Actualizado: 01/06/2020 20:01
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Teatro

“Las Pericas”: Una familia mal llevada

Un montaje que se las trae

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En este homenaje nacional colectivo que el exilio, y particularmente Miami, les está rindiendo a los Premios Nacionales de Literatura Cubanos, (de los que están en Cuba, quiero decir, porque aquí no se premia a nadie, salvo a alguno que se saque la lotería) la puesta en escena de “Las Pericas” de Nicolás Dorr, forma parte, evidentemente, de ese recorrido donde la dysfunctional family cubana (la familia mal llevada) se reconcilia y deja de pegarse gritos y entrarse a puñetazos.

El homenaje que se le ha hecho a Leonardo Padura ha sido de marca mayor, no sólo de parte de las instituciones que se lo dieron, sino del público que lo aplaudió y el silencio (es decir, “el que calla otorga”) de los más intransigentes, y hasta sus declaraciones circulan electrónicamente entre los grupos más recalcitrantes del exilio, y el de Reina María Rodríguez, (esa muchacha que recita poesías en las azoteas), creo que ha sido por el estilo. Algunos poetas han puesto el grito en el cielo. No hay que exagerar, porque hay que guardar algo para cuando le “rindamos” homenaje a Fernández Retamar, que en sus mejores momentos es un gran poeta y en otros no.

Esto indica un consenso cultural, como el caso de Venezuela, por cuya libertad estamos (los cubanos) derramando tanta sangre. Hay que aprender de los franceses, que hacen lo que tengan que hacer para salvar el patrimonio nacional.

A pesar de que el teatro es la última carta de la baraja entre todos los géneros literarios, las agrupaciones teatrales miamenses han ido a la cabeza de tales reconocimientos (o a la cola, más bien, reconociendo lo que ya ha sido reconocido en Cuba, que fiel a sus consignas, premia a los que se han metido la mecha del marxismo-leninismo, la creación colectiva y el realismo socialista).

La cartelera del patio ha ido a la vanguardia de los montajes de la dramaturgia de “la otra orilla”, y no hago la lista para no excluir ni ofender a nadie, porque la nómina es larga, de todo tipo, de buenos y de malos.

Esperemos que a Fidel no le dé por escribir teatro, que es el que mejor lo hace, y seguramente si se decide, pronto lo tendríamos en cartelera. Tal parece que estamos en las mismas: partir o quedarse. En fin, que para que nos estrenen en Miami habrá que hacer la maletas y largarse de donde uno había salido, si es que aceptan la devolución de la mercancía, porque a Carmelo Mesa Lago no le aceptaron el boleto, según tengo entendido, para que le dieran un merecido homenaje. Y eso que es economista, que Cuba tanto necesita para “resolver”, aunque justo es decir que se las ha desarreglado por más de medio siglo, con Venezuela o sin Venezuela, que algo aparece.

Yo no me quejo. En Cuba, en tres años (1959-1961), me estrenaron (y re-estrenaron) cinco de mis obras, me publicaron cuatro, me premiaron una, me confiscaron dos, y en 2012 me publicaron “Exilio” después de más de medio siglo de silencio.

En el exilio (quiero decir, Miami), en más de cincuenta años, me han estrenado cinco (una por década), me han publicado dos y no me han premiado ninguna.

No, no, yo no me quejo, porque si no me estrenan ninguna me quedo en las mismas en un lado como en el otro y me las estreno yo. En todo caso en el Trail llevan a escena en este momento una obra de un dramaturgo desconocido que tiene precisamente el título nada frecuente de una mía que estrené en el año 2000. Algo es algo.

Desde Sófocles, Esquilo y Eurípides nunca había habido ningún “Oscuro total” , pero tan pronto lo creé apareció otro a la vuelta de la esquina. ¡Todo parecido con persona viva o muerta es pura coincidencia! De nada de esto me lamento, naturalmente, y lo tomo con soda (que no sé lo que querrá decir), pero no estaría de más una distribución equitativa del American Pie (que en el caso cubano serían los pastelitos de guayaba) y que pongan alguna obra mía.

Como dijo Sandra García, más o menos, cuando le preguntaron si estaba bien que pusieran esto o aquello: “Que cada cual ponga lo que le dé la gana”, haciendo una síntesis estupenda de la libertad de expresión, que dejo chiquita a Fidel Castro y a las propuestas más cavernícolas del exilio. Bueno, allá ellos: “por sus obras los conoceréis”.

“El caso Dorr”

Cuando Nicolás Dorr estrenó “Las Pericas”, yo fui el primero en entrevistarlo para Lunes de Revolución (“El autor de Las Pericas cuenta su historia”): era apenas un adolescente tímido y delgaducho, de aspecto retraído, casi un niño realmente, indeciso, que intuía claramente en el berenjenal escénico en que se había metido.

Tras aquella inseguridad, en medio de la cual tanteaba el territorio que le quedaba por recorrer, se percibía el objetivo de un Premio Nacional de Literatura que desde que entraba en escena bien acompañado, entre Ionesco, Lorca, Lope de Vega y un poco de Virgilio, balbuceaba ideas aparentemente pueriles y un tanto inconexas como las de sus personajes, con cautelosa seguridad, dispuesto a recorrer un territorio poblado de minas, como el tiempo ha demostrado.

Inclusive yo pensé que era un muchachito medio loco y algo esquizofrénico, cuando Dorr estaba más cuerdo que yo. Nos sedujo a todos (o nos dio vueltas a todos, incluyendo a Piñera, muy difícil de dejarse seducir por razones intelectuales), pero lo cierto es que con “Las Pericas” daba en el blanco y creaba un “clásico” del teatro cubano.

Rine Leal dijo: “La gente inteligente se pone de acuerdo en un punto: ha nacido un nuevo autor que no se parece a ningún otro en Cuba”, y yo estuve de acuerdo. En 1973, cuando en el exilio todos los escritores cubanos eran unos apestados marxista-leninistas (incluyendo a Piñera y a Carlos Felipe), como contrapartida del parametraje insular, en blanco y negro, y en Cuba todos los que estábamos aquí éramos escoria, en mi libro Persona: vida y máscara en el teatro cubano, publicado en Miami, en un capítulo que titulo “El no-diálogo de la esquizofrenia”, reconozco ya la precocidad estética de “Las Pericas”, mucho antes de que se iniciara el coqueteo, y afirmo lo siguiente:

“Ciertamente Nicolás Dorr ofrecía rasgos que acusaban una personalidad única. El asunto era nuevamente una lucha familiar, con una víctima, Rosita, torturada incansablemente por tres viejas dominantes: Serafina, Panchita y Felina. No le restamos mérito alguno a la obra de Dorr cuando afirmamos que la misma no surgía de la nada.

En primer lugar, la obra puede clasificarse como teatro del absurdo, de moda ya en Cuba, unida a un tema preferente de la tradición realista cubana, constante y significativo: la lucha dentro del núcleo familiar.

La presencia de Ionesco es evidente (sin faltar Lorca) y Dorr afirma en una entrevista que le hice, que de Ionesco le gusta todo. “Me gusta por su exuberancia. En el absurdo, en los personajes, en el diálogo.” En dicha entrevista demuestra Dorr su vivo interés por el teatro y una innata percepción de lo escénico, uniendo en sus preferencias dramáticas a autores tan disímiles como Ionesco y Lope de Vega. También afirma Dorr: “No es una experiencia personal. Es una sátira. El tipo de persona dominante siempre me ha caído mal y quise hacer una sátira. Escogí las viejas porque el tipo de persona dominante siempre me ha caído mal. Escogí las viejas porque me pareció un buen recurso. Ha sido poco explotado en este sentido cómico y lo creí bueno”. E insiste “No, nada personal, todo imaginario. Los tres caracteres de “Las Pericas” están rodeados de locuras, pero los tres son diferentes”.

Hay que acreditarle a Nelson Dorr, hermano del autor, el excepcional logro del montaje de “Las Pericas” en 1961, libre de cosméticos, lentejuelas, mostacillas y toda clase de perifollos, que resultó íntimo y refrescante en la modesta Sala Arlequín, sin presunciones de lo que no se es.

De forma directa e inmediata, el éxito de la obra descansó también en la sencilla espontaneidad del montaje, que se sostenía en la locura de las circunstancias, el diálogo imaginativo y delirante, y, en definitiva, en lo que hace al teatro verdaderamente teatro: el arte del actor.

Detrás del trabalenguas

Por consiguiente, “Las Pericas” puede entenderse como una caracterización de la locura, particularmente en el caso de Panchita, que parece ser la más esquizofrénica de todas, la cual llega a tales extremos que si no hubiera sido por la ulterior conducta racional de Dorr, podría verse como la locura vista por un loco.

La historia de “Las Pericas”, sin embargo, no termina con “Las Pericas”, sino que exige el análisis (que sólo yo, creo, ha llevado a efecto de forma exhaustiva) de “El agitado pleito entre un autor y un ángel”, obra excepcional y clave en la dramaturgia cubana, de auto crítica, cuando el autor retoma a “Las Pericas” y su reparto, dentro del tenebroso marco represivo del quinquenio negro, y las somete a análisis en medio del mencionado campo de minas de la historia nacional.

Para entender mejor lo que vengo diciendo, se precisa leer uno de mis ensayos (“El caso Dorr: el autor en el vórtice del compromiso”, Latin American Theatre Review, Fall 1977), que el espacio no me permite llevar a efecto en este momento, o buscarlo en mi libro Cuba detrás del telón, V. IV, que el lector tendría que comprar.

En realidad, más allá de cualquier traspiés, la permanencia de “Las Pericas” es innegable y confirma la vigencia de Dorr, el teatro del absurdo e, inclusive, la constante lipidia de la gran familia cubana que subyace vivita y coleando en el aquí y ahora de la revolución y el exilio.


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