Aires —que, por otra parte, y según el libro, no se diferenciaba mucho de quienes vivían en el Greenwich Village neoyorquino— y con referencia a la figura de la pintora e ilustradora austriaca-argentina Mariette Lydis y una supuesta falsificadora de sus obras.

Tras la repentina e insulsa muerte de la mujer que el lector supone inicialmente será el eje del argumento —y que ocurre en las primeras páginas del libro— todo no es más que un ejercicio de la protagonista para exorcizar el cadáver —y la relación entre mujeres, intelectual o amorosa, o el lesbianismo a secas recorre la mayor parte del relato— y al mismo tiempo desnudar el mundo del comercio del arte, que no se diferencia mucho al existente en todas partes.

Sin embargo, aquí hay mucho más periodismo que de crítica de arte, y la relación artista-falsificador —por los límites argentinos de la historia— queda por debajo de otros célebres y más conocidos (por supuesto que el caso Vermeer-Han van Meegeren es único y no tiene sentido repetirlo).

Al final, La luz negra alumbra, pero no deslumbra, por aquello de seguir la moda de los epigramas.

Los libros de María Gainza transitan entre el empeño novedoso y el encuentro habitual. En quienes no conocemos mucho de la pintura argentina nos descubre artistas y obras. También en ocasiones nos refresca una visión anterior de algún creador célebre. Se aprecia la narrativa concisa y la honestidad creativa. Vale la pena el tiempo invertido en su lectura breve, pero uno de deja de quedarse con las ganas de saber más. Aunque es muy posible que ello sea, sobre todo, uno de sus principales méritos.


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La niña sentada, del pintor argentino Augusto Schiavoni, 1929Foto

La niña sentada, del pintor argentino Augusto Schiavoni, 1929.