Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Teatro

Levitar en Santa Clara

Viaje a la semilla de Tomás González, dramaturgo que puso el dedo en la llaga del racismo.

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Tomás González fue a morirse a La Habana. Vivía en Islas Canarias, entre pinturas y sueños. Nunca dejó de escribir teatro, ni de pintar, ni de soñar. Para entenderlo, hay que saber de Santa Clara, donde nació; del parque Vidal, donde se descalabró en patines inventados por él; del paseo para blancos, donde los viejos de guayabera se sentaban a criticar a los enamorados y al rock and roll; y del paseo de los negros, el más oscuro, el de los limpiabotas.

Tomás era pobre, hijo de blanco con negra, y rockanrolero: había formado el cuarteto vocal los Tommy Rockets. Para colmo, exhibía novias blancas, leía filosofía, pintaba extraños cuadros y vestía pantalones cortos. Sí que era raro, vistiendo bermudas a finales de los años cincuenta. Él mismo lo reconocería: "cantaba en un idioma inventado, bailaba con una música que yo producía con mi boca, establecía diálogos conmigo mismo haciendo diversos personajes".

Se sabía distinto. Era un artista. Tomó clases de teatro, música y canto. Parecía feliz, pero se ahogaba. Al triunfo de la revolución vio la posibilidad de realizarse, fundó el Teatro Experimental de Las Villas, escribió su primera obra, Yago tiene filin; ganó el Premio de Teatro Rural y consiguió una beca para el Seminario de Dramaturgia, bajo la dirección de Osvaldo Dragún, donde bebió de Alejo Carpentier y Manuel Moreno Fraginals.

A sus amigos no nos sorprendió que lo nombraran profesor de Actuación en la Escuela de Danza Moderna y Folklore, que lograra entrar al ICAIC y escribiera guiones para dibujos animados que rastreaban la cultura afrocubana ( Osain, El Poeta y la Muñeca, La Frontera, Ebboguonú, El Elefante). Los que habíamos escuchado sus poemas en la glorieta del parque, sabíamos que el paseo de los negros era en Tomás una espina sangrante.

Pensó que podía

No bastaba que el primer alcalde de la revolución, Fernández López, hubiera retirado los canteros de flores que segregaron por más de un siglo a los santaclareños, ni que la Banda Municipal tocara el danzón Almendra para que pasearan juntos la piola y su blanquito, ni que encendidos discursos pretendieran borrar la discriminación por decreto. En la televisión apenas aparecían los actores y actrices negros, y Tomás creyó que podía decir su verdad.

Escribió una carta al Consejo Nacional de Cultura, donde denunciaba que negros y blancos no estaban en igualdad de condiciones para desarrollarse, ni de aportar culturalmente, y puso de ejemplo "la muñeca rubia en los brazos de una niña negra". El artista olvidaba que entre "las cinco dificultades para decir la verdad" (Bertolt Brecht), está aquella de "en manos de quién pones la verdad" .

El gobierno reaccionó brutalmente, lo consideró líder de un poder negro en Cuba, al estilo del Black Power, y lo dejó sin empleo y sueldo durante varios años. Fueron tiempos de sobrevivencia, pero no dejó de escribir teatro, se unió al Grupo Los Doce, un taller de experimentación en el que Vicente Revuelta. y otros diez actores y actrices, volcaban su angustia existencial a la manera del polaco Grotowski.

Tomás pasaba horas y horas en el tabloncillo de la Casa de la Cultura de Plaza, en ejercicios de improvisación, acrobacias, estudios antropológicos, bailando y cantando en congo y yoruba a ritmo de batás. Quién mejor que él, que aseguraba haber levitado en las montañas del Escambray y a quien los actores del grupo bautizaron "gurú tropical".

Con Los Doce estaba cuando el presidente del Consejo Nacional de Cultura, el Dr. Mucio, psiquiatra y policía, le dijo que le venían observando de cerca. Le preguntó con saña de qué vivía y le devolvió su magro salario. Parecía que lo habían perdonado. Pero Los Doce era peligrosamente experimental. La tristemente célebre "parametración" se encargaría de negarle el perdón:

"Torquemada (Armando Quesada) me citó a una oficina oscura con una lamparita dirigida a mi rostro —escribiría Tomás—. Me dijo que mi Hamlet era negrista porque los actores que había seleccionado eran negros. Y esta vez me alejaron del teatro, me pusieron a cantar por cabaretuchos y granjas de todo el país. Al teatro volví cuando el 'hipo' de una resaca sacó a Luis Pavón del Palacio del Segundo Cabo".

Regresó a escena con su obra Los juegos de la trastienda, gran éxito de público, que le valió el Premio a la Mejor Obra Teatral del año. Fue entonces que su amiga Sarita Gómez le pidió que escribiera el guión de la película De cierta manera (1974). Dos años después, Tomás Gutiérrez Alea llamó al dramaturgo para realizar el guión de La última cena. Ambas películas abordarían el tema racial: el parque de Santa Clara había marcado a Tomás para siempre.

En 1984, se gradúa como Licenciado en Dramaturgia y Teatrología en el Instituto Superior de Arte. Su tesis teatral, Delirios y Visiones de José Jacinto Milanés, le da la máxima calificación. Obtendría con esta obra el Premio de Teatro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Parecía que a Tomás González le llegaba la calma, pero ¿quién ha visto un artista en calma?

'A flote en el naufragio'

Siempre a la búsqueda, desarrolla su técnica de actuación trascendente y danza oráculo, en un taller del Conjunto Folklórico Nacional, del que fuera asesor. Es allí donde conoce a la actriz Vivian Acosta, y le monta la obra Cuando Teodoro se muera, premiada en el Festival de Monólogos de La Habana. Esta fue, quizá, su obra más representada.

Vivian nunca pudo imaginar que el monólogo de Tomás González llegaría a más de 500 representaciones en Estados Unidos, Costa Rica, Argentina y España. ¿Por qué el éxito? "Cuando las corrientes teatrales en Cuba miraban hacia Europa —nos dijo la actriz—, cuando todos en la Isla seguían obsesivamente a Barba, Tomás González existía en La Habana".

El éxodo de artistas cubanos de los años noventa llevó a Tomás a establecerse en Islas Canarias. En 1997, de profesor teatral en Las Palmas, el dramaturgo fue invitado al Festival Internacional de Teatro de Valladolid, donde impartió un seminario sobre actuación trascendente y participó como director artístico, guionista y compositor en la Bienal de Flamenco de Sevilla, con el Ballet de María Serrano.

Había retomado su viejo amor, la pintura; escribía de noche y pintaba de día, buscando la Isla de sus sueños, cuando se le detectó un cáncer en la próstata. Como buen semental villaclareño, no quiso operarse. Cuando la enfermedad lo invadió, no pudo pintar más, estaba solo y quiso volver a sus raíces.

Recientemente había publicado su novela El breve espacio y el poemario Paisaje de mujer. Hay un poema suyo, dedicado a los cubanos de todas partes, que define su destierro: "Atrapados en nuestros tristes odios / navegamos en el rito misterioso de un viaje / por mucho tiempo ya prolongado / con rumbo hacia ninguna parte / sin avanzar y sin retroceder / manteniéndonos / a toda costa / a flote en el naufragio".

Tomás, el artista, dirigió su último viaje hacia La Habana. Volvería a levitar, esta vez sobre el parque de Santa Clara.


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