Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Ventana del Lector, Eliseo Alberto

Los muertos que uno quiere

Era con su voz y sus historias que intentaba enseñarme a robarme el día a día con un poco de alegría a como diera lugar

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Quiero “escribir los versos más tristes esta noche”, pero no sé cómo hacerlo. Recibí la noticia por terceros, pero no pude acercarme al ordenador a confirmarla, hasta el día siguiente. No quería saber, no quería enterarme…

Conocí a Lichi hace muchos años y desde el primer instante descubrió mi miedo a la vida, que él percibía sonriente con el mayor cariño del mundo y unos ojos picarescos que decían, al parecer, “Ya se te pasará”.

Recuerdo sus abrazos, que apenas cubrían mis hombros, y su mano pesada siempre en uno de los dos.

Recuerdo las conversaciones en el portal de G y 21, cuando nos ayudaba a atravesar, otra vez, un nuevo apagón, mientras La Habana se sumía en una oscuridad decretada por un régimen que no había sabido gestionar la riqueza que, según ellos mismos, generaba el pueblo cubano en el exitoso proceso dirigido por un plan quinquenal que nadie se creía.

Era con su voz y sus historias que intentaba enseñarme a robarme el día a día con un poco de alegría a como diera lugar. No lo entendí.

Recuerdo de su casa de E, el patio, con la buganvilia que yo tanto adoré, y no se me olvida su cocina en la que todavía no se había inaugurado como el gran chef que luego fue.

Y su cuartico, humilde como otros muchos que he visto… con pequeños objetos de cerámica que inundaban la estancia y paredes llenas de humedad, que la alegraban.

Se había creado un entorno muy curioso en el que se podían encontrar libros olvidados, una herradura, el óleo de un pintor cubano, junto a dibujos de su hermano Rapi y fotos de familia.

Pero sobre todo recuerdo su conversación, que igualo solo a la de quien fue un hermano para él, Joaquín Ordoqui (hijo), quizá porque estuvieron tan unidos en su infancia, lo que se me reveló mucho después.

Escuché maravillada al gran escritor, pero no percibí nunca el mensaje tan humano que me enviaba: “Vive la vida”, que en su propia existencia se tradujo en conciliar, dar amor, ser un padre inmenso, crecer como ser humano y, sobre todo, resistir la vida con humor.

Sí tuve empatía con sus amarguras, por su amor por Cuba, la nostalgia de lo perdido, la calle que nos arrebataron…

Y cuando leí en La Habana, como algo prohibido, su Informe contra mí mismo, concluí que nos habían despojado de muchas de las referencias culturales de nuestro país.

Pero fue La eternidad por fin comienza un lunes, unas de sus maravillosas novelas, la que hizo volar mis alas. Los personajes de las lesbianas me hicieron más libre y comencé a soñar que podía ser yo misma en una Habana que, para él, ya había desaparecido.

Tampoco lo entendí en ese momento…

Y es que hace falta mucha fuerza, un extraordinario ejercicio, para mí, de individualidad, para al cabo del tiempo, ser, incluso en el exilio, uno mismo.

Le doy gracias a Lichi por ser él siempre.

Le agradezco que quisiera enseñarme desde hace muchos años cómo existir.

Y, sobre todo, aprecio sus últimos tres años en que me mostró que con la decencia, el humor y el cariño se puede sobrevivir a todas las tempestades, en la vida y en la muerte.

Espero haber conseguido aprender a hacer eso que yo creo él me decía con su ojos y su sonrisa, y que también decía mi madre: “Vive la vida”, y sé valiente para defender tus ideas y, al final, tener la compostura y el humor de nuestro querido Lichi.

Tú, para mí, Lichi, no estás muerto, porque “los muertos que uno ama nunca mueren”.


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