Actualizado: 16/11/2018 9:59
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Cine, Cine alemán, Totalitarismo

Los dos totalitarismos

Dos filmes alemanes recuperan episodios históricos poco conocidos que tuvieron lugar bajo el nazismo y el comunismo, los dos regímenes absolutistas que sufrió Alemania en el pasado siglo

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Sobre la Segunda Guerra Mundial se han rodado tantos filmes, que a estas alturas puede pensarse que constituye un filón temático ya agotado. De igual modo, la del nazi perverso ha devenido una figura casi tópica. Sin embargo, películas europeas como El hundimiento, Europa, Europa, El hijo de Saúl, Un héroe muy discreto, El pianista, El libro negro prueban que una lectura reflexiva, rigurosa y poco complaciente aún puede arrojar nueva luz sobre aquellos hechos. Esto viene a confirmarlo El capitán (Der Hauptmann, Alemania, 2017, 118 minutos), que ilustra por qué, siete décadas después de haber finalizado, las brutalidades de aquel conflicto bélico siguen suscitando incomprensión y consternación.

El estreno de esta cinta ha sorprendido por partida doble a los críticos, pues la firma un cineasta que no parecía capaz de crear un filme tan brillante, provocador y brutal. Hasta ahora, Robert Schwentke (Stuttgart, 1968) era uno de los tantos europeos que trabajan en Hollywood sin destacarse mucho. Tras debutar en 2002 con Tattoo, se fue a Estados Unidos y allí ha acumulado una filmografía comercial profesionalmente hecha que incluye éxitos de taquilla como Flightplan (2005), RED (2010), R.I.P. (2013) y dos entregas de la serie Divergente, Insurgent (2012) y Allegiant (2016). El año pasado regresó a Alemania y rodó El capitán, un proyecto muy personal que tiene una distancia abismal con respecto de sus producciones norteamericanas. La vuelta a su país de origen ha servido, pues, para rejuvenecer su creatividad.

Para escribir el guion, Schwentke se basó en documentos e informaciones de archivo. Su película se inspira en la figura real del soldado alemán Willy Paul Herold, conocido como el Verdugo de Imsland. Fue ejecutado por crímenes de guerra en 1946, por haber asumido la falsa identidad de capitán de la Luftwaffe y orquestar la masacre de 170 prisioneros del campo de detención para soldados desertores de Aschendorfermoor. Sus crímenes le permitieron convertirse en el único soldado en ser condenado a muerte tanto por el Tercer Reich como por el ejército británico.

El filme comienza en abril de 1945. El final de la guerra está a la vista. El orden social en Alemania se halla en ruinas. Con la moral cuesta abajo, las tropas nazis se desintegran. Las deserciones aumentan de modo tan dramático, que a los evadidos se les dispara automáticamente. Reinan la anarquía, el saqueo y los asesinatos arbitrarios. Uno de esos desertores es Will Herold, un joven de 19 años que vaga desesperado, hambriento y aterido de frío, tras haber huido de su pelotón. Casualmente encuentra una maleta con un uniforme de capitán. Decide ponérselo y cambiar de identidad.

A partir de ese momento, actúa como un oficial que cumple una misión secreta encomendada por el mismísimo Führer. La suplantación le permite formar un pequeño pelotón con un grupo de soldados prófugos, con los cuales inicia una carrera de atroces asesinatos y siembra el terror entre sus propios compatriotas. Will Herold pone tanta convicción en su falsa identidad, que logra convencer a todos. Llega incluso a hacerse responsable de un campo de trabajo y lo convierte en un matadero.

Schwentke hace una radiografía de la descomposición del nazismo, pero también de los abismos profundos de la mente humana. En su imparable huida hacia adelante, Will Herold descubre que el uniforme del cual se ha apropiado no solo le brinda protección, sino que además lo inviste de un insólito poder. A pesar de que no tiene la certeza de que no van a descubrir su engaño, asume rápidamente su nuevo rol. Se siente cada vez más cómodo en él y se deja embriagar por la admiración que despierta entre muchos oficiales y soldados. Su estupor de la sobrevivencia degenera en el salvajismo más irracional. Se transforma en un nazi cruel, seguro, frío, que no vacila en ejecutar a sus iguales. De víctima, ha pasado sin inmutarse a ser un implacable verdugo.

A propósito de su filme, Schwentke declaró que “para poder explicar las acciones de Will Herold debemos comprender el mundo en el que vivió. Debemos ir más allá de las respuestas estrictamente morales y experimentar el mundo desde su punto de vista. No de una forma moral, sino viendo lo que él vivió y sintiendo lo que él sintió”. Will Herold defiende sus crímenes alegando que lo hacía para proteger a la patria en aquellas circunstancias tan caóticas. Su arbitraria justicia y su pragmatismo amoral no solo son compartidos por quienes lo siguen, sino que en la escena del juicio a que es llevado un juez trata de sostener el absurdo argumento de que sus decisiones no eran solo admisibles, sino que en realidad eran lo que el nazismo entonces necesitaba.

Will Herold ilustra cómo un sistema totalitario puede influir y deformar a los seres humanos. Y aunque la cinta alcanza por momentos matices de absurdo, no hay que olvidar que la Alemania de esa época aceptó una ideología absurda e inaceptable y la convirtió en norma de gobierno. Por otro lado, El capitán propicia otra lectura. Al hacerse pasar por un oficial, su protagonista aprovecha la oportunidad para revelar la naturaleza asesina que probablemente llevaba dentro, pero que hasta entonces no pudo exteriorizar. Esta macabra parábola viene así a decirnos que para un individuo nunca es demasiado tarde para transformarse en un verdugo y revelar unas impensables dotes de crueldad y fanatismo. Para realizarlo, se requiere muy poco: solo hace falta que alguien le dé la orden.

Schwentke demuestra valentía y riesgo al abordar una realidad incómoda. La suya es una película provocadora, brutal, despiadada, difícil de asimilar y capaz de helar la sangre. Propone una nueva lectura del tema bélico y lo hace con complejidad y hondura, si bien hay que apuntar que hubiese ganado con el análisis psicológico de por qué el protagonista se comporta así. La puesta en escena posee la elegancia del cine de autor, así como un planteamiento estilístico basado en la gelidez, la distancia y la falta de grandilocuencia. No elude la violencia, aunque lo hace sin regodeos, y se aproxima a ella bordeando la farsa y el grotesco. Cuenta con una electrizante banda sonora y una exquisita y brillante fotografía en blanco y negro. A esos aciertos hay que sumar el estupendo trabajo del elenco, en el cual es de rigor destacar al actor suizo Max Hubacher, quien interpreta a Will Herold.

El capitán, en suma, prueba que en un tema tan explotado como el de la Segunda Guerra Mundial aún pueden hallarse motivos para realizar una excelente película.

Una inocente idea y una reacción desproporcionada

En el idioma alemán existe el término Vergangenheitsbewältigung, que se aplica a los procesos culturales que revisan el pasado, concretamente el que se refiere al nacionalsocialismo. No obstante, también se utiliza para referirse a los estudios críticos que ahonden en los sucesos vinculados a la época comunista. En ese sentido, en los últimos años la cinematografía alemana ha adquirido el creciente y saludable interés por volver la vista a lo que fue la vida en la desaparecida República Democrática Alemana. Era la otra parte del país, que estuvo regida por un régimen comunista, el otro totalitarismo que sufrieron los alemanes durante el pasado siglo. Entre esos filmes, el que más repercusión internacional conoció fue La vida de los otros (2006). Apuntemos que en esa corriente temática también se inscriben cintas como El túnel (2002), Good bye, Lenin (2003), Bárbara (2012) y En tiempos de luz menguante (2017).

En aquel período de la historia de Alemania se desarrolla el argumento de La revolución silenciosa (Das schweigende Klassenzimmer, Alemania, 2018, 110 minutos), que, al igual que El capitán, recrea un hecho real. Su guion fue escrito a partir de un libro autobiográfico de Dietrich Garstka, uno de sus protagonistas. El filme lo dirigió Lars Kraume (1973), y forma parte de un díptico con El caso Fritz Bauer (2015), acerca de la caza de Adolf Eichman en 1957. De acuerdo al cineasta, las dos cintas comparten el propósito de recuperar episodios históricos poco conocidos de la Alemania de la postguerra.

La revolución silenciosa se ambienta en 1956, en una ciudad cuyo nombre es muy representativo de la época: Stalinstadt (hoy Eisenshüttenstadt). Faltaban aún cinco años para que se construyera el muro que separó las dos Alemanias. Kurt, hijo de un dirigente comunista de alto rango, y Theo, cuyo padre es obrero metalúrgico, son estudiantes de bachillerato y están a punto de graduarse. Un día cruzan al Berlín occidental y van a un cine para ver una película en la que, según han oído, la protagonista sale con los senos al aire. A través del noticiero que se proyecta antes, se enteran de que en Hungría ha habido una revuelta popular y que durante la represión fue asesinado Ferenc Puskás, miembro del equipo de futbol y una estrella en toda Europa.

Impactados por la muerte de su ídolo, Theo y Kurt persuaden a sus compañeros para dedicarle 1 minuto de silencio en la clase. Todos son buenos estudiantes y están convencidos de las bondades del sistema socialista. En su gesto solidario no había, pues, intención política alguna. Pero en la antigua RDA cualquier acción que se apartase de las normas ideológicas era considerada subversiva y, por tanto, tenía consecuencias. El director del colegio trata de mantener el incidente en secreto, pero la situación fue escalando y pronto llega a oídos del mismísimo ministro de Educación, quien se involucra en la investigación para averiguar los nombres de los cabecillas.

Aquel gesto espontáneo y nimio de protesta juvenil fue interpretado como un acto contrarrevolucionario, y la maquinaria de represión se puso de inmediato en marcha. A los estudiantes les dieron una semana para delatar a los cabecillas. Para conseguir que lo hicieran, el consejo escolar empleó todos los métodos, incluidos los de invadir la privacidad y amenazar con represalias a los familiares. Eso lleva a uno de los estudiantes a comentar: “Usan métodos de la Gestapo”. Asimismo, les advierten que si no revelan los nombres no podrán graduarse en ninguna escuela de la RDA. Y ante su negativa, cumplen la amenaza: el grupo completo es expulsado. Su inocente idea provocó una desproporcionada reacción, con consecuencias desastrosa para ellos y para sus familiares. El director del colegio también fue castigado y perdió su empleo por no haber dado importancia a la protesta.

Para los jóvenes, aquella travesura marcó un antes y un después en sus vidas. Pasaron de la adolescencia a la edad adulta y aprendieron el valor de la verdad, el compromiso y la lealtad. Comprendieron además que bajo aquel régimen incluso guardar silencio podía ser considerado un acto subversivo. Se dieron cuenta así de que cualquier desviación del pensamiento pautado implicaba buscarse problemas. Lo sucedido fue abriéndoles los ojos sobre la irracionalidad del totalitarismo, algo que un estudiante resume muy bien cuando al referirse a la represión de la revuelta en Hungría pregunta: “¿Qué sentido tiene el socialismo si socialistas matan a socialistas?”. La revolución silenciosa deviene así un elocuente retrato de esa etapa de la historia de Alemania, no menos siniestra que la reflejada en El capitán.

Lars Kraume se ha preocupado, ante todo, por la historia, y no tanto por cómo la cuenta. Con esto quiero decir que no tomó riesgos y optó por rodar una película convencional, en la que no hay sutilezas ni complejidades narrativas. Eso no significa en modo alguno que esté mal hecha ni que carezca de valores estéticos. En primer lugar, está realizada con corrección, profesionalismo y pulcritud. Cuenta con una esmerada ambientación y está bien contada y evita los sermones. Se le pueden señalar algunos subrayados melodramáticos en la segunda mitad, pero no constituyen errores que lastren su visionado. Asimismo, es muy destacado el trabajo coral del elenco. En particular los jóvenes, aportan unas interpretaciones muy convincentes.

Y, en fin, a La revolución silenciosa hay que reconocerle el mérito de ser un cine necesario, que desvela un episodio tan desconocido y revelador de aquel aciago momento histórico, al tiempo que es una película muy interesante y entretenida. Por supuesto, no ha de gustar a aquellos que aún siguen creyendo en aquella utopía tan idealizada por la izquierda, y que en la práctica se convirtió en el infierno tan despiadadamente recreado por George Orwell.