Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Teatro

Los extremismos de una época

Akuara Teatro cerró el 2013 con las últimas presentaciones de una obra que refleja unos hechos que, pese a los años transcurridos, siguen siendo para los cubanos un capítulo no cerrado, una herida aún sin cicatrizar

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En Alguna cosita que alivie el sufrir, de René Alomá, el protagonista es un exiliado que, tras diecisiete años de haber salido, vuelve a Cuba en busca de la emoción del reencuentro. En Weekend en Bahía, Alberto Pedro también abordó el tema de los que se fueron y regresan. Lo hace a través de dos personajes que recuerdan con nostalgia su amor juvenil, mientras se descubren mutuamente. En ambas piezas, la acción se desarrolla en un espacio reducido y un ambiente doméstico, en donde la realidad política no deja de estar implícita, pero no interviene de manera directa. En Huevos, del matancero Ulises Rodríguez Febles, el punto de partida de la obra es también la llegada de un personaje que ha ido a visitar a sus familiares en la Isla. Pero aquí las conductas humanas están determinadas por unos hechos de marcado carácter ideológico.

Esos hechos remiten al éxodo masivo del Mariel de 1980 y a los actos de repudio a los que eran sometidos quienes emigraban por esa vía. El personaje que regresa es Oscarito, quien trece años atrás salió con sus padres, en medio de una lluvia de insultos y huevos lanzada por aquellos que, hasta entonces, eran sus amigos y vecinos. La vuelta a Cuba, en pleno Período Especial, significa su reencuentro con algunos de ellos: Margarita, quien fue obligada a leer, con un nudo en la garganta, el comunicado de condena contra su compañerito de estudio (“No llores, Margarita, es solo un comunicado. Son palabras. Las palabras no hacen daño. Un huevo es lo que no quiero que tires…”); Eugenio, el furibundo militante que arengaba a las turbas a denostar y condenar a quien había sido su mejor amigo (“Es como la guerra. Nosotros siempre hemos estado en guerra. Pelotón para los que pasan al enemigo. Pelotón sin que tiemble la voz de mando”). Y está asimismo Pastora, su abuela, revolucionaria inclaudicable que echa la culpa de todo a los americanos y dice no perdonar al hijo que se fue, aunque en secreto ha abierto sus cartas (“Quería ver su letra. Sentir lo que me decía. Olerlo a través del papel. Aunque las volví a cerrar de nuevo…”).

Rodríguez Febles tiene el acierto de volver sobre aquel traumático e infame episodio no con ánimo documental (eso ya lo hizo el finado Abraham Rodríguez con El escache, una deplorable obra de encargo de la cual él mismo después renegó). No alecciona, no presenta victimarios y víctimas, sino que, como comentó Abel González Melo, muestra las conductas superpuestas para que el espectador reflexione y decida. Frente al ajuste cuentas y el odio entre hermanos, Huevos invita a la reconciliación y a meditar sobre cuestiones como el olvido, el reencuentro familiar, las desgarraduras sicológicas de una salida abrupta y humillante, el perdón, la culpa.

En ese sentido, es significativo un parlamento de Enelia, un personaje que cree en el ser humano, en el valor de la familia y en la necesidad de comprensión entre las personas. Estas son sus palabras: “¡¿Olvidar?! Aquí nadie va a olvidar, abuela. Jamás he olvidado. No va a haber olvido. Yo no puedo olvidar que de pronto se fue toda mi familia y tenía que olvidarlos, que odiarlos; que de pronto todos debían firmar papeles, gritar, cerrar puertas, callar. No puedo olvidar que me quedé sola, sin mis primos. Yo estaba el día que le quitaron la pañoleta a Pedro, Margarita. Yo era mayor que ustedes, pero también era una niña, pero yo sí no grité, no tiré huevos, no cerré puertas, no firmé papeles. Ni los firmaré nunca. Voy a hacer siempre lo que siento, lo que creo. Yo, yo…Y mi familia va a serlo siempre en las buenas y en las malas. Y les voy a escribir y los voy a abrazar y nadie me va a separar de ella pase lo que pase, aunque me miren mal, aunque no me hayan dado carné, aunque me hayan mirado con mala cara cuando en todas las planillas haya puesto que tengo familia en el extranjero, que me relaciono con ellos”.

Escrita desde los sedimentos de la memoria

La sala Akuara Teatro, de Miami, cerró el 2013 con las últimas representaciones de Huevos. El montaje fue coproducido con La Má Teodora y el Archivo Digital de Teatro Cubano, de la Universidad de Miami. Se trata propiamente del primero que se hace de la obra de Rodríguez Febles. En Cuba se estrenó en 2009, aunque en una versión musical. Asimismo en 2005 se hicieron dos lecturas dramatizadas del texto, una por la Compañía Rita Montaner y la otra, por Argos Teatro. En las notas que redactó para el programa de esta última, el autor expresó que su obra está escrita desde los sedimentos de la memoria de un niño de doce años, “el hijo de un comunista que se marcha cuando no pensaba (…), el muchacho que regresa en la oscuridad de una noche de apagón a la que fuera la casa de su abuela, con las maletas cargadas, el estigma de un pasado que le pesa como un fardo y del que de alguna manera quiere despojarse”.

Aunque se trata de una obra realista, en Huevos Rodríguez Febles optó por una escritura experimental. Renuncia a la linealidad del relato y al ordenamiento cronológico. Construye además la historia mediante fragmentos y continuos saltos retrospectivos al pasado. Esos recursos son coherentes con el modo en que las vivencias confusas, viscerales y lacerantes van emergiendo de la memoria de los personajes. Sin embargo, en unas “Aclaraciones al director (al lector)” que incluyó al publicar el texto (está recogido en el volumen El concierto y otras obras, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007) indica que “la estructura puede ser organizada de otra manera (si lo decide para su discurso escénico el director)”.

Alberto Sarraín, director de la puesta en escena que se vio en Miami, se acogió a esa libertad y aplicó al texto una labor de dramaturgia que lo favorece. Los cambios no tienen que ver con los diálogos, sino con la organización de los cuadros. Por ejemplo, la obra original comienza con la escena titulada “Los huevos de la serpiente”, mientras que el montaje arranca con “La importancia de llamarse Oscar”. Con eso, la historia gana en claridad, sin que se afecte en lo esencial la legítima premisa experimental del autor. Asimismo esa simple alteración del orden da a la escena de la llegada de Oscarito su valor justo, como detonante que desencadena la acción y provoca la catarsis de quienes se vieron involucrados en aquella orgía de odio y vileza.

Sarraín eliminó asimismo las alusiones a Memoria, un perro imaginario que, cito las indicaciones del autor, “no debe verse en escena. Ni tan siquiera ladra, aunque lo hace”. El hecho de que ese detalle en absoluto se note constituye una prueba de que era perfectamente prescindible. El director además resolvió con mucho profesionalismo el escollo de unos monólogos escritos en verso, algo que en el teatro suele no funcionar o funcionar rematadamente mal. Quienes no conocen el texto de Rodríguez Febles, no se van a percatar de ello, gracias al tratamiento teatral con que fueron plasmados. A lo largo de sus muchos años de práctica escénica, Sarraín ha acumulado mucho talento y mucho oficio. En Huevos, eso se materializa en un discurso formal coherente y sobrio, que solucionó imaginativamente el permanente traspase de presente a pasado que plantea la obra. En suma, la suya es una puesta en escena magnífica en intención, atmósfera y ritmo.

El elenco que interpretó Huevos estuvo integrado por once actores de edades, trayectorias, formación e incluso nacionalidades muy diferentes. Algo usual en el teatro en español que se hace en Miami, en donde para un director resulta muy difícil contar con un elenco mínimamente homogéneo. Eso inevitablemente da lugar a trabajos de niveles desiguales, y el montaje que aquí comento no fue una excepción. Aclaro, no obstante, que aunque en mi opinión el actoral constituyó el aspecto más débil del montaje, no cabe hablar de un desbalance notorio.

Por un lado, estuvieron los artistas más experimentados y veteranos. Personalmente, dos de ellos me causaron muy buena impresión. Una fue Micheline Calvert, muy convincente y rica en matices como Pastora. Su monólogo en la primera escena fue especialmente memorable. La otra fue Miriam Bermúdez (Elena), quien consiguió destacarse en la única escena en la cual interviene. Entre los más jóvenes, Enrique Moreno (Oscarito) supo proyectar, con sinceridad y mesura, las contradicciones y lacerantes heridas de un personaje víctima de unas circunstancias que escapaban a su comprensión. No puedo decir lo mismo de Liset Jiménez (Margarita), cuyo trabajo adoleció de rigidez y falta de desenvolvimiento escénico. A Carlos Alberto Pérez le tocó interpretar a Eugenio, un papel de mucho peso en la obra. Su trabajo es muy correcto y meritorio. Pero no alcanzó a darle el relieve exigido por el papel. Eso se hace evidente en el monólogo sobre los huevos que han aparecido ante la puerta de su casa.

Huevos bajó de cartelera sin haber logrado convocar a todos los espectadores que merecía. Algo muy de lamentar, pues se trata de una obra que refleja unos hechos que marcaron a las familias cubanas, y que, pese a los años transcurridos, siguen siendo un capítulo no cerrado, una herida aún sin cicatrizar. Unos hechos además que distan mucho de remitirse al pasado. Al final de la representación de la obra de Rodríguez Febles, los actores cedían el escenario a una imagen tomada en octubre del año que acaba de finalizar. Corresponde a la represión en Santiago de Cuba de una manifestación de las Damas de Blanco. Por supuesto, hoy no se tiran huevos como en el año 80, pues los huevos están racionados. Pero los linchamientos emocionales promovidos por el fanatismo religioso y la irresponsabilidad social continúan.