Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Los buenos modales

Le caía bien aquel guajiro, como le decía con afecto, de alma noble reflejada en el rostro y, sobre todo, de buenos modales

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―¿Cuál es el misterio? ―Preguntó Saúl.

Lo había seguido hasta la costa. Intuyó que iba a decirle algo importante y por eso lo había llevado lejos. Una tempestad se avecinaba. Desde la ribera el viento les arrojaba partículas de arena. Muy pocos se mantenían cerca de la playa. Nadie se lanzaba al mar, aunque ellos se habían quitado las botas y las medias y remangado los pantalones para andar entre las aguas.

―Ambia, otro día te lo digo.― Respondió Sergio, el agua hasta los tobillos donde la espuma se arremolinaba.

Con Sergio se dejaba llevar, como por inercia. Tenía cierto dominio sobre los demás, ahora también sobre él. No sabría responder por qué, pero ni le molestaba ni se lo cuestionaba. Le agradaba contar con un amigo de confianza, aunque pareciera tan diferente de él.

Tenía entonces quince años acabados de cumplir. Era ingenuo, como sus padres. De ellos le venía aquel candor que no podía ocultar aunque se lo propusiera, que sin pretenderlo rociaba a buenos y a malos. No es que los malos fueran muchos, le decía Sergio, no obstante, eran los más fuertes y con sus burlas se hacían sentir en aquella tierra de nadie que llamaban becas. Y él había tenido que becarse. Su padre era un presidiario, un contrarrevolucionario. O así lo nombraban. No debía mencionarlo. Antes de partir se lo habían aconsejado la madre, los abuelos, los tíos. Mas no hubiera sido necesario. Sabía que era un tema tabú. Provenía de una provincia al levante del país, muy lejana de la capital donde se encontraba. Al inicio no se inquietó, aunque sospechó el peligro. Sergio, enseguida se había hecho su camarada. Venía de un barrio de La Habana y había advertido de inmediato que aquel muchacho magro de ojos hundidos, nariz grande y pelo cortado al rape, que agradecía cualquier gesto, que no decía una palabra obscena, sería carnada fácil entre los matones, quienes, para colmo, eran supuestamente el ejemplo, jóvenes con carnet. Aquellos intimidadores no creían en nadie, juntos se convertían en los abusadores del grupo. Y él, Sergio, lo sabía. Algo tendría que hacer. Le caía bien aquel guajiro, como le decía con afecto, de alma noble reflejada en el rostro y, sobre todo, de buenos modales. Modales exquisitos que quería suprimirle, extirparle si fuera preciso, porque presentía lo que el otro, por desconocimiento y candidez, ignoraba. Modales que ahora se criticaban a nivel estatal, que habían dejado de ser bien vistos en el país. Modales que no poseían los militantes. Por eso, sostenía, se le había acercado, se había hecho su aliado, quería que se le pareciera en su imagen y formas. Deseaba protegerlo. No tenía nada que perder y era consciente del dominio que ejercía sobre los demás. Los años de gimnasio, vividos en calles marginales y dentro de un solar, hacían que lo respetaran. También estaba su corpulencia, su jerga. Más que respetarlo, le temían.

―Di cojones.

―Cojones― repitió Saúl, como si cumpliera una orden militar.

―Dilo de nuevo, coño.

―Cojones.

―Mierda. Te falta espontaneidad. No sé cuándo carajo lo vas a decir bien.

Lejos del albergue de becas donde convivían, mientras caminaban al atardecer entre las aguas, cerca de la orilla de la playa que llamaban Corneta, Sergio le recomendaba que cambiara o de lo contrario se lo comerían crudo. Así se lo había aconsejado en otras ocasiones. Así se lo había reiterado ahora con inminencia. No se trataba de una simple repetición. Tenía que decir malas palabras, como los otros. Aparentar que era como los demás.

―¡Cojones!

―Tampoco, Saúl. No te rías, coño, que la cosa va en serio. Trata de nuevo. Mira que se hace de noche y debemos regresar, que si nos agarran aquí sí vas a aprender a decir cojones, porque el reporte no nos lo quita nadie de encima.

―¡Cojones!

―Más encojonado todavía.

Dejaron atrás el mar con sus olas arriscadas. El verde olivo de sus pantalones militares se había oscurecido por la humedad a pesar de habérselos remangados para que no se les mojaran. De pronto el ruido de las olas se hizo más fuerte. Y los dos miraron hacía las aguas que se quebraban en la costa. Oscurecía. Los truenos eran cada vez más estruendosos. Cada vez más.

―¡Cojones!― dijo Saúl con rotundez.

―Ahora sí. Pero, coño, tienes que ensayarlo hasta que te salga natural. ―aprobó Sergio, dándole una palmada en la espalda.

Hacía meses que se conocían. Primero habían estudiado juntos en el Reparto Siboney, en el Instituto Preuniversitario Héroes de Yaguajay que convirtieran en militar y por eso los habían trasladado a Playa Corneta. Entonces habían coincidido en una de las mansiones de las cuales el Gobierno se había apropiado cuando sus dueños se habían marchado al extranjero. Una residencia aún hermosa a pesar de los estragos causados por las hordas de becados que la ocuparan un curso tras otro.

―¡Cojones! ¿Ya?

―Siete veces.

―¿Siete?, Sergio.

―Sí, pinga. Siete veces.

―¿Y por qué tantas?

―Coño. Porque el año que viene tiene que ser tu año. Mil novecientos sesenta y seis será tu año de los cojones. Tu año de la solidaridad con los cojones. Debes repetirlo cuanta veces haga falta, mentalmente, en voz baja, para que se te meta en la cabeza, en las venas, en la sangre, para que te salga de debajo de la lengua. Para que te salga de la pinga.

Rieron mientras el cielo se ponía cada vez más encapotado y sonoro y los relámpagos cruzaban el paisaje.

―No sé si voy a poder, no es mi costumbre. En mi hogar nunca se dijeron malas palabras.

―¿Y qué coño importa si nunca las dijiste? Ahora tienes. Decir cojones es una actitud, Saúl. Y una aptitud para prevalecer en becas. Va más allá del vocablo.

―Sí ―opinó Saúl, reflexivo, con cierto desconsuelo.

Sergio había crecido en una cuartería, según contaba, entre ñáñigos. Un mulato con cara y mañas de matón que le había tomado afecto. Era como el hermano mayor que nunca había tenido. Como el padre ausente. Le llevaría unos tres años, pero era más experto que aquellos venidos de todas partes del país, sobre todo de Oriente. A pesar de la diferencia en modos y edad, con Sergio a su lado no temía nada. En él había depositado su confianza. Era el único que conocía de la prisión de su padre. El único con quien se había franqueado. Presentía que en el fondo, a pesar de sus groserías, de sus modos y conductas, en él tenía a un buen compañero.

―Otro consejo, coño, para que te lo metas en el güiro. Fíjate que no es solo decirlo con los berocos, sino mantener cara de pocos amigos; de que si te dicen algo que te disguste puedes partirle la jeta a cualquiera. Decirlo con aguaje, carajo. Aguaje.

―¿Hasta a los de la Juventud?

―Esos son los peores, asere, pero tienen licencia para serlo. A ellos nadie los va a juzgar ni les pasará nada. Con ellos hay que tener más cuidado. Les nace ser miserables. Ser chivatos. Es su naturaleza.

―Está bien ―asintió. Y lanzó los brazos con las manos abiertas hacia delante, arqueando los hombros, proyectando en el rostro un tono inquisidor―. Pero ¿qué hago con ellos?

―Embarajar. No enseñarles la cajetilla, aunque sientas las ganas.

―¿Con nadie?

―Bueno, Saúl, no jodas. Qué comemierda eres. Conmigo, sí.

―¿Y con Eme Salomón?

―Por supuesto, Saúl. Aunque ese niche es traicionero. Te lo digo yo que soy mulato. Ese negro de mierda, con su sonrisita y todo, es un hijo de la grandísima puta. Mantenlo distante.

―¿Y con Marrero?

―Ya salió ése.

―¿Por qué te enojas?

―De verte la cara que pones, Saúl. No puedes andar por la vida así, de comemierda. La gente es contradictoria, quiere que seas bueno y cuando se da cuenta que lo eres, te jode.

―Me reiré solo contigo.

―Mejor.

―¡Coño! Sergio.

―¿Ves?, tienes que decir cojones como ese coño.

―Trataré.

―No, no vas a tratar, vas a hacerlo. Sé lo que te digo, coño. No te olvides de que aquí soy tu familia.

―Marrero también se ha portado muy bien conmigo.

―Y dale con el Marrero. Cojones. Es distinto.

―No sé qué te pasa con Marrero, es bueno cantidad ―afirmó ante el inexplicable enfado del otro.

―Hay que darle tiempo, comprendo que seas su amigo, pero no me confío de nadie.

―Tú tienes cada cosa…

―Yo me sé lo que sé.

―¿Y qué tú sabes?

―Nada.

―¿Entonces?

Se sentaron en el canto de una acera para limpiarse la arena de los pies, ponerse las medias y calzarse las botas. Por el lado opuesto de la calle, otros becados, huyendo de la lluvia que se acercaba, regresaban presurosos a sus albergues.

―Vámonos que la tormenta está por desatarse. Acuérdate que tienes que ensayar. Carajo.

―¿Ahora?

―Si quieres. Todo esto es por tu bien. Recuerda que tienes que hacer lo que yo te diga, que soy tu maestro y que acabas de llegar del campo.

―No vengo de ningún campo.

―Para nosotros el que no es de la capital es del interior, de casa de las quimbambas, un guajiro pendejo. Eres un guajiro. Eso.

―No― se quejó Saúl, pero sonriente, sin enojo alguno.

Cuando estaban solos, Sergio solía jugar con él, buscarle la lengua. Se había acostumbrado a su rusticidad.

―Lo sé, coño, es que quiero que aparentes que no lo eres. La gente es dañina con los fiñes, como tú. A veces se creen otra cosa. Y atacan.

―Vete a la mierda.

―Creo que estás aprendiendo demasiado.

―¿No dices que eso es bueno?

―Qué pinga. Lo que quiero es que nadie se equivoque contigo.

―Gracias, Sergio.

―Gracias, no. Di cojones. Di cojones, si quieres. Pero gracias, no. Al menos, mientras estés en becas. Imagínate que es una mala palabra. El vocablo que tienes que decir es cojones. Todos los cojones del mundo. Debes decir más cojones que nadie, de la forma que te he enseñado. Pero, coño, Saúl, no quiero escucharte dar las gracias ni una vez más cuando te sientas a la mesa ni cuando te incorporas ni en momento alguno. No le agradezcas nada a nadie. Gracias, no. Los otros no entienden de eso. Vienen del monte, del monte de verdad, de sitios tan recónditos como San Pablo de Yao. Son más brutos que los animales. Y eso los hace crueles por condición. Influidos, además, por las nuevas directrices del Gobierno. Quizás no sean tan malos, aunque sean perversos en su ignorancia. O en sus miedos. A esos que si se caen comen yerba, hay que decirles cojones, no darles las gracias. No entienden de educación formal ni un carajo. Y si se equivocan, un buen puñetazo, donde nadie te vea. Y después lanzarles los cojones, como trompadas, en la cara. Y ni pinga. ¿Entendiste? Ni pinga. Y luego el aguaje. Y embarajar, cojones.

―Ya está bien, Sergio, que estoy de cojones hasta los cojones. Lo haré.

―Eso, Saúl. Pero camina, coño, que si nos cogen por aquí nos van a partir los cojones.

―Y no saldríamos de pase ni podríamos ir al malecón, como me prometiste.

―Camina, Saúl, coño.

―¿Digo cojones?

―Dilos.

―Cuéntamelos y cuando llegue a siete me avisas.

―Está bien. Empieza. ―Ordenó Sergio.

―Cojones, cojones, cojones, cojones, cojones, cojones. Cojones.

―Siete.

―¿Ya?

―Ni un cojón más, por ahora.

―La culpa es tuya.

―Ponte serio y deja el teque. Llegamos.

Frente al albergue se separaron, como de mutuo acuerdo. Sergio no le había dicho realmente lo que deseaba. Sería la próxima vez, aunque con mucha cautela. Ya se lo había prometido. Debía contarle a Saúl lo que se empezaba a murmurar. Y no sabía cuál sería su reacción. Mientras reflexionaba, un rayo interminable se ramificó entre las nubes. Y empezó a llover. Le pareció dejar atrás un diluvio cuando entró a la casa.


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