Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Lorenzo García Vega: Por quién doblan las campanas

No creo que a Lorenzo García Vega le rindieran mayores homenajes cuando estaba vivo. Muerto, está literalmente en primera plana

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En fecha reciente murió en Miami Lorenzo García Vega. Era un poeta importante, vinculado a la revista Orígenes. En Cuba, según cuenta Antonio José Ponte, era anatema y no se podía mencionar. En Miami sí, pero, ¿quién lo mencionaba? Cada vez que me encuentro con alguien procedente de Cuba perteneciente a una generación ulterior a la mía le pregunto si conoce a un escritor muy bueno llamado Fulanito, y me dice que no, preguntándome a renglón seguido si yo conozco a Menganito, que escribió esto y aquello, en Cuba, y le respondo por el estilo. Hablé con Lorenzo García Vega un par de veces, una de ellas en casa de Dumé, que por su cuenta rumiaba su marginación teatral antes de que le diera un infarto. Claro está que cuando uno es un octogenario estas muertes tocan las fibras más profundas del octogenarismo y Hemingway siempre viene a la cabeza. No sería una gran novela, pero el título dio en el blanco: Por quién doblan las campanas. En todo caso, no sé si fue allí (en casa de Dumé) donde García Vega me contó (o me contaron) lo del “carrito” que arrastraba por el mercado Publix, que lo ayudaría a “resolver” por los años ¡noventa!

Bueno, en todo caso, no creo que a Lorenzo García Vega, que bien se lo merecía, respaldado por una sólida producción poética, le rindieran mayores homenajes cuando estaba vivo. Muerto, está literalmente en primera plana. Menos mal. Pero no debe esperar mucho más ahora que es un desaparecido: “La muerte tiene formas extrañas y la más cruel es el olvido”, como he dicho yo en una de mis narraciones; o como dijo Cabrera Infante respecto al destino de Virgilio Piñera que según él, regresó a Cuba para que se cumpliera “un destino peor que la muerte para un escritor: el olvido”. Cada poeta cubano anda con un poemario a cuestas, el suyo, y salvo honrosa excepción, a pocos les interesa el de los demás. Y los recién llegados, que nunca habrán oído de García Vega, se preguntarán: “¿y ese quién era?” Bueno, pues ya pueden tener idea.

Cuando Carlos Ripoll se pegó un tiro hace unos meses atrás, me quedé pasmado. Y lo primero que se me ocurrió pensar es que se le rendirían grandes homenajes, en primer lugar porque era un martiano. En segundo, porque era un investigador incansable, con una trayectoria profesional de primera línea y muchos años en la enseñanza universitaria. Como era anticastrista y sus investigaciones tenían una aproximación muy personal y en algunos casos anti-académica, no era del todo bien visto. Claro, tengo entendido que era un pesado, posiblemente un viejo gruñón, que en cubano ya se las trae. Porque ser pesado entre los cubanos es pecado mortal, no importa lo que hagas. Ahí te quedas. En todo caso, no lo conocí de tú a tú, aunque creo que compartí una mesa con él en una conferencia donde nadie nos presentó y no nos dirigimos la palabra. Eso sí, cuando leí su estupenda novela corta a fines de los sesenta, escribí una reseña “Centro y periferia de Julián Pérez por Benjamín Castillo” haciendo un minucioso análisis crítico de una obra que me parecía de primera, porque yo era un académico que acostumbraba a escribir sobre lo que los otros escriben, no importa que fuera pesado o simpático, que no son condiciones suficientes para rendirle homenaje a ningún escritor. Cuando en el 2006 organizamos el congreso Celebrando a Martí, fue a la primera persona a la cual le extendí una invitación. Realmente, ya es hora que alguien le haga un homenaje monumental, aunque esté muerto y enterrado, por decisión propia, que francamente envidio.

Lorenzo García Vega viene a ser el más reciente ejemplo de muertos sin sepultura, vagando por el espacio desolador de la injusticia colectiva (de las dos orillas) y su ruptura con el canon debió haberle calado hondo. Bien merecen un parque escultórico (y no me refiero en el parqueo de Públix), como el de ese muchachito con la casa a cuestas, “The Tower of Snow”, que inspiró al escultor Enrique Martínez Celaya, porque los escritores somos, con frecuencia, fantasmas que deambulamos con los libros que escribimos, que pesan tanto, en las espaldas, como una lápida sepulcral. Cada vez que visito un museo ando buscando un cuadro de Mijares, y no me encuentro con ningún cuadro por haber salido del canon de una plástica controlada por la izquierda y la indiferencia de los millonarios cubanos. Cada vez que cruzo el puente que conduce a Brickell Avenue con su galería de rascacielos, me acuerdo de Enrique Labrador Ruiz que vivía en una casita no muy distante de uno de esos puentes mientras los capitalistas miamenses (“nuestro orgullo”) se han enriquecido levantando rascacielos gigantescos, seguramente medio vacíos, mientras vagabundos blancos y negros rondan por los alredores. Si busco al ensayista Luis Ortega en la internet, que tiene un ensayo medular sobre José Martí, El sueño en la distancia, y que murió a los noventa y cinco años, me encuentro con una diatriba de insultos, porque los cubanos podemos ser tan implacables como Fidel Castro. No en balde. Los cubanos en el exilio, que acostumbran a ver la paja en el ojo ajeno y excluyen la viga en el propio, repiten la historia de que cuando Virgilio Piñera se murió en Cuba, solo le dedicaron unas líneas en la Gaceta de Cuba. Bueno, fue una canallada, y justo es que se diga y se repita, para que no se nos olvide; pero hay que hacer examen de conciencia, no vaya a ser que estemos haciendo lo mismo con nuestros muertos; particularmente cuando no se han muerto todavía.


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