Actualizado: 16/11/2018 9:59
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Teresa Dovelpage, Literatura

“Llevarás luto por Franco” o unas inapropiadas preguntas

Con Llevarás luto por Franco Teresa Dovalpage se nos revela como una de las más serias y sosegadas autoras de las letras cubanas del presente

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La editorial española Atmósfera Literaria inicia su andadura con buena pata, buena página quiero decir, con la próxima publicación del libro de relatos de la escritora cubana Teresa Dovalpage, Llevarás luto por Franco, libro que, para empezar, cuenta con un excelente diseño de portada a cargo de la artista.

El primer relato es justo el que otorga título al volumen: “España es el mundo al revés. Con decir que hasta en clases me viran la historia boca arriba. En La Habana Valeriano Weyler fue un carnicero que mató de hambre a un montón de guajiros cuando la Reconcentración, mientras que aquí fue marqués de Tenerife, Grande de España y con más cruces que un convento. La maestra me advirtió que eso de carnicero era un insulto a la Nación, a la Patria y hasta a la Hispanidad.

— Si vuelves a ofender a España que tus padres te saquen de esta escuela, niña, que aquí no nos hacen falta más rojos.

Pues no lo digo más, San Valeriano. Punto en boca, que yo no quiero que me echen de la escuela española y me vuelvan a poner de patitas en la soviética”.

Una niña entrampada en las paradojas de la historia, de los sistemas políticos, de una parte el régimen totalitario castrista, del otro el régimen autoritario franquista, diferencias entre ambos regímenes que los sesudos estudiosos del devenir transicional parecen no entender pero que esta chica, lista donde las haya, sutilmente muestra saber que existen y, pues, ni amarrada quiere que la regresen a los predios del socialismo soviético. Por cierto, unas diferencias que no escaparon al Premio Nobel de Literatura Alexander Solzhenitsin, exiliado de la URSS y uno de los baluartes del anticomunismo en el Siglo XX, quien visitó España poco después de la muerte del General Francisco Franco y que, entrevistado por la prensa, describió el panorama que había encontrado en España como incomparablemente más libre que el que había dejado en la URSS y dio una buena cantidad de ejemplos al respecto, motivo por el cual antifranquistas y comunistas, como era de esperar, saltaron al cuello de Solzhenitsin; pero no solo ellos, sino que intelectuales de prestigio y para nada comunistas, entre ellos el también Premio Nobel Camilo José Cela, defendieron abiertamente el Gulag, y añadieron su voz (más eficaz en el ataque puesto que de la izquierda no venían) al coro que fustigaba al gran escritor ruso por la audacia de comparar desfavorablemente al país de los soviets, ese futuro luminoso al que la humanidad estaba condenada, con el país de los atrasados iberos. Entre los epítetos lanzados desde la izquierda, y avalados por ciertas lumbreras de la derecha, en contra del incorrecto Solzhenitsin están las perlas siguientes: payaso, paranoico clínicamente puro, embustero, turista privilegiado, chorizo, espantajo, mendigo desvergonzado, hipócrita, bandido, mercenario, viejo patriarca zarista. Bueno, la chica del cuento es más lumbrera que todas esas lumbreras juntas, empezando por Cela, y vale por San Valeriano pero que de San Lenin, ni la trenza.

En “El retrato astral (Fábula post moderna y multicultural)”, siguen los contrasentidos, esos que en definitiva serían el medio para encontrar alguna coherencia en el caos de la postmodernidad migratoria, migratoria como migraña, y la mujer que en La Habana era pestillo inmetible, vaya que no se empataba ni con Chencho el Gambao por flaca desculada, nada por delante y nada por detrás, merluza matarile, anoréxica modelo en las pasarelas del mundo malnacida en aquella isla donde la carne llama a la carne, culo grande ande o no ande, trasplantada a Texas engorda a golpe de bistec neoyorquino porque “¡Oiga, mi padre, qué choque cultural ni choque cultural! El choque mío fue con el refrigerador del apartamento de mi flamante marido”…

“¡Quién me hubiera explicado a tiempo que un fondillo de esos que se traban en los sillones era una impedimenta en Texas, donde ser La Huesitos se ha convertido en el sueño americano de toda mujer que se respete!”

Con “Malvenida, mama” vemos la maestría en el manejo del idioma, descripciones breves, centelleantes, cinematográficas, certeros leitmotiv para darnos el choque cultural, violento, sádico en ocasiones; la malvenida en suma de una hija al mismísimo coño de su madre.

“Pestañeo y toso varias veces porque se ha desatado un incendio allá en el norte del condado. El cielo de San Diego se ha velado con una mantilla oscura que le presta a las dos y veinte de esta tarde de mayo un raro encanto de anochecer estival”…

“Todavía hoy me pregunto qué esperaba usted encontrar en aquella requisa vaginal: manchas de sangre, señales de desfloración temprana, indicios de desorden uterino.

— No sé, coño. No sé.

Me subo el pantalón y enfrento el espejo empañado que corona de azogue el lavamanos”…

“Tijuana es una selva de Marías vendiendo chicles, de mendigos, de motos vociferantes, de tragafuegos. Dios mío, qué ganas de tragar fuego y jugar con candela como si no

hubiera suficiente en el aire”.

En “Traslaciones”, como no podía faltar en una autora que sabe o presiente, como Julio Cortázar, que la realidad no es precisamente lo que vemos o es lo que vemos y muchas otras cosas, más sus misterios que sus ministerios, sus vericuetos que sus escuetas explicaciones a punta del pedestre racionalismo, se plasman los universos paralelos, los paraversos, las fragmentaciones, difuminaciones, juegos en el tiempo y en el espacio, la multiplicidad de planos; inmigrante a medio camino en la tierra de nadie.

“A Patterson intenté aclararle el asunto con una referencia a La noche boca arriba, pero este buen señor, aunque vivió en Argentina diez años y habla un español bastante pasable no conocía la obra. Así que no sirvió de nada decirle que, como el personaje de Cortázar, me encuentro flotando entre dos mundos, con la diferencia de que los míos coexisten en el tiempo y de que no me estoy muriendo, que yo sepa. Por otro lado, mi problema no es de una sola noche: hace más de diez años que vivo así”…

“Estar aquí, estar allá… ¿Cuál es la diferencia? He venido a entender que los dos universos, o paraversos, como los llama GuruBai, se encuentran conectados”.

Y ya que hablamos de universos paralelos en “Miénteme una eternidad”, la autora retrata los paralelos, escindidos universos entre el área dólar, apartheid turístico, y el área peso cubano, entre el mundo de los privilegiados turistas extranjeros y los pobres cubanos de a pie, el sórdido mundo de la prostitución isleña a ritmo de rumba y marxismo y, claro, como ha de ser en el país del nunca jamás un final absurdo, o lógico, dado el nivel, avalancha de la antilógica advenida sobre la Isla.

“Los hoteles habaneros, cual capullos de floración nocturna, se abren apenas oscurece al pálpito vital de la ciudad. Junto a los portales iluminados revolotean los Nissans relucientes y las muchachas repintadas y con atuendos ajustados, como polillas en torno a un candil. Para el cubano de la plebe, que no recibe dólares ni trabaja en corporaciones, el lobby de un hotel es el portal que lo separa de una dimensión esotérica. Una dimensión en la que se conversa con otro acento, en la que pululan propinas, dólares, euros, aire acondicionado y langostinos por la libre. Un universo sicodélico, donde los ángeles temen pisar.

La joven tenía aspecto de cubana: pelo y ojos castaños, labios pulposos como los de Angelina Jolie, piel color ámbar y nalgas prominentes. Y a Esteban le habían asegurado en Oviedo que las cubanas eran ligeras de cascos, definitivamente fáciles de conquistar. Bien mirado, ¿qué podría estar haciendo aquélla en el lobby del Habana Libre a las diez y cuarenta de la noche?”

En “Un americano y el Che”, un pedófilo que es además, por si no fuera ya bastante, uno de esos erotizados admiradores del asmático y asesino argentino disfrazado de guerrillero heroico, se va a la Isla en busca de una pieza fácil, mango bajito que agarrar, comer, sin los peligros de la policía federal pisándole los talones, quiero decir, la entrepierna, para, ay, los pájaros tirándole a la escopeta, darse la sorpresa de su vacía vida. Un Daniel como un Humberto trasplantado al trópico de los camaradas en busca desperada de su Lolita.

“Habían transcurrido más de treinta años y Daniel seguía añorando las pieles sin vellos, los pubis rosáceos y los pechos lisos como una tabla de planchar. Al principio había optado por enamorar sólo a mujeres flacas y de apariencia juvenil, que le recordaran a Jessica, pero no había funcionado la treta. En el momento cumbre se desplomaba sin poder remediarlo, se hundía hasta el fondo de una laguna de pellejos fláccidos de la que no había Playboy que lo rescatara ni nínfula apócrifa que lo salvase. Tras varios intentos infructuosos y humillantes había tirado la toalla. Se limitaba a practicar el sexo en solitario, avergonzado de las malas pasadas de abuelito decrépito que le jugaba su virilidad”…

“Le castañeteaban los dientes, pero a pesar del terror que lo embargaba se sentía animoso y feliz. Porque estaba a punto de tocar con la punta de los dedos el sueño más secreto y anhelado de su vida adulta, el de hundirse de nuevo —manos, boca, miembro viril— en un cuerpo de nueve años, en un esbozo de mujer”…

“Desde entonces databa su fascinación por el Che Guevara, un tipo macho si los había, pensaba Daniel, que había recorrido el continente en motocicleta y ayudado a hacer la revolución en aquel país del que la gente ahora huía en masa”.

“Sobre una tumba una rumba” resulta lo mismo una crítica al realismo sucio como mercadeo literario que al romanticismo telenovelero como mercadeo del melodrama, así también resulta un excelente retrato de tanto idiota ideologizado que, en plan turístico revolucionario, a la Isla viaja entusiasta para no solo apoyar el paraíso proletario, que no todo puede ser rigor en la vida de los sobrinos del Tío Lenin, sino también para el enchufe en la entrepierna, pues sucede en este relato que un criollo de moneda nacional y sin acceso al dólar y, por lo mismo, sin acceso a la posesión de las nalgas nacionales, se hace pasar por un gringo solidario para lograr su objetivo venéreo con la venerada persona, puta de sus deseos.

“Un hombrecito gris derrama gruesos lagrimones. Pero ya nadie empieza un cuento así. En nuestros tiempos de realismo sucio y de porno poesía y de meta literatura, literatura dura, ¿quién es el inocente que escribe sobre un pobre tipo sentado en la lápida (y no digo lápida fría porque eso sería demasiado) de un sepulcro, soltando moco y baba a borbotones?”…

“Una vez vacío el maletín, las manos sudadas de Tony se imantan a las curvas de la pelirroja. Se traba con el cinturón, pero da pie con bola y consigue aflojarlo. El vestido cae al suelo, donde queda como un manchón de leche sobre los mosaicos de arabescos morados. Ivana no lleva sujetadores. De pie, con los senos al fresco, respira fuerte, cuenta hasta cinco y pone cara muy de circunstancias. Tony se pega como un ternero a un pezón caliente y cruzado por venitas azules.

Ivana se quita el calzón y se acaballa sobre el hombre, por si a éste se le ocurre reciprocarle la mamada. (El caso es que no se le ocurre.) La boca repintada de la muchacha desciende hasta una entrepierna fláccida y que huele levemente a sudor.

— No quedo en La Habana muchos días, corazona —murmura él al rato, acariciándole las greñas despeinadas—. Tieno planes.

— ¿Qué planes son ésos?

— Cortar caña con una brigada de macheteros voluntarios durante fifteen… eh… cincuenta días. Lo siento, es mi compromiso con tu patria. No venio a Cuba como un turista yanqui pero a implementar la nueva economía socialista opuesta al neoliberalismo y a…”

En “Canción de carnaval” vuelve a verse a La Habana como imán para turistas de toda laya, de los fanáticos marxistas a los fanáticos espiritualistas, salvadores todos del piojoso prójimo, fanáticos con fulas que suelen terminar sucumbiendo… sobrepasados ante o bajo el remeneo de los traseros revolucionarios. Acá un espíritu termina aclarando, a favor de su caballo, un crimen de leso falo; de falo, ay, trucidado.

“Pues nada, que Samael vino a Cuba con la respetable intención de convertir paganos, de ganar más adeptos para la Hermandad. Oiga, teniente, que le hablo en serio. ¿Usted cree que la tal misión no fue más que un pretexto para echar relajo y comer y beber y limpiar el fusil de gratis?”…

“Ahora valga una aclaración. Yosalinda no sólo es mi caballo, sino que también se ha hecho hija de la orisha Oyá. ¿Qué qué cosa es un caballo? Oiga, teniente, no se haga el zonzo que usted sí que no es americano ni alemán ni noruego ni nació hace tres días. Aquí no hay cubano que no sepa que “caballo” es quien en Santería pasa un espíritu. Un médium, vamos.

El espíritu soy yo, mucho gusto de presentarme, aunque sea tarde en la conversación. María del Carmen Montijo, nacida en Veracruz y trasplantada a La Habana en la década loca de los veinte, cuando mugían las Vacas Gordas y rodaba el oro y el moro, y el precio del azúcar estaba por los cielos porque aún no se habían inventado las dietas ni nadie hablaba de los peligros de la obesidad. Fui bailarina, cantante y actriz del teatro Alhambra, muerta a los treinta años por culpa de un navajazo que me propinó un amante celoso, al terminarse una función de variedades”.

“El efecto Mozart” es un relato donde se aprecia lo de siempre en todas partes, el artista desplazado, devorado a veces, por las mediocridades de este mundo. En este caso un músico espera emocionado a una alemana concertista de fama y maestra diplomada que, espera, no solo aprecie su arte sino que le invite al idílico extranjero pero, pobre soñador, termina siendo despreciado, olímpicamente hay que decir, por la europea que prefiere a uno de esos chulitos de café con leche que, a cambio de unos euros, suelen aliviar la falta de falo que como una epidemia afecta a la viejísima Europa.

“Pero quizá esta noche cambie tu suerte. Entornas los ojos y visualizas a la alemana con su collar de perlas y aquella inmaculada blusa blanca, tal cual aparecía en la foto que te mandó. Dora dorada como su pelo, concertista de fama y maestra diplomada, que ha venido a Cuba especialmente a conocerte a ti, a Orfeo Vázquez. A oírte, sobre todo. Y quién sabe si a invitarte al festival mozartiano que se está organizando en Munich.

Munich, musitas, bloqueando mentalmente el tumbaquín. El nombre de la ciudad desconocida evoca nieve, navidades níveas como la piel de Dora, abrigos elegantes y un auditorio que aplaude suavemente. Un viaje. Que lo inviten a uno al extranjero, a donde sea —a Alemania, a Tierra del Fuego, a Islandia o a Nueva Zelanda”.

Con “Secuestro exprés a la cubana” tenemos a la infamante industria del secuestro, influencia mexicano-colombiana quizás, arribando oronda al modus operandi del hampa habanera, pero, como suele proceder Dovalpage, la historia cuenta con un final que sorprende no ya al lector sino a los protagonistas.

— “¿Lo ves? Te arriesgaste por cuatro mil pesos cubanos, tremenda porquería, y terminaste en el tanque. Aquí estamos hablando de dólares, euros, libras. Moneda dura, viejo. Moneda de verdad, de la que compra. En fin, ¿qué me dices? Avisa para buscarme otro socio si te vas a rajar”.

En “La virgen se llama Juana” un angelical adolescente acostumbra viajar a la Isla con el fin de desvalijar a los previamente desvalijados de todo, no a otros turistas de menor suerte, no, qué va, sino a los mismísimos cubanos, carroñero sin cuento y sin cuartel se dispone a robar a unas aparentemente infelices viejecitas pero, ay, el demonio anda suelto y no es de tarros y pezuñas y vaharadas sulfurosas que si no, vaya, todo sería muy fácil; ¡horror superado! Pero no, acá no hay facilismos que valgan y el horror supera, vence, se apodera del asesino en potencia; cazador cazado.

“Nunca lo han acusado. Son las víctimas quienes temen dar con sus desamparados huesos en la cárcel por arriendo ilegal de la vivienda. Todas suelen pasar de los setenta. Viven solas y no quieren problemas. Se trata de mujeres por lo general desconfiadas, que jamás le abrirían la puerta, pasadas las ocho de la noche, a un mulato cubano, pero que confían ciega y cándidamente en extranjeros como él”…

“La vieja de los ojos duros cuenta el dinero que le ha sacado de la billetera al turista y se incomoda porque no llega a los trescientos dólares.

— ¡Ya estoy harta de estos extranjeros muertos de hambre! A partir de hoy vamos a pedirles cien dólares de entrada; si no pueden pagarlos les decimos que no. Ah, y hay que guardar el señuelo en cuanto se metan al cuarto. El día menos pensado un vivo se nos adelanta y arrambla con la Tiffany. ¡Degenerados!”

Con Llevarás luto por Franco Teresa Dovalpage, que ya había dado muestras de maestría con su Posesas de La Habana, PurePlay Press, Los Ángeles, 2004, se nos revela ahora como una de las más serias y sosegadas autoras de las letras cubanas del presente que, dotada de prosa precisa, abre una navaja sin aspavientos, corta y no lo sientes, o si lo sientes sopla una serpiente, modo de ofrecernos la feria de las más escabrosas realidades, metarealidades más bien, donde tan importante vendría a ser la historia como el humor, lo humano como lo numinoso para que, lectura consumada, jugada matada o sexo satisfecho, lecho de letras, nos marchemos con nuestra música a otra parte apertrechados no ya de unas apropiadas respuestas sino de unas inapropiadas preguntas.


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