Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Los héroes… del otro lado del charco

Otoño de 2005, en algún remoto rincón del estado de New Hampshire

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Llegó el último, a media tarde. Todos los demás habían arribado desde mucho antes del almuerzo, algunos antes del desayuno. Aunque con dificultad por sus años, salió del auto sin permitir que lo ayudasen a sacar el envoltorio que había apretado contra su pecho durante todo el largo viaje. De entre los guardaespaldas que llenaban el portal, y se derramaban por todo el paisaje alrededor de la mansión, salieron un hombre y una mujer a recibirlo. El viejo solo atinó a preguntar:

—¿Ya llegó?

—No —le respondió la mujer. —De hecho, no creo que él venga en persona. Seguro envía a alguien de toda su confianza…

—Él vendrá —afirmó el viejo, mientras acomodaba bajo su brazo el envoltorio.

Los tres se encaminaron hacia la mansión. Bajo sus pisadas crujía la grava. Desde una ventana en el segundo piso alguien saludó al anciano, que solo atinó a asegurar un poco más el envoltorio. En la pequeña escalinata la mujer debió tomarlo del codo para ayudarlo a subir. En su chaqueta lucía el sello de la Cámara de Representantes de Estados Unidos de América.

—¿Qué trae ahí, una de sus pinturas? —le preguntó, cuando por fin llegaron arriba.

—Mi última pintura. Se la quiero regalar a él —respondió el viejo, y sus ojillos brillaron al hacerlo.

Después de dejar atrás a los últimos guardaespaldas penetraron en un amplio salón donde otros muchos, en su mayoría ancianos, también esperaban. A su llegada consiguió desviar el ritmo que hasta ese instante había mantenido la espera. A su alrededor llegó incluso a armarse un pequeño tumulto. Pero solo por unos minutos, al cabo de los cuales todos volvieron a sus conversaciones anteriores. Él se sentó entonces, en un sofá de terciopelo algo desvaído. La mujer le trajo una copa que el trató de sostener lo más alejada posible del envoltorio.

En algún lugar de la mansión un viejo reloj dio tres campanadas. La luz que atravesaba los espesos cristales de las ventanas disminuyó de manera gradual, a medida que el reloj avisaba el paso de las tres y media, de las cuatro, de las cuatro y media… En la pequeña habitación la expectación aumentó. Las conversaciones languidecían entre constantes miradas a los relojes de sus teléfonos o de sus pulseras, o a la puerta, o al camino de grava que desbordaba de guardaespaldas. Se iniciaban conversaciones forzadas, sobre cualquier tema, solo para no admitir que se desesperaba por su tardanza. Hubo incluso quien llegó al extremo de asomarse a las ventanas, a mirar afuera, al camino que se perdía a lo lejos, entre las brumas.

Solo el viejo permanecía en silencio, sin desprenderse nunca de su pintura envuelta de manera no muy artística.

Dieron las cinco, las cinco y media, las seis. La noche y las brumas se apoderaron de aquel pedazo perdido de mundo. Justo a las seis y media las luces de varios autos atravesaron en una mal concertada danza las ventanas de enfrente. En la habitación todos hicieron silencio. Poco después se escuchó crujir la grava bajo los pasos firmes de varias docenas de personas… voces de mando. En su sofá el anciano apretó con fuerza el mal envuelto cuadro.

La puerta se abrió y llegó él. Venía disfrazado de dictador latinoamericano, para burlar a los oficiales de inmigración. Todos comenzaron a aplaudir y a darle vivas, mientras él, rodeado de sus propios guardaespaldas, se dejaba adorar mientras le abrían paso. Avanzaba con su característico paso ligeramente aguajirado, y en sus zancadas se reconocía al hombre que ha nacido para mandar.

Como de costumbre, esa noche monologó largamente, hasta casi el alba:

—Compañeros, estamos aquí para rendirles el merecido tributo, porque sin ustedes y su sacrificio allá en Cuba no hubiéramos lograda la hazaña más grande de la historia de la humanidad: engañar durante cuarenta años al imperio más poderoso de la historia, a solo noventa millas… Compañeros, sin ustedes que se han hecho pasar por décadas por el enemigo mafioso, los revolucionarios cubanos no habríamos logrado lo que hemos logrado… ¡Honor y Gloria a ustedes!

Antes de marcharse, en medio de las lágrimas de los congregados, le entregó los rojos carnes del Partido a una familia que un lustro antes había actuado en un largo culebrón. Algo acerca de un niño cuya madre moría devorada por los tiburones en medio del Estrecho. El papel de ellos había consistido en intentar retener al niño en Miami en contra de la voluntad del padre. Todo un éxito para la estabilidad de su régimen, admitió satisfecho.

Fidel Castro se marchó poco antes del amanecer, con su estrafalario disfraz de dictador latinoamericano que lo asemejaba tanto a tantos otros, pero sin ningún cuadro en su equipaje.

Al cuadro y al viejo solo lo descubrieron los empleados de la firma encargada de la limpieza al mediodía siguiente, aún sentado en el mismo sofá de terciopelo algo desvaído. Según el forense el señor Luis Posada Carriles debió de haber muerto al atardecer del día anterior. Hubo que quebrarle los brazos para sacarle el envoltorio. Según el informe policial este contenía una pintura en que se reproducía de modo hiperrealista la explosión de un DC de Cubana de Aviación.


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