Actualizado: 23/04/2019 9:57
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Cuento, Literatura, Literatura cubana

Lo insólito de cada día

En su nuevo libro de cuentos, José M. Fernández Pequeño narra historias cotidianas en las que irrumpe un hecho extraño y, en ocasiones, asombroso, que obliga a los personajes a examinar su vida con otros ojos

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El año pasado, el Premio Nacional de Cuento José Ramón López, de la República Dominicana, fue concedido a… un escritor cubano. Aclaremos, no obstante, que se trata de un cubano nacionalizado dominicano, pues residió allí durante quince años. Hablo de José M. Fernández Pequeño (Bayamo, 1953), quien recibió ese galardón por el libro El arma secreta (Editora Nacional, Ministerio de Cultura, Santo Domingo, 2014, 147 páginas).

El jurado, integrado por Ángela Hernández, Armando Almanza y Efraím Castillo, argumentó así su decisión: “Otorgamos por unanimidad el premio a la obra El arma secreta, escrita por José M. Fernández Pequeño, atendiendo a la asombrosa profundidad narrativa que el autor desarrolla en los nueve relatos del libro, en la cual reivindica el arte y la maestría de narrar, a partir —más allá de la memoria— de una profunda observación de los desconciertos que la posmodernidad introduce en los países del tercer mundo contaminándolos, vinculándolos —tras la destrucción de sueños y promesas— a la realidad de los fracasos. Así, Fernández Pequeño une y desune la noción de memoria, historia y desconcierto en los relatos que configuran el libro, en una muestra de excelencia narrativa”.

Para quien escribe estas líneas, El arma secreta ha supuesto el descubrimiento de Fernández Pequeño como autor de ficciones. Hasta ahora lo conocía como investigador, ensayista y crítico literario. Una faceta en la que se destaca por su rigor analítico, su lucidez, su estilo personal y accesible. El libro que aquí reseño es no es, sin embargo, su primera obra narrativa. Antes había publicado Un tigre sobre mi huella (1999), Cuentos para Angélica (2003) y Tres, eran tres (2007).

Fernández Pequeño llegó a la República Dominicana en 1998 y vivió allí, antes lo apunté, por quince años (actualmente reside en Miami). Eso ha dejado una huella que se advierte en El arma secreta. En esos textos se entrecruzan códigos culturales y lingüísticos de Cuba y de esa otra isla caribeña. El propio autor reconoce que se dejó contaminar por la cultura dominicana. Eso dio como resultado un intercambio que, según él, ha sido fluido, conflictivo a veces, pero en todo caso siempre enriquecedor, y que lo llena de orgullo.

De hecho, tres de los cuentos se ambientan en Cuba, mientras otros cuatro narran historias que ocurren en la República Dominicana. Sin embargo, las diferencias entre unos y otros prácticamente no se notan, pues en ambos Fernández Pequeño elude los ingredientes costumbristas y eso que se conoce como “color local”. Para un lector cubano, esa mixtura que aparece en los cuentos de El arma secreta solo se delata por la presencia de algunos términos del lenguaje popular (tecato, colmado, pariguayo, batata, pana) y la alusión a lugares como Hato Rey, Baní, San José de las Matas, el restaurante Cafeto, la calle Restauración, el lavadero de vehículos Hijas de Venus.

Esa hibridación la comparten, en mayor o menor medida, otros escritores cubanos, y es consecuencia del exilio, que desde hace más de medio siglo marca la historia de Cuba (el ejemplo más representativo es el de los cubano-americanos). A ese tema Julio Miranda dedicó un excelente texto, “El cubano invisible”, en el cual expresa: “Uno va siendo, entonces, español, venezolano, cubano, sin ser del todo ninguna de esas calificaciones, pero también sin dejar de ser algunas de ellas (…) Uno va siendo un mediterráneo del Caribe o un caribeño del Mediterráneo. Sobre todo, uno va siendo”.

Aunque fueron escritos a lo largo de varios años, alguno incluso cuando su autor aún vivía en Cuba, los cuentos comparten un punto esencial: se trata de historias cotidianas, en las que irrumpe un hecho extraño y, en ocasiones, insólito, que obliga a los personajes a examinar su vida con otros ojos. Puede ser la aparición de un pájaro azul en las paredes de una casa (“Rebeliones”). O el ojo en la frente que de repente le brota a un niño de siete años (“El cíclope”). O la manera en que un hombre, que está aquejado por una enfermedad supuestamente mortal, descubre que puede escuchar el sonido interior de las personas y los objetos (“El ombligo de María B”). O bien la habilidad de un vendedor de pasteles, quien confía sus decisiones a la convicción de un olor elusivo e impredecible.

Algo que siempre estuvo muy cerca

En “El arte de roncar”, la cotidianidad de los vecinos de un barrio se ve alterada cuando una noche, a las dos de la madrugada, se empieza a escuchar un ruido. Resultan ser ronquidos, y provienen del cuarto piso de uno de los edificios. Allí vive una mujercita flaca, alta y pálida. Aunque se extendieron hasta las cuatro, al día siguiente nadie hizo comentarios ni protestó por haberse desvelado a causa de los ronquidos. A partir de entonces, estos se sucedieron con la misma regularidad, siempre de dos a cuatro. Y lo más asombroso fue el efecto benéfico que tuvieron en las personas. El señor Rosendo pudo dormir sin la molestia de la circulación de las piernas y los puyazos de las plantas de los pies. La doctora Carmen reconoció que, por primera vez en su vida, oía roncar sin que se le alterasen los nervios, sino todo lo contrario. Una niña que se había puesto malísima del asma, y a lo que sus familiares ya no sabían qué hacer, comenzó a respirar sin problemas y dijo: “Mami, mami, ese ronquidito huele a chocolate, ¿no es verdad?”. A ellos y a otros muchos los embargó “un sopor parecido a la felicidad, esa vaina de la que todo el mundo habla y nadie puede decir si existe”.

Esa alteración de la realidad cotidiana le da a esta otro sentido. Lleva además a los personajes a descubrir algo que siempre estuvo muy cerca, pero que ellos no atinaron a verlo ni a darle valor. Eso tiene en sus vidas distintos efectos: inquietantes, catastróficos, liberadores. Esto último se ilustra en el protagonista de “El ombligo de María B”. El encuentro casual con una antigua alumna lo hace cambiar el modo en que hasta entonces llevaba su existencia. Como ella le hace ver, el hecho de que se vanaglorie de que, en los últimos quince años, solo tiene relaciones sexuales con prostitutas, porque no quiere complicaciones ni compromisos, “puede no ser una señal de independencia sino de miedo”.

El libro se cierra con el relato que le da título. Es el único que no se desarrolla ni en Cuba ni en la república Dominicana, ni tampoco en la época contemporánea. La historia allí narrada ocurre en el siglo I antes de Cristo, durante la invasión de la República de Roma al Imperio Parto. Posee un claro carácter metafórico, y Fernández Pequeño ha comentado que lo escribió para que sirviese de anclaje conceptual al conjunto. En él se narra cómo al consumar su brutal acto de conquista, Lucio Cornelio, lugarteniente e hijo de Pompeyo El Grande, se da cuenta de que la verdadera gloria, la auténtica maravilla, había estado cerca de él, en casa, donde quedó perdida para siempre. Al igual que a él, a los personajes de los otros cuentos les corresponde enfrentar el descubrimiento de su mundo y de sí mismos, y, como el oficial romano, encontrar su arma secreta.

En El arma secreta, Fernández Pequeño apuesta por una narrativa de línea clara, que elude los artificios estilísticos, los rebuscamientos literarios, las experimentaciones técnicas. Su propósito fundamental es, ante todo, narrar un puñado de historias que han sido inteligentemente escogidas. En ese sentido, parece aplicar algo expresado por ese buen conocedor del género que fue el dominicano Juan Bosch: “La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento”. Ese requisito lo cumplen satisfactoriamente los textos del libro. Asimismo son cuentos que convencen por el primor de su factura, la exactitud y concisión de las descripciones, el tejido ficcional bien urdido, la buena graduación del interés. Poseen además la capacidad de atrapar al lector desde las primeras líneas: “Osvaldo se preguntó cómo el Decano podía estar ahí tan tranquilo con todo ese ruido Saliéndole de adentro. Era como si millones de granos de maíz cayeran sobre un techo de zinc, así de violento sonaba el Decano, y Osvaldo experimentó una necesidad urgente de confesarse, de decirle Es que me estoy muriendo, ¿sabe?”.

Es también un mérito a destacar el buen criterio con que Fernández Pequeño ha dado a cada cuento la voz narrativa adecuada. Así, “El arte de roncar” está contado por el dueño del colmado (en Cuba, la bodega), quien emplea un lenguaje popular, ufano y salpicado de referencias a las series de televisión a las que es adicto. Para “El arma secreta”, en cambio, el autor opta por un narrador omnisciente (aunque con detalle sorpresivo al final), que en ese texto demuestra ser el más idóneo. Asimismo conviene resaltar el buen nivel que mantiene la escritura a lo largo de todo el libro. Una escritura que avanza con magnífico balance entre la precisión y la soltura.

Todos esos aciertos constituyen invitaciones a la lectura de El arma secreta, un libro del cual se pueden decir unas cuantas cosas más. Hay, sin embargo, una que considero indispensable: se trata de una obra muy disfrutable.