Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Literatura, Literatura Cubana, Padura

Los hombres y los perros de Leonardo Padura

El principal logro de esta obra: haber colocado un drama histórico en manos de gente común como las que cada día tropezamos en la calle

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Hace unos días, tardíamente y a los empellones que nos obliga el poco tiempo, terminé de leer El hombre que amaba los perros del escritor cubano Leonardo Padura. Se trata de una excelente investigación histórica animada por una narración francamente magistral en que el autor conduce tres procesos de vida: la de Trotsky en su exilio, la de los agentes estalinistas en su caza y la de un cubano común buscando una verdad desgarradora.

No sé en que medida esta novela pudo haber influido en la maduración de una cultura antitotalitaria en Cuba, como algunos críticos desearon en los primeros momentos. Como documento es fabuloso y Padura sabe aprovechar muy bien esa licencia que tiene la literatura para limitarse a mostrar donde otros tienen que demostrar. Pero no estoy seguro que para la población cubana, y en particular para los sectores intelectuales más jóvenes, estos relatos distantes en tiempos y espacios ofrezcan una conexión histórica con sus realidades. En última instancia siempre los dirigentes cubanos se parecieron más a Perón y Vargas que a Stalin y Breznev. Y nadie, salvo los cancerberos del aparato ideológico, se tomó en serio el asunto del marxismo-leninismo. Los cubanos actuales —jóvenes y menos jóvenes— se han acostumbrado a convivir con la arengas del materialismo dialéctico de la misma manera como uno acostumbra a conciliar el sueño en una habitación de un hotel barato con un aire acondicionado ruidoso: incorporando el zumbido al letargo.

Pero su valor ético es incuestionable. Como lo hizo Hannah Arendt en aquel retruécano intelectual que llamó “la banalidad del mal”, Padura no nos habla de monstruos insólitos, sino de gente común, creyentes que en algún momento fueron capaces de cometer los peores crímenes sin dejar de amar a los perros. Trotsky —quizás el único ser insólito de toda la historia— lo hizo cuando justificaba su actuación en Kronsdat como un crimen indeseable en función del bien común. Pero nadie fue tan convincente como Kotov-Leonid-Eitingon cuando explicaba la razón de su obstinada militancia:

“Al principio, porque tenía fe, quería cambiar el mundo, y porque necesitaba el par de botas que les daban a los agentes de la Checa. Después… una vez que entras en el sistema nunca puedes salir. Y seguí luchando porque me volví un cínico”.

Creo que este es el principal logro de esta obra: haber colocado un drama histórico en manos de gente común como las que cada día tropezamos en la calle. Y es ese toque de universalidad el que hace creíble lo que desde mi punto de vista es el principal aporte extra-estético de la novela: sus dilemas éticos entre la creencia y la verdad, entre el ser y la pertenencia, entre la lealtad y la complicidad.

Imagino que esos dilemas éticos debieron conmover a más de un cubano, funcionarios e intelectuales. Como Kotov, afrontan un sistema que no solo les pide el apoyo, sino además el alma, y eventualmente (aunque cada vez con menos frecuencia) les regala un par de botines. Y ante lo cual, también como Kotov, no tienen otra opción que recurrir a un discurso en que compiten fatigosamente el cinismo, el oportunismo y el acatamiento.

Al final, los protagonistas de cada proceso mueren aplastados por escombros. Trotsky por los escombros de un proyecto político a que empecinadamente llamó socialista hasta que un picoletazo le libró de la agonía de irse quedando solo. Mercader y Kotov, sepultados por mentiras y semiverdades que hacían posible potabilizar el lodazal de sus existencias. E Iván, descalabrado por el colapso de toda su vida que Padura concretó en el derrumbe del techo de su cuartucho ruinoso en Lawton.

Todos fueron víctimas de alguna forma de perversión de una utopía, probablemente porque es muy difícil que las utopías se libren de la perversión. Podrá argumentarse en contra de muchas maneras —el propio Padura se pregunta ingenuamente como y por que los sueños se trocaron en pesadilla— pero si invirtiéramos los términos de la explicación, no ha habido en el mundo monstruosidad de pantalones largos —fascismo, holocausto, colonialismo, estalinismo, revoluciones culturales— que no se haya alimentado con alguna forma de heroicidad utópica.

Creo que en los próximos días voy sentir haberme despedido tan pronto del medio millar de páginas de Padura. Voy a extrañar las cuitas deliciosamente narradas en torno a la casona de Viena y Río Churubusco, que tantas veces me transportaron a los tiempos envidiables que he pasado entre sus muros, hablando de la vida con los cuenteros de Coyoacán e imaginado a Trotsky y a Natalia andando entre rosales y conejeras vacías. Creo que Padura consiguió un libro que llegó para quedarse y que demuestra que la literatura sirve, como decía Sartre, para que la rebelión humana sobreviva a los destinos individuales.


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