Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Literatura, Lectura de Verano

Los náufragos

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Para Arturo y Demi, en el “Congolo”

“Hay almas que en el fuego se purifican, otras que se consumen.”
Santa Teresa de Ávila

1

El paciente numero 68, hoja clínica I-68, está lo suficiente medicado para estar sentado sin camisa de fuerza. Las pupilas están ligeramente dilatas. Me pide una lata de Coca-Cola y se la facilito. La abre, se toma un trago del refresco y sonríe ligeramente. Parece que esta dispuesto a hablar. Prendo la grabadora y comienzo mis preguntas.

¿Cómo te llamas?

enrique hurtado.

¿Lugar y fecha de nacimiento?

marianao la habana cuba once de septiembre de 1955.

¿Profesión?

fui a la escuela de comercio y me gradué de contador público.

¿Estado civil?

huérfano viudo y sin hijos.

¿Por qué te fuiste de Cuba?

necesidad de libertad no se podía vivir pensar comer criar hijos soñar.

¿Cómo saliste de Cuba?

en una balsa hecha de llantas y palos y soga con mi mujer mis hijos mi madre y el perrito de mi madre.

¿Cómo llegaste a los Estados Unidos?

nos rescató un guardacostas norteamericano ya para ese entonces éramos solo mi mujer y yo.

la vieja el perrito mis hijos ya se los había tragado el mar.

¿Cómo se adaptaron tu mujer y tú a la nueva vida en los Estados Unidos?

yo trate yo trate pero ella no no podía no podía más un día no aguanto mas y se tiro por la ventana y yo yo ya no puedo más no puedo no puedo no puedo más

¿Por qué estas aquí Enrique, que te pasa?

coño doctor usted es medio comemierda yo estoy aquí porque estoy loco porque ya yo no puedo más todo me duele estoy rodeado por un mar lleno de tiburones y todo el mundo se ahoga o se los comen los tiburones a mordidas y todo el mar se vuelve rojo y me duele la vista y hace días que no voy al baño que no cago y estoy mareado y quemado de llevar tantos días perdido en el mar y ya me cansé de rezar y total si dios ya no se acuerda de uno y la virgen del cobre nos mando al carajo ella también se fue para Miami y dejo a los tres juanes como tres balseros comemierdas perdidos en alta mar y esa isla y esa miserable isla que no se hunde en el mar de una vez y fidel sigue jodiendo es un viejo y sigue jodiendo y no se va a morir nunca va a seguir jodiendo hasta que el último de los exiliados se muera enterró a mas canosa y va a enterrar a todo el mundo el tiene un pacto con el demonio o peor es un gallego de mierda y va a enterrar a todos sus enemigos como lo hizo franco y hay qué dolor doctor qué dolor doctor qué dolor qué dolor.

Enrique, cálmate. ¿Te acuerdas de la Cuba de tu niñez?

no existe dejó de existir hace mucho tiempo es una pocilga una taza de baño donde se caga fidel una isla llena de gusanos de carne podrida de muertos y tribunas y consignas y flores y retratos enormes gigantescos del che de camilo de fidel todos una partida de hijos de puta de asesinos de ladrones de traicioneros esa revolución iba a ser más verde que las palmas y total mierda mierda y más mierda ay que dolor doctor que dolor que dolor que dolor no puedo más no puedo no.

Al paciente se le ha dado una inyección de un calmante fuerte y se le ha llevado a su cuarto a descansar. Padece de depresión, de ataques sicóticos, de ataques de pánico, de una angustia verdaderamente virulenta. Eso sí, se derrumba, pero no ha tratado de suicidarse como su difunta esposa. No puede más, sencillamente no puede más, la vida lo ha golpeado tan fuertemente con las muertes de sus hijos, de su madre hasta del perrito de su madre, y claro, arriba de todo esto, llegan a los Estados Unidos y su mujer se suicida y el ya no puede más. Y aquí esta en el pabellón psiquiátrico del hospital y yo porque hablo español término siendo su psiquiatra ya que el infeliz no habla inglés. Y lo comprendo y me lleno de terror porque sé que es normal que uno se derrumbe frente a los golpes, las brutalidades de lo que llamamos vida. Y pienso. Pienso que yo me hubiera tirado por la ventana como su mujer. Si hubiera sobrevivido en esa balsa, si hubiera perdido mis hijos, mi madre. Y la boca se me vuelve amarga, agria, y siento como que esa amargura se me concentra en el corazón y me llaman por el altoparlante y voy al teléfono más cercano y hablo con mi tía y me dice que mi abuela se esté muriendo, que esta noche si, que la vieja va a cantar el manisero, que la ambulancia se la acaba de llevar y que va para el hospital católico del pueblo y yo soy psiquiatra en el otro hospital, en el público y quiero ir a ver a la vieja, pero no puedo, estoy de guardia. Hoy me toca ser el pararrayos de locos y me acuerdo que cuando yo era chiquito, la vieja, mi abuela, decía que yo tenía el temperamento para ser cura: sereno, compasivo, atento a lo que decían los demás, y terminé de psiquiatra. Al fin y al cabo, ser psiquiatra a finales del siglo 20 es como ser cura: escuchas, sientes compasión y tratas de dar consuelo. No puedes perdonar, ni salvar y Dios no existe para ayudarte con el tormento de las almas, pero tratas, eso es todo, tratas. Yo trato de ser psiquiatra y a veces me estoy sosteniendo a mí mismo por un hilo. Veo a los pacientes, como quemados por dentro, las mentes, las almas, eso que es la vida interior de cada ser, en plena convulsión y quiero ayudarlos, quiero curarlos y la mayoría de las veces ni siquiera me acerco a curarlos, lo más que hago es darles una inyección que los calma, que les trae el sueño, que les permite dormir, descansar, dejar en casa del carajo el tormento de estar vivos, la tortura de estar locos porque la vida ha sido tan brutal que ya no pueden más y algo se rompe en sus adentros y ya es imposible cualquier tipo de arreglo, se jodieron y ya. ¿Y dónde coño está Dios metido? ¿Dónde están sus milagros cuando más los necesitamos? Pero somos al fin y al cabo los mendigos de la historia, los perdedores. Los del lado del mal histórico, los gusanos, los lame culo de los yanquis, los que no tenemos derecho a nada excepto una membresía anual a la fundación cubano-americana y si triunfamos financieramente, una casa con piscina en Coral Gables. Dios se ha ido, se fue para el carajo, para su propio exilio, ya no aguantaba más, ya no podía escuchar ni una oración más de un cubano pidiendo la libertad de Cuba o que la familia pueda salir de ese infierno que es Cuba. No, no, ya Dios no podía escuchar ni una oración más.

Mis sueños, los sueños de un psiquiatra:

Palmas

Putas

Aviones que se caen en el golfo de México

Tiburones barbudos que cantan con la voz de Rolando Laserie

Los políticos del exilio hablando mierda

Los políticos de la isla hablando mierda

Todos los políticos comiendo mierda

Una taza de café con leche que canta “Tu Voz” con la voz de Celia Cruz

La muerte en bicicleta

Yo desnudo y mudo

Yo cagando y fumando y cantando el himno nacional que me lo enseño la señorita Arminda mi maestra de kindergarten

Yo desnudo con la pinga parada

Yo singándome la enfermera de guardia que es una mulatica boricua con las tetas paradas y duras y los pezones oscuros y dulces

Yo antes del divorcio

Yo después del divorcio

Yo siendo cualquier cosa menos cubano

Yo feliz con mis locos curando al que pueda y consolando al resto

Yo sin Cuba

Yo libre de Cuba

Yo libre

Yo

Mis sueños obviamente no son nada más que una diarrea narcisista mezclada con el usual complejo cubano. Vuelvo a los locos, mis locos, vuelvo a la realidad y me alejo de mí mismo.

Este fin de semana tengo que ir a un banquete patriótico.

2

Hay que mirar este fenómeno con la objetividad y frialdad de un sociólogo. Dicen los observadores que conocen del asunto que el mínimo horario de duración es de cuatro a cinco horas. Los oradores siempre están sentados en la tribuna, donde comen, beben y conversan en lo que esperan su turno de hablar. Los discursos comienzan después de las presentaciones de los distinguidos personajes que están en la tribuna. Entonces comienzan los discursos, los cuales van aumentando en retórica y duración.

Es decir, los primeros en hablar lo hacen brevemente, unos diez o quince minutos, y así va aumentando la duración de los discursos a veinte, veinticinco, treinta, y por ultimo, el orador más importante, el orador estrella, habla por unos cuarenta y cinco minutos, a veces por casi una hora, dependiendo de las interrupciones de aplausos por parte del publico, y de cómo la euforia o esa emoción desencadenada que padecen los exiliados —una mezcla de nostalgia con deseos apocalípticos de regresar— se palpa en el publico. Es importante notar que durante el plato fuerte de la noche —casi siempre lechón asado o filete miñón— cesan los discursos para que la digestión del público sea suave, sin interrupciones digestivas causadas por extremos de emoción. Es en ese momento —el del plato fuerte— cuando suceden una de las dos cosas: o ponen música nostálgica de la “Cuba de ayer” como danzas de Cervantes, Celia Cruz y la Sonora Matancera, etc., o un recitador declama versos del Cucalambé, de Martí o de José Ángel Buesa. No se permite la declamación de poetas que de una forma u otra apoyaron o apoyan al régimen de Fidel Castro. Si alguien comete el error de recitar a Nicolás Guillén o a Eliseo Diego o a Dulce María Loynaz, bueno, me imagino que le gritan, se cagan en su madre o le tiran tomates o algo por el estilo. Claro que el equivalente de esto en Cuba seria si alguien se atreve a leer un trozo de prosa de Guillermo Cabrera Infante desde la tribuna de la Plaza de la Revolución. Sí, sí, esa misma plaza que era antes del 1959 la Plaza Cívica, sí, sí, la misma donde se encuentra la raspadura y la escultura del Martí de Sicre. Bueno, basta ya de digresiones. Volvamos a nuestro tema. El declamador o la declamadora recita su programa de manera pausada, para que él publico tenga suficiente tiempo para comer el plato fuerte, el cual esta inevitablemente acompañado por arroz blanco con frijoles negros, yuca con mojo y platanitos, estos últimos fritos si son dulces, tostones si son verdes.

Los expertos me aseguran que los declamadores vienen en dos tipos. O mujeres ya entradas en edad, sencillas y distinguidas y con una dicción impecable, o hombres jóvenes, ligeramente afeminados, vestidos de manera un poco exagerada y con una dicción tras la cual se detecta cierto dejo del ingles. Las mujeres son en su mayoría viudas y necesitan la miserable paga que les da la asociación patriótica que patrocina el evento. Todas tratan de una forma u otra de imitar a la gran Carmina Benguria. Pero esto es imposible. La Benguria era única y todo su ser reflejaba la gloria, la integridad de otra época. Época que no se ha reproducido en este exilio de mierda. Los hombres declamadores son en su mayoría maricones, a quien algún profesor de literatura les cogió el culo al mismo tiempo que fueron introducidos a Rimbaud, al Corydon de Gide y a la santísima trinidad de la literatura homosexual cubana: Lezama Lima, Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas. Estos hombres que declaman, también necesitan la paga, la miserable paga que les da la asociación patriótica que patrocina el evento. No por ser viudas necesitadas como las mujeres que declaman, sí por ser eternos estudiantes de literatura y muertos de hambre, también eternos, que llevan un average entre seis y ocho años sin terminar el doctorado en New York University. Se declaman los versos del Cucalambé, de Martí, de ese gran poeta que fue José Ángel Buesa, y el público se come el lechón asado o el filete y la yuca y los platanitos y el arroz blanco y los frijoles negros. Y entonces viene el postre —casi siempre se puede escoger entre dulce de coco o cascos de guayaba o flan o el helado ese que le han puesto dulce de leche— y después el cafecito. Y entonces los discursos adquieren un ritmo casi a lo Beethoven: dramáticos, profundos en sus mejores (aunque breves) momentos, histriónicos e histéricos (por desgracia) la gran mayoría de las veces. Se llora, hasta se grita. Me aseguran los expertos que grandes oradores han logrado una especie de orgasmo colectivo por parte del público. La noche termina con el himno nacional casi siempre cantado a capela, por todos los participantes. El público vuelve a su vida de siempre: a trabajar como mulos, a soñar con volver a Cuba, y a esperar que algo suceda, casi siempre la muerte antes del regreso. Y los patriotas profesionales abandonan la tribuna, algunos con más dinero en el bolsillo, otros más pobres que nunca. Mintiéndose mutuamente o viviendo a costa del futuro, que no es vivir al fin y al cabo. Y los viejos entre los patriotas profesionales viven resignados, aceptando que los nietos no hablan español, y que para ellos Cuba no será nada mas que un futuro lugar de vacaciones, y que los hijos, si, si, hablarán español, pero para ellos hablar de Cuba es hablar mierda, y ellos han soñado el sueño americano y respirarán el American Way todos los días de sus vidas.

Claro que la cena patriótica que acabo de describir, es en términos generales una cena patriótica de las tantas, de las comunes y corrientes. Me aseguran los expertos estudiosos del tema, que en Miami, mucho más que en Union City o Elizabeth, New Jersey, ha habido cenas tan extraordinarias y alucinantes que una película de Federico Fellini es el más ordinario evento comparado con una de estas cenas patrióticas. Claro que una de esas cenas extraordinarias y alucinantes se puede convertir en una verdadera pesadilla dantesca llena de muertos. Eso fue lo que sucedió en la cena dada en ocasión de la muerte de uno de los grandes patriotas profesionales del exilio. El fulano, cuyo nombre no escribiré en estas páginas, murió tras una larga y penosa enfermedad, después de haber logrado una gran fortuna en bienes de raíces y construcción de malls o shopping centers, y después de haber sido uno de los fundadores de la poderosa Fundación Súper-Patriótica a favor de la Democracia y el Capitalismo en Cuba. En la cena patriótica después de su muerte se reunió lo más selecto del exilio cubano, con la excepción de algunos cubanos de New Jersey, los que en su mayoría votan demócrata y son un poco escépticos en torno a las absolutas posibilidades salvificas del capitalismo. En fin, dicen que se habló con tanta y feroz intensidad, que uno de los oradores planteó la posibilidad de que si un avión llevando a Fidel Castro a una reunión de la Naciones Unidas se cayera en pleno

Miami . . . bueno, él público en plena histeria orgásmica comenzó a gritar que practicarían el canibalismo, comiéndose a Fidel Castro, vivo o muerto, pedazo por pedazo. Y así fue como comenzó la pesadilla, con orador tras orador diciendo las cosas más irreales y barbáricas dichas en cualquier parte del mundo, hasta el punto que él último orador, un mengano cuyo nombre tampoco escribiré en estas paginas, se puso literalmente a hablar mierda y no podía parar. Chorros de mierda salían por su boca, más para él público era como si fuera un perfume de rosas. No se daban cuenta y la mierda salía a chorros, a cantaros, y nadie se movía de sus asientos, estaban estupefactos, petrificados en sus asientos y la mierda seguía saliendo de la boca del insigne orador y este no podía cerrar su boca por mas que trataba. Y la mierda subió a los tobillos, a las rodillas, a las cinturas, a los torsos, eventualmente a los pechos, a los cuellos, narices, ojos, frentes. Y todos, más de ciento cincuenta personas, todos, murieron ahogados en una diarrea patriótica. Así lo describió el titular del Miami Herald: Hundreds of Prominent Cubans Drowned in Mysterious Circumstances. Bueno, es que los americanos son muy finos y no querían escribir “Cubanos Ahogados en Mierda.”

3

El tipo se levantó temprano. Dormía encuero, así que no tuvo ni que quitarse la piyama y se metió directamente en la ducha. Bien caliente primero, después bien fría, así se despierta el cuerpo y la mente al mismo tiempo. Este es un tipo que esta en su cuarentena, mas flaco que gordo, tiene el pelo corto y la barba más o menos descuidada. Divorciado y con dos hijos, ambos en la universidad, viven con la madre, que gracias a Dios (si es que este existe) no es cubana. Ya hay suficientes desgracias en un matrimonio divorciado sin que los dos sean cubanos.

El tipo sale de la ducha y se seca. Se viste, más o menos mecánicamente. Calzoncillos bóxer, camiseta (hay frialdad pues es otoño), medias grises, sus blue jeans con un viejo y gastadísimo cinto carmelita, una camisa de cuadritos azules con una corbata entre dorada y carmelita cuyo diseño es una palma real en verde olivo que se repite. Los zapatos son también carmelitas y tan gastados y viejos como el cinto. Sale del dormitorio y camina hacia la cocina (vive en un apartamento con dos dormitorios, sala-comedor, cocina y baño).

El tipo entra a la cocina y se prepara una cafeterita de café cubano. Se toma una tasita bien rápido. Después hierve una taza de leche y mezcla el café que queda con la leche hervida. Se sienta. Bebe lentamente, saboreando el café mezclado con la leche. También se come un par de tostadas de pan de trigo con un poquito de mantequilla. El tipo se levanta y va hacia el baño.

El tipo entra en el baño y se lava los dientes. Se abre la portañuela y se saca el pene y orina. Se lava las manos. Se seca las manos. Se pone un poco de colonia y sale hasta el closet de la sala. Lo abre y saca un saco de corduroy entre gris y carmelita y se lo pone. Ya esta saliendo por la puerta cuando se detiene al darse cuenta que no tiene puesto el reloj en su mano derecha y tampoco tiene el maletín con sus papeles. Da media vuelta y busca el reloj y lo encuentra en la mesita de noche al lado de la cama. El maletín esta en el otro dormitorio, el que sirve de biblioteca o cuarto de visitas cuando lo visitan sus hijos o algún pariente que viene de Miami.

El tipo, de pronto, siente unas enormes ganas de fumar hasta que recuerda que dejo el cigarrillo hace cuatro meses y que esta vez si es en serio y no va a salir como un loco corriendo hasta la tienda de la esquina a comprar una cajetilla de Camels con filtro. Respira profundo y se dirige hacia la puerta. Sale. Atraviesa el pasillo del edificio y sale al estacionamiento que queda a un costado del edificio. Camina hasta su auto (Toyota Corolla, 1992, azul celeste), saca la llave y abre la puerta. Entra y lo prende. Sale del estacionamiento y maneja por las calles de Elizabeth (su tía lo llamaba pueblo bicicletero) hasta llegar a la carretera. Entonces algo le sucede a este tipo cuando entra al New Jersey Turnpike. En vez de tomar para el norte, toma para el sur y maneja y maneja por horas y horas y deja atrás el placentero otoño.

La carretera se abre y desaparecen los letreros y el tipo sigue manejando hacia el sur. El cielo se vuelve más azul. En su mente escucha, no una guaracha cubana, sino un tango de Piazzola. Con una mano se quita la corbata y eventualmente también se quita el saco. Todo esto lo tira en el asiento de atrás.

El cielo es increíblemente azul. El tipo se siente feliz. En el horizonte, donde parece que termina la carretera, se divisa una isla.

La fragmentación del mundo desaparece. Los muertos descansan en paz y los grandes amores dejan de ser tardíos y los pecados son perdonados y como escribió el apóstol hay sol bueno y mar de espuma y los dictadores mueren y son tan insignificantes que ni siquiera van al infierno, solo dejan de existir y punto y todo el mundo se olvida de sus nombres. Los enfermos se sanan y la melancolía desaparece permanentemente del corazón humano y con cada respiración la humanidad entera reza y da gracias y por fin todo, absolutamente todo tiene sentido y la redención esta ahí, esperándonos en el horizonte, alta y hermosa como una palma real, besada por el viento, acariciada por el sol.

El tipo piensa que a veces la vida puede parecer una película. La cámara se aleja y vemos todo un panorama de cielo azul y carretera gris y hasta palmas, si coño, muchas palmas en la distancia. Y en medio de esto un psiquiatra cubano en un auto maneja hacia una isla que esta en casa del carajo. Aparece la palabra fin.


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