Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Lauros y miserias

El beneplácito de la prensa oficial cubana con el Premio Nobel de Harold Pinter: ¿Un hecho azaroso?

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Decir que el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura vuelve a azuzar resacas jamás contenidas, es ofrecer otro titular cíclico al que acudimos por esta época del año. Y quizá debamos ya reconocer que así será el cariz de cada una de sus próximas beatificaciones. Los académicos suecos usan la desmesura como recompensa: si bien pueden alumbrarse con el solitario pabilo, también han de hacerlo con el florido candelabro.

Pearl S. Buck o Thomas Mann: los extremos que se buscan en un cetro oportuno. Así han juzgado estos semidioses nórdicos; consumidos por su rotundidad han arbitrado sobre lo recuperable, jamás sobre lo ya perdido. Y eso que no hemos considerado otro factor que aún no ha repercutido como debiera, a pesar de que el nuevo siglo ya nos va dando evidencias: la desaparición de los grandes escritores y su reemplazo por un cúmulo de buenos escritores. O simplemente, de escritores aceptables. Serán estos, en un futuro cercano, los que deban discutirse el foco temporal que significa obtener un Nobel.

Sin menoscabar la obra del œltimo galardonado, Harold Pinter, más conocido (y ahora reconocido) por su obra dramática, es fácil admitir que no es el escritor vivo más importante. No a nivel mundial, con seguridad. Entre tantos atributos, la academia sueca se distingue por su "corrección política" y por desandar un fichero imaginario, pretendidamente abarcador, que va deteniéndose cada año en lugares convenientes.

Un ejemplo de esto lo fue el premio a Octavio Paz, lo que significó la eliminación de por vida del otro pretendiente mexicano: Carlos Fuentes. No hay retroceso en el fichero; no puede haber dos México contiguos. Tienen que recorrerse todas las casillas, y la ancianidad de Carlos Fuentes le impide aspirar a que el mecanismo retorne a su región menos transparente. Ese privilegio lo ocupan los propios escandinavos, los anglosajones, los normandos.

Nuestros autores aborígenes, los de esos mundos intraducibles, son escogidos una vez por década, sin importar su representatividad dentro de sus respectivas etnias. En verdad, ni Miguel Ángel Asturias era el antifaz indígena que habría de consolar el armario del primer mundo, ni Wole Soyinka era el aldabón nigeriano que sacaría al animal caucásico de su sopor.

Regocijo en La Habana

Algo que sí ha de reconocérsele a la academia sueca es su imperturbabilidad, que muchos pudieran tildar de arbitrariedad cínica. Rara vez ceden a las presiones, como cuando José Saramago tuvo que ser agraciado, so pena de sufrir las consecuencias de una pataleta nacional portuguesa, con tintes mediáticos y diplomáticos. No cedieron con Borges, sin importarles que fuese Borges.

Desde sus inicios de comité redentor ya demostraban una tozudez envidiable. Tolstoi vivió sus últimos nueve años para dar fe de ello, aunque el Nobel no fuese el galardón al que aspirara un clásico de su índole. De modo que no serán finezas las que les induzcan a apartar las manos del timón. El servilismo con que las élites literarias han acatado cada una de sus erradas decisiones les ha afianzado en su desfachatez. Vienen el consumo y los filones publicitarios a cubrir la mugre, pues los lectores pueden fabricarse y conservarse, al menos durante el período en que se transita de una andanada a otra. Léase: los escritores de turno.

La noticia del premio a Harold Pinter fue recibida en Cuba con gran regocijo. Y como todo regocijo insular engendra procacidades, hemos podido leer artículos de Pedro de la Hoz y Lisandro Otero, dando sus razones específicas.

Otero escribió esto: "Este otorgamiento contrapesa la atroz concesión del Premio a un racista colonizado y reaccionario como Vidia Naipaul. De cuando en cuando, es cierto, se honra a figuras del liberalismo, a aquellos que han compartido los ideales de la izquierda avanzada como son los casos de Günter Grass, Saramago, Soyinka y García Márquez. Pero al lado de ellos se yerguen los integristas del inmovilismo social o del retroceso público como han sido Paz, Brodsky, Canetti, Milosz, Singer, Eliot, Gide y Bunin".

De la Hoz, por su parte, a lo largo de doce apretados párrafos, no habla ni una vez de los méritos literarios de Pinter, sino de su activismo de izquierdas. En específico, recuenta sus desavenencias con las políticas enemigas del gobierno de Castro, verbigracia: el embargo estadounidense.

Lo cierto es que cada día más, contrario a los decires del ministro Prieto, la oficialidad cultural cubana se aferra a un discurso donde se acentúa el cariz político de fenómenos eminentemente artísticos. Y a la vez, se sigue clasificando a los autores según sus ideologías.

Cuando pensábamos que se iniciaba un desmantelamiento del esquema tradicional, donde el destierro era literal y literario, y que se podía quizá usar la peligrosa palabra "apertura" a la hora de ser publicado, divulgado o simplemente tenido en cuenta en ciertos estamentos culturales, aparecen (o se renuevan con más perspicacia) los conocidos síntomas de las demarcaciones ideológicas.


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