Actualizado: 30/03/2020 11:16
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Bunge, Filosofía, Cuba

Lo que dijo Mario Bunge en La Habana

A propósito del fallecimiento del filósofo y erudito argentino

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Me he enterado este miércoles 26 de febrero (casualmente día de mi cumpleaños) de 2020 que falleció el argentino Mario Bunge. Ha sido en Montreal Canadá, país en el que radicó por décadas, a una edad cercana a los 101 años se había jubilado a la “temprana edad” de los noventa. Se trata una de las eminencias hispanoamericanas de la filosofía, la epistemología y las ciencias. Todos haríamos bien en leer al difunto profesor como antídoto contra los tiempos de falacias ideológica, pseudociencia y machacamiento político administrativo y económico del saber verdadero que nos ha tocado vivir.

El pensador “vivió en mi casa” durante décadas, a través de uno de sus libros, La investigación científica: su estrategia y su filosofía, editado en Cuba en 1972 en los estertores de la libertad regulada de impresión, sin respeto al derecho de autor (no sé si su caso fuese la excepción), que se permitió la Editorial de Ciencias Sociales, del Instituto Cubano del Libro.

Y puedo decir que me siento afortunado de haberle visto en persona, cuando quebrando las reglas de invitar solo a filósofos marxistas, el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de Cuba, y la Cátedra de Filosofía de La Universidad de La Habana, le invitaron a dar una cripto conferencia en los locales de la primera institución, en la esquina que conforman las calles Calzada y J, en el reparto Habanero de El Vedado, frente a la Escuela de Idiomas Extranjeros Abraham Lincoln.

Fue algún momento de la década de los ochenta, me cuesta precisar el año exacto, espero que algún lector, al tanto del acontecimiento, me lo pueda recordar.

Ante un grupo de invitados selectos entre los que sin mucho mérito pude colarme, Bunge disertó haciendo talco los principios del materialismo dialéctico, sin que ninguna de las eminencias allí presentes se atreviera a rechistar. Su ataque iba en general a todo el pensamiento soviético, diciendo que cuando revisaba las ponencias que le llegaban desde la URSS para los congresos de epistemología que él organizaba, estas eran tan malas que las dejaba pasar en bloque ante la alternativa de tener que desecharlas todas. Jamás había oído decir tales sacrilegios en una cátedra cubana, y hay del nativo que se atreviera a hacerlo, en mi caso, como joven curioso y en formación que entonces era, no dejé de sacarles provecho.

He de sumar a este recuerdo, la queja permanente del maestro sobre la falta de agua en el hotel de mala muerte donde se alojaba, y sobre todo su frase final: “ustedes han sabido hacer una revolución, pero no saben venderla” y es que, con toda su sapiencia, el filósofo argentino, no se daba cuenta de que ocurría todo lo contrario, habíamos sabido vender al mundo una revolución, que en esencia no se había hecho.

No voy a menoscabar la obra de este admirable pensador, por este error tan humano, solo indicar con ello que hasta el más sabio puede errar en la búsqueda de la verdad.

Es más siempre agradeceré la luz que me ofrecieron aquellas conferencias en medio del ambiente cerrado de la filosofía imperante en la Cuba de entonces, importados como dogmas de una Unión Soviética que en pocos años estallaría sin que ninguna de sus vacas sagradas del pensamiento nos lo advirtiera.

Descanse en paz, profesor.


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