Actualizado: 01/12/2021 17:25
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“Libro de la derrota”, de María Elena Hernández Caballero

Un humor vitriólico, puesto en función de la caricaturización de una realidad, absurda en sí misma, nos lleva de la mano a través de 240 páginas

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Esta novela, publicada recientemente por Azud Ediciones (Argentina), viene a echar por tierra al menos un par de cosas. La primera, que la creación literaria sea asunto de hombres y mujeres por separado, y no actividad de varones y hembras a la par, sin distingos. Molesta ver esas ridiculeces que rotulan “Encuentro de mujeres escritoras” o “Lectura de poetas latinoamericanas “o “Antología de mujeres cuentistas” y tantos otros disparates al uso. Si no se trata de fútbol americano, ¿por qué las mujeres se autoaíslan, se sobreprotegen? Todo lo que resulta sobreprotegido es proclamado automáticamente más débil, inepto para la competición mayor. Lo segundo que demuestra la novela en cuestión es que la literatura escrita por cubanos y llamada “contestataria” no se ha convertido ya en una retórica, como afirman no pocos críticos y editores; por cierto, casi todos “izquierdosos”. De modo que esa desgracia de más de medio siglo que ha vivido el pueblo cubano aún aportará muchas y brillantes páginas, no obstante las afirmaciones de los que hoy dan por terminada la temática impugnadora del castrismo. Solo hace falta que el escritor, la escritora, sepan hurgar en los pliegues de la realidad cubana de la pasada media centuria, y que tengan talento.

Eso ha hecho, con talento sea dicho, María Elena Hernández Caballero (La Habana, 1967). Libro de la derrota es una de esas piezas que faltaba en el corpus de la novelística antes referida. ¿Por qué? Porque es novedosa sobre todo en cuanto a forma: un humor vitriólico puesto en función de la caricaturización de una realidad, absurda en sí misma, nos lleva de la mano, sin respiro, a lo largo de las 240 páginas de la narración. Digo “sin respiro” porque la autora, amén de apoyarse en capítulos breves —lo cual, ya sabemos, es el anhelo de muchos lectores—, alcanza tal intensidad en cada uno de ellos que resulta poco probable que nos apartemos de la lectura. Enfatizo: intensidad, no tensión, que esto es otra cosa. Así, no es hasta la mitad de la novela aproximadamente, cuando comienzan a perfilarse los posibles desenlaces, que la tensión gana fuerza; hasta el final.

Para narrar, Hernández Caballero se basa sobre todo en oraciones cortas selladas por el punto y seguido, con lo cual, junto a la utilización de la repetición —eso que llaman anáfora— consigue una prosa ligera, mas no superficial en su enjundia. Debemos inferir de esto último un relevante poder de síntesis, que logra un movimiento del tiempo a largas zancadas y que encaja muy bien en uno y otro plano narrativo.

Algo distintivo además en Libro de la derrota es un narrador omnisciente que va de uno a otro personaje —la paloma Celia incluida— aun en una misma página. Pienso que todo escritor estaría de acuerdo en que el narrador omnisciente es uno de los más fáciles, y también uno de los más peligrosos; en este aspecto no hallé ni un desliz en la narración.

Según las reglas semánticas no es correcto decir protagonista principal, puesto que se entiende que el protagonista es uno solo. Me voy a olvidar de la gramática en este caso: en Libro de la derrota resulta difícil definir quién es “el” o “la” protagonista principal, o simplemente quién es el protagonista. ¿Será Valentina Morera —degustadora en su niñez de las matemáticas, del estudio de la vida de las hormigas, y quien debió luchar a contracorriente debido a las “diferencias ideológicas” de sus padres—, dueña, entrenadora y guía de la roja paloma Celia? En este sentido, en ciertos momentos de la lectura me incliné más bien por Celia —quien se entrena con esmero y abnegación para llevar a cabo la más intrépida de las acciones—, casi siempre perseguida por unos y por otros, y siempre sospechosa de ser más que una paloma, o de ser una paloma demasiado inteligente.

Con los personajes secundarios me sucede lo mismo. ¿Quién tendrá más valía literaria: el sexualmente impotente Mosca Blanca, el cleptómano carpintero Daniel Urrutia, o Carmita, la delatora condecorada ni más ni menos que por el propio Comandante en persona? O quizás el principal de los personajes secundarios sea el sargento Retamar, nacido en Santiago de Cuba, fiel cumplidor de su deber como jefe de la estación de Policía número 11 y aquejado de unas porfiadas hemorroides que lo llevarán al salón de operaciones y a uno de los capítulos más encomiables de la novela.

Libro de la derrota es una de esas obras escritas más con el cerebro que con el corazón. El lenguaje utilizado no podía ser más crudo, desenfadado, como es de rigor en el remedo de una realidad que tal vez solo pueda ser expresada con eficacia, o con mayor eficacia al menos, de manera tangencial. Así, quien desee y esté apto para buscar símbolos y alusiones en esta obra, se podrá dar un festín en grande. Una y otra página nos sacan la carcajada, y a seguidas, cierta cavilación.

Ya sabemos que es posible narrar bien, pero “hacer” una novela es otra cosa. Hernández Caballero domina de manera ideal la palabra y sus silencios. A lo largo del relato no se explaya, ni se queda corta. Por otra parte, creo que a toda novela le sobra algo; el (o la) novelista, el pobre, la pobre, lo más que pueden hacer es tratar de que le sobre lo menos posible. Esto lo logra la autora de Libro de la derrota.

Un ejemplo del olfato de novelista de Hernández Caballero lo podemos hallar en las páginas 90-91. Una página antes podríamos presentir que la novela quizás podría desbarrancarse debido a un re girar en el argumento. Sin embargo, valiéndose de sus dotes de poeta, en las páginas citadas la autora aplica un punto de giro que no sólo levanta el interés, sino que de manera subyacente nos indica que ahora viene lo bueno. Y así resulta.

Libro de la derrota tiene tal vez el momento cumbre en el capítulo II de la sección “Misión de Celia”. Aquí, cuando el Comandante —que juega al cachumbambé con Mosca Blanca— resulta lanzado hasta los extremos, la novela toma un nuevo pulso y comienzan en cadena las persecuciones y los desenlaces en crescendo; pero todo esto, como debe ser, con notable sustento dramático y verosimilitud.

En Carraguao —principal locación donde transcurre la trama—, asistimos al desarrollo de varios de los llamados temas eternos: la lealtad y su contrario, el amor y su antónimo, la solidaridad y sus antípodas. La doble moral, el delirio de persecución y el de persecutor, el sexo visto desde ese ángulo estrictamente pasional, son otros de los elementos que sobresalen en esta primera novela de María Elena Hernández Caballero, poeta de fecunda obra, hoy exilada en Argentina.


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