Actualizado: 17/04/2024 23:20
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Pueblos, Parábola, Narrativa

Los caminos del hombre

Parábola de dos pueblos, dos padres y muchos hijos

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Había una vez dos padres. El primero trató de dar de comer a todos, repartiendo por igual, el fruto de la cosecha. Pero como siempre se tienen que nombrar administradores para repartir los frutos, surgieron hijos que comían mejor. Esto comenzó a molestar en la granja. Los hijos más trabajadores, viendo que algunos de sus hermanos oportunistas vivían mejor que ellos, se marcharon de la casa. Los hijos administradores comenzaron a acusar de ladrones a sus hermanos más capaces, con tal de no poner en peligro sus privilegios, y los hermanos holgazanes comenzaron a robar o revender productos —que le daban los mismos administradores— a los hermanos más capaces, que no se conformaban con recibir lo mismo que todos.

Un día el padre murió, engañado y frustrado por el fracaso de sus hijos, que habían empobrecido todo. Entonces la granja cayó en manos de los hijos más holgazanes y malvados, y terminó siendo destruida por completo.

El segundo padre, viendo el fracaso del primero, hizo las cosas diferentes. Repartió la tierra a partes iguales entre sus hijos, y dejó que cada cual recibiera el fruto de su trabajo. Pasó el tiempo y todo parecía ir bien en la granja. Unos hijos sembraron arroz y trigo, algunos criaron ganado y otros sembraron uvas para hacer el vino que alegra, pero hubo varios que solo sembraban lo necesario para vivir. Se sentían bien así. Dedicaban más tiempo al ocio y el descanso.

Pasó el tiempo y los hermanos más trabajadores necesitaron más tierras. El que criaba ganado tenía muchas vacas, el que sembrada uvas muchos pedidos de vino. Poco a poco fueron consiguiendo el utilizar la tierra de sus hermanos menos laboriosos. Algunos se las alquilaban, aumentando su holgazanería; a otros les prestaban dinero, y cuando estos no les podían pagar les cobraban las deudas pendientes a cambio de las tierras, y los convertían en sus obreros.

Como el padre había puesto a personas que no eran de la familia para administrar la granja, a fin de que ningún hijo viviera del trabajo de los demás, estos obreros contratados eran los encargados de cuidar el orden y cobrar los impuestos con que el padre vivía, y le pagaba a los empleados.

Con el tiempo, los hermanos más poderosos comenzaron a comprar a los administradores con favores. Así, cuando surgía alguna disputa con un hermano débil por una tierra o una deuda, con dichos favores lograban inclinar a su favor la disputa. Los administradores corruptos hasta les permitían a los hermanos más ricos robar al padre parte de sus impuestos, a cambio de una parte.

Un día el padre se enteró de la maldad de sus hijos más astutos. Quiso hacer justicia y restituir a sus hijos más desgraciados parte de lo perdido, pero sus hijos más poderosos se lo impidieron. Lo mataron y dijeron a todos, que su padre había muerto por causas naturales. Hicieron un gran funeral, repartieron algunos bienes entre sus hermanos más desgraciados para consolar su dolor, y eligieron al más poderoso de ellos para gobernar la granja.

Con el tiempo la ambición creció. Otros hermanos prosperaron más que el elegido y lograron ocupar el poder. En ocasiones hubo guerras entre ellos, por ríos, minas o bosques, pero al final el hermano más fuerte se imponía, declarándose vencedor.

Pasó el tiempo y la granja se hizo próspera. Algunos hermanos vivían en lujosas casas y otros en chozas humildes. Algunos administradores se casaban con hijos de dueños y se convertían en herederos.

Los descendientes de los hermanos pobres y tontos comenzaron a marcharse del lugar. No había futuro para ellos allí. Con el tiempo comenzaron a unirse y recordar que sus padres habían sido legítimos dueños de la granja. Un día volvieron, cargados de odio y dolor. Se hizo la guerra y vencieron.

Entonces, comenzó todo de nuevo, como al principio, y se repitió el ciclo una y otra vez. Hasta que un día la tierra, envenenada por la ambición de muchos, dejó de producir, los ríos se sacaron y los hombres murieron.

Andando el tiempo la tierra volvió a ser limpia por el silencio. Los ríos se limpiaron y los bosques volvieron a florecer. Llegaron a aquellos lares de pasado triste unos peregrinos del tiempo, en busca de un nuevo hogar. Al ver que estaba desierta, se establecieron allí, construyeron sus casas, sembraron el primer árbol, en el centro del pueblo, y comenzaron a explorar el lugar.

Los peregrinos pronto descubrieron que la tierra era grande y comenzaron a conocerla. Se dividieron en dos grupos, uno se fue al oriente y el otro al occidente del sol. A la tarde regresaron. No habían encontrado nada. Solo ruinas de un pasado muerto.

Los dos líderes de las expediciones reunieron al pueblo, junto al árbol plantado, y les contaron de lo que vieron. Les enseñaron, además, dos piedras grandes, encontradas una en cada expedición, escritas con sangre letras y símbolos.

En ambas piedras se contaba la historia de dos pueblos, su alegría y felicidad, su abundancia y escasez, su vida y su muerte…

Ambas piedras culpaban a la ambición, el egoísmo, la mentira y la envidia, como los causantes de la ruina de sus pueblos.

Aquel día el pueblo lloró, y junto al árbol juraron que en la nueva tierra, y en la nueva civilización, los bosques serían tan importantes como los hombres, los ancianos tan apreciados como los jóvenes, los débiles tan respetados como los fuertes. La tierra no se repartiría porque la tierra es de ella misma, sino que se rotaría cada siete años entre todos. Cada cual comería del fruto de sus manos, siendo el hombre más honrado del pueblo, quien más compartiera el fruto de su trabajo, con ancianos y débiles, y que su premio, sería sembrar un árbol anónimo en el centro del pueblo, que los ancianos, niños, y poetas se encargarían de regar, mientras alegran al pueblo con su sabiduría, su pureza, y sus canciones.

Después de reír y bailar por toda la noche por tanta dicha, en la primera mañana comenzaron a sembrar.


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