Actualizado: 19/06/2019 13:53
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Cuba, Literatura, Pintura

Los Infieles Difuntos

La batalla por preservarnos como cultura la estamos perdiendo en ambas orillas

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Basta llegar al exilio —que algunos consideran el Paraíso— para darse cuenta de que se nos ha ocultado un inframundo, un nivel subterráneo de existencia —o mejor, de inexistencia—, donde vagan, en pena, muchas almas culturales cubanas esperando el día de su “merecido ascenso”, como diría el gran Eliseo Diego. Ascenso al lugar que por naturaleza les corresponde, la cultura toda; merecido, porque la expresión del arte es única e irrepetible, y se coloca, por sí misma en la esencia de la nación; nada ni nadie tiene derecho a establecer por decreto lo que es y lo que no es “cultura nacional.

Cuando alguien medianamente cultivado abandona la Isla y llega a la otra “dimensión” de la existencia cubana, aún le esperan otros desencantos; si conserva cierta sensibilidad, sabrá con tristeza de cientos de creadores que han dejado de existir en Cuba —y continúan produciendo, muy vivos. Y será así como el que no estaba muy convencido, quien dudaba todavía su decisión, o estaba solo guiado por intereses económicos, se da cuenta de haber vivido en una “Matrix cultural”, en un entramado virtual habitado por seres de una sola idea. Tras el desencanto, la ira… ¿Cómo un gobierno puede darse el derecho de poseer todos los medios de comunicación y decidir quiénes sí y quienes no son promocionados en pleno siglo XXI? ¿Estaremos de vuelta al Medioevo, mil años atrás, con aquellos juglares y bufones que si no entretenían al Rey perdían, literalmente, la cabeza?

Lo paradójico, diríase risible sino fuera por lo cruel del asunto, es que hasta surgir la democracia de las redes sociales y la Internet, unos podían leer libros prohibidos, oír música censurada y disfrutar obras plásticas licenciosas, y otros no. Para los funcionarios del régimen, algunos humanos estaban “preparados” para resistir cual odiseos ideológicos una canción de Celia Cruz o de Olga Guillot, una novela de Guillermo Cabera Infante o Reynaldo Arenas, un cuadro de Tomás Sánchez. Otros, los menos dotados, debían resistir amarrados al mástil revolucionario, con ojos, oídos y bocas tapadas, la “guerra cultural” del imperialismo. Cuidar la “pureza” revolucionaria amarrando la tripulación era —es y será— prioridad. Por increíble y antinatural que nos parezca, ese sigue siendo el pensamiento rector de la cultura nacional en la Isla.

El engaño, el ocultamiento de nuestra historia, es lo que más molesta y al final, convence; es lo que hace a la diáspora algo definitivo: solo cuando se sale de Cuba por contrariedades del espíritu, y no solamente por carencias materiales, es que se puede ser verdaderamente libre.

II

Hace años, en la entrega de guardia de un hospital habanero, el departamento de admisión no reportaba ningún fallecido mientras el departamento de anatomía patológica indicaba una necropsia en la madrugada, o sea, un fallecido. La discusión escaló a nivel de solar, con insinuaciones y ataques personales hasta que el director —hoy vive en Miami— preguntó si el difunto aparecía en algún papel oficial esa mañana. Ambos, los de admisión y los de la morgue dijeron que no, que aún nadie había visto el certificado de defunción. Entonces, el jefe dijo: “Pues bien, si no hay documento, no hay muerto. En este país, como ustedes lo saben bien, la muerte es social, no física”.

La anécdota, real, es extensible a todo el universo cubano, incluyendo el mundo de la cultura. Nadie sabe con certeza si está en la morgue —difunto, para los censores—, o todavía no ha llegado a la oficina de admisión —oficialmente muerto para los medios. Sucede, con frecuencia, que el difunto cultural es el último que se entera, y solo por curiosidad; en una tertulia donde comparte con sus propios asesinos; o en el mejor de los casos, en una escueta comunicación que niega el permiso para exponer una obra, proyectar una película, retrasar el lanzamiento de un libro. Los sicarios culturales pocas veces —excepcionalmente— dan la cara.

También hay formas de escapar al Purgatorio Intelectual. Se han dado pocos casos, y solo en ocasiones especiales, una de ellas, precisamente, en aquellos primeros días del “Periodo Especial en Tiempos de Paz”, cuando la nave teórica marxista hacia aguas bajo el impacto del torpedo de la práctica social. No había realismo socialista ni ilustración eslava que salvara la cultura “tropical-revolucionaria”. Rápidamente, empezaron las plegarias y las indulgencias para reflotar las almas insepultas del nacionalismo criollo, esas que vagaban por las bibliotecas, incluyendo la Nacional, los archivos empolvados y tristes, por la Iglesia Católica y algún que otro instituto de investigaciones sin importancia.

No deberían juzgarse aquellos infieles resurrectos. Tampoco mencionar nombres. Algunos intelectuales “siquitrillados” por católicos, homosexuales, “gusanos” y “pro-yanquis”, creyeron que, al desenterrar el verdadero José Martí, rescatar a Lezama, prologar a Lino Novas Calvo y publicar el mejor Jorge Mañach, hacían actos de justicia histórica, de compromiso con las generaciones de cubanos que estaban por nacer. Para ellos era la oportunidad de recomponer la catedral de la cultura cubana, tan mestiza como diversa, y bien valía una ofensa. ¿Sirvieron los infieles resurrectos para salvar el momento ideológico más crítico de la llamada Revolución Cubana? Sin duda. Pero no es muy sano juzgar los propósitos de los demás cuando se ha abandonado la defensa de los propios.

III

Cuando se habla de cultura como Espada y Escudo de la Nación… ¿De qué se trata? ¿De la que ha cortado la cabeza a cientos de creadores, e inducido el suicidio de no pocos asesinando su reputación y prohibiendo sus obras? ¿Cuál escudo? ¿El mismo que no deja entrar a las páginas digitales “contrarrevolucionarias” porque expresan ideas, historias diferentes, opuestas? ¿Es el capitalismo una “subcultura” que debe ser combatida a muerte? ¿Por qué? ¿Con que argumentos? ¿Habría que luchar contra el capitalismo que ha sacado a cientos de hombres y mujeres de la pobreza en 300 años, o contra el llamado socialismo, que en apenas 100 exterminó y empobreció a cientos de millones? ¿Debe desaparecer el “horroroso capitalismo” que nos dado en apenas tres siglos más avances en las ciencias, la tecnología y la cultura más que en toda la historia de la Humanidad? ¿O debe defenderse el socialismo “sustentable” que en los cuatro puntos cardinales y en apenas una centuria todo lo que ha tocado está destruido, entristecido?

La guerra cultural, al menos en Cuba, la tienen los funcionarios entre ellos mismos. Es entendible como proceso; en la medida que traten de avanzar reformas de economía de mercado, liberalizar las fuerzas productivas, fomentar inversiones extranjeras y modernizar la infraestructura de comunicaciones y servicios, se “cuela” el fantasma del capitalismo y su cultura, de indudable pragmatismo y cierto individualismo liberal. La difícil tarea que se le ha dado a los ideólogos de la cultura insular es mantener la esperanza de un futuro incierto sin cambiar las reglas del juego —el control casi absoluto de los medios de comunicación y de expresión artística; reciclar viejos paradigmas nacionalistas despojándolos de toda contextualización —sin importar medio siglo de obsolescencia; y rescatar del Purgatorio Intelectual todas las almas infieles posibles, sin que sea necesario elevarlas al Cielo Cultural revolucionario.

La llamada “guerra cultural” del régimen tiene, además, otros poderosos enemigos. Uno es su propia sombra; una tropa en la primera línea de defensa diezmada por los escándalos, las luchas intestinas por viajes y becas —casi la única manera de comer, y comer bien—, los abusos de poder y, sobre todo, por la muy escasa producción de arte genuinamente revolucionario, una tarea que, paradójicamente, están haciendo los escritores y artistas opositores al régimen, incluso dentro de Cuba.

El otro enemigo a derrotar es la democratización de las redes sociales y la aldea global digital. Es cierto que mucha bazofia se publicita como “cultura” en Internet. Pero eso es precisamente la democracia: aprender a convivir y tolerar lo que piensan y sienten los demás. Es la democratización de la comunicación lo que ha hecho inservible el “scriptorium revolucionario”, un lugar desde donde salían las copias autorizadas, y las “peligrosas” eran celosamente guardadas de la vista pública. Hoy con un poquitín de esfuerzo y curiosidad, cualquier isleño puede leer la obra de Reynaldo Arenas y de Cabrera Infante, podrían disfrutar la “primada censura”, PM, o bajar música de Celia Cruz, y ver la obra plástica del joven Tomás Oliva, o del otro Tomás, Sánchez.

IV

La llamada guerra cultural argüida contra la Revolución no tendrá vencedores ni vencidos; o tendrá un solo vencido: la cultura cubana. No es una batalla ni siquiera de ideas. Y debería ser, en todo caso, una lidia para hacer mejores seres humanos, mejores cubanos, y no esclavos. Y esa batalla por preservarnos como cultura la estamos perdiendo en ambas orillas. En un borde porque la cultura no admite ideologizaciones, partidismos, pues deja de ser arte para convertirse en propaganda. En la otra orilla, y salvo raras excepciones, porque las expresiones culturales han sido pobres; la cultura, como las plantas, tiene su raíz en ciertas tierras; si se trasplanta, pierde la originalidad primigenia.

Quien visite Miami hoy día puede darse cuenta de los muchos esfuerzos que hacen instituciones culturales, estaciones de radio y televisión, prensa plana, bibliotecas, teatros y universidades por continuar publicitando y produciendo arte cubano. Pero, y aquí es una opinión personal, el arte de los cubanos fuera de la Isla “no sabe igual”. En el exilio se tienen los recursos económicos y sociales para proteger y promocionar los artistas, como han hecho algunos mecenas como Jorge Pérez. Pero el asunto no es de dineros, sino de una rara combinación de clima, olores, colores y sabores que necesita el creador para realizar su obra. Aunque Martí, Villaverde y Heredia lo escribieron casi todo fuera de la Isla y en tierras del Norte, es difícil encontrar en el Sur de la Florida y en estos tiempos obras de tal magnitud. Salvo la narrativa trunca de Guillermo Rosales y otros escritores de la llamada Generación del Mariel —quienes al emigrar ya tenían una breve, pero consistente carrera literaria—, es bien poco lo escrito, filmado y esculpido en la Ciudad del Sol. Eso explica por qué uno de nuestros mejores novelistas actuales siempre firma sus obras en Mantilla, y Wendy vaya dando guerra sin abandonar su Habana natal.

Tampoco será suficiente, para “ganar” la batalla cultural, atrincherarse en ferias del libro, festivales de cine y de teatro, galas y representaciones infantiles de temas de adultos, cuando la gente no tiene para comer o vestirse decentemente. Del mismo modo, no basta seguir decretando la resurrección de quienes infieles cierto día, ahora se les devuelve a la vida cultural en una oportunista operación de sobrevivencia. Ni los creadores ni sus destinatarios pueden crear valores trascendentes —la creación es un proceso circular—, en medio de la miseria material, entre la anhedonia y la lucha por la sobrevivencia. El pintor de Altamira probablemente dibujó el bisonte después de haberlo comido varias veces, nunca antes.

Llegados pues a este punto, y cual druidas del Caribe, pidamos al Dios Samhain un final feliz para una cosecha tan desastrosa; que el antiguo ritual celta abra un nuevo año en la cultura cubana sin infieles ni difuntos.


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