Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Memorias de la Revolución, Literatura, Narrativa

Los libros perdidos

CUBAENCUENTRO continúa su sección de narrativa cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Una librería de Boston ofrece un ejemplar de Canción de Gesta de Pablo Neruda por $2.500[1]. Para justificar el precio destaca que es uno de los 50 ejemplares numerados a mano, de la edición de 25.000 en papel Guarro, hecha por la Imprenta Nacional de Cuba. Luego de señalar que el libro está dedicado por Neruda a Guillermo Cabrera Infante, añade que “es la primera edición de esta colección de versos publicados en celebración del segundo aniversario de la ‘gloriosa revolución’, con la esperanza de alentar a los oprimidos de Latinoamérica y el Caribe para que se revelen en contra de sus opresores”. Más de un misterio rodea a un libro tan breve. El primero es su procedencia. Llamo a Cabrera Infante y me dice que no sabe cómo el ejemplar fue a parar a Boston. Toda su biblioteca quedó atrás cuando se fue, al cuidado de su padre, ya fallecido. Tampoco piensa recuperarlo, pagar una suma exorbitante por un regalo que ya no le pertenece. Me pregunto si alguien estará dispuesto a gastar tanto por dos firmas y un poema pasado de moda (meses después sabré que sí y conoceré el nombre del comprador y años más tarde el hecho servirá para darme cuenta de lo cerca que en aquel momento aún estaba de Cuba y de mi desconocimiento, arrastrado desde la Isla, de que tarde o temprano todo hecho histórico termina en mercancía). Pienso entonces que se trata de una pérdida irreparable. No hay ley Helms-Burton que la contemple. Mi ignorancia me lleva a encontrar otro misterio en la venta. Reviso el catálogo y encuentro detalles reveladores. Al referirse al año de publicación del libro, el librero adopta el tono del conferenciante: “Este es el año en que el primer libro del propio Cabrera Infante sería publicado (...) Aunque en este momento su vinculación con la revolución no había comenzado a deteriorarse (...) pronto entraría en conflicto con la opresión cultural del régimen castrista y cinco años más tarde abandonaría el país definitivamente. A su partida, como ocurrió a muchos de sus compatriotas, se vio obligado a abandonar su biblioteca”. Termina el párrafo, sin embargo, hablando como un vendedor: “Es extraordinaria la supervivencia de este texto, que recoge un momento de optimismo histórico raramente igualado en nuestro hemisferio; y su aparición instantánea, para ser rescatado por nuestro proveedor, es un hecho de naturaleza insólita”. En ese cambio encadenado, en ese recorrido en pocas líneas de la épica a la publicidad, se encierra la historia de mi país. Descubrirla en un catálogo de libros raros, tener que abandonar mi patria para toparme con ella de forma arbitraria y sorpresiva es otro misterio, que en su revelación transforma a los anteriores: la pérdida y la compra adquieren un carácter siniestro. Que el libro esté dedicado por uno de los más grandes poetas de este siglo a uno de los mejores novelistas cubanos no solo sirve para que un librero busque una ganancia sustanciosa. Lo que recibo de la mano amable de un vendedor inteligente es la realidad cubana en su forma más cruda: la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959. El día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. La revolución como un dios arbitrario. Un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y la clase media baja; que les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Que nutrió el sadismo latente en los desposeídos y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, pero que al mismo tiempo intensificó su masoquismo, al establecer como principio la aniquilación del individuo en el Estado, y vio en ello satisfacción y gozo. Un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios. Una patria que solo ofrece a sus hijos la satisfacción emocional que se deriva del embrutecimiento, la envidia, el odio y el delito compartido. Una ideología que alimenta el patriotismo como un sentimiento de superioridad, pero que en cambio practica la entrega total del país al mejor postor. Un intento despiadado de manipulación masiva, de no darle tiempo a nadie de percatarse que su vida ha sido empobrecida cultural y económicamente. Un gobierno que publicó libros como nunca antes había hecho otro, que permitió adquirirlos por montones, para luego tener que abandonarlos por montones también. Recordé cuando en Cuba asistía a las librerías de viejo semana tras semana, en muchas ocasiones día tras día, y poco a poco fui llenando la casa de libros con firmas y cuños que creía nada tenían que ver conmigo: profesionales que habían abandonado bibliotecas de tomos encuadernados, dejando los libros a criados fieles o a parientes menos ricos que a su vez los entregaban a parientes más pobres que a su vez los daban a sus hijos, vecinos y amigos que a su vez los vendían cuando les llegaba su turno de irse o en momentos de apuro; manchas que era mejor no intentar borrar por miedo de dañar las páginas; obras caídas en manos de escritores, estudiantes y visitantes extranjeros, que se deshacían de ellas porque ya no les interesaban o porque ya no les interesaba el país; volúmenes que afortunados del momento habían encontrado en la casa entregada y que no sabían qué hacer con ellos. Textos leídos o nunca abiertos. Maravillas adquiridas por centavos. Ediciones que los libreros tenían orden de decomisar, que en medio de un montón diverso echaban a un lado sin pagar por ellas y que luego llegaban a mis manos a cambio de una cajetilla de cigarros. Así fui creando una biblioteca fruto del abandono, la desidia, la desesperación y la rapiña, hasta que un día me tocó mi turno de abandonarla; de que volviera a su origen lo que para mí había sido motivo de sorpresa, alegría y entusiasmo. Luego conocí a un poeta de visita en Miami. Me dijo que tenía en Cuba varios libros que habían sido míos, adquiridos en una librería de viejo de la calle Reina. Se cerraba un círculo propio, pequeño e íntimo, en la espiral del desaliento que es la realidad cubana. En La Habana, en Londres o en Boston otros círculos esperan, implacables, que llegue el día en que puedan cerrarse.



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