Actualizado: 21/11/2018 18:34
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Los olvidados: María Irene Fornés

La escritora, dramaturga, directora teatral y profesora de tres generaciones de actores y actrices internacionales

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El informado articulista de la importante revista The New Yorker, Hilton Als, define a Irene Fornés como una autora teatral que no tuvo nunca competidores reales mientras estuvo activa, una voz inherentemente feminista y muy instructiva, pero sin el sentimiento de autoimportancia que daña a tantos buenos escritores, modesta, prolífica, una especie de femme fatale que supo inspirar el ardor de una joven intelectual nombrada Susan Sontag, pero que jamás se sintió superior o mejor que alguien.

Más que una olvidada, que para su mundo artístico y literario no lo está ni lo estará nunca, la escritora, dramaturga, directora teatral y profesora de tres generaciones de actores y actrices internacionales, María Irene Fornés Collado, es una desconocida entre la mayoría de los cubanos de aquí y de allá, sobre todo entre ese gran grupo de población que no tiene una relación directa con el teatro y sus avatares.

Curiosamente, esta mujer, nacida en La Habana el 14 de mayo de 1930, autora de unas 45 obras de teatro, algunas de ellas muy relevantes desde el punto de vista experimental y del absurdo, «La más intuitiva dramaturga que él nunca vio», según Edward Albee. Finalista del Premio Pulitzer en el año 1990, becaria de las fundaciones Cintas, Yale, Rockefeller, American for Arts y Guggenhein, entre otras; ganadora de nueve premios Off-Broadway Obie Awards, fue llamada en la cubierta del magazine The Village Voice (1986) de la ciudad de Nueva York, la urbe donde ha vivido por décadas y ha desarrollado básicamente su obra artística y docente: America’s Great Unknown Playwright.

Hija menor del funcionario público cubano, Carlos Luís Fornés y de Carmen Hismenia Collado, una típica familia de clase media de la isla, María Irene creció en La Habana como una niña común, salvo por el hecho de que sus padres le enseñaron las primeras letras y los estudios medios, a ella y a sus cinco hermanos, —en la casa— dos hembras más y tres varones. El no haber acudido a una escuela formal la limitó posteriormente, en los propios Estados Unidos, en cuánto a la obtención de grados académicos convencionales.

Uno de los hermanos mayores de María Irene, que permaneció en Cuba, Rafael Fornés Collado (1917-2004), se convertiría pronto en un renombrado caricaturista en la prensa plana de la Cuba republicana e incluso de los primeros años de la revolución.

En el año 1945 el mundo que los Fornés habían construido con tanta dedicación, se derrumbó de pronto con la muerte inesperada del padre, Carlos Luís, lo que llevó a la madre, Carmen, a emigrar a la ciudad de Nueva York en busca de trabajo y nuevos horizontes en compañía de María Irene y de su hermana mayor Margarita.

Siguiendo el patrón poco convencional que persiguió siempre a María Irene, las tres mujeres se mudaron casi al arribar a los Estados Unidos al barrio, por entonces muy bohemio y desinhibido, de Greenwich Village. Y en el Village Irene aprendió aceleradamente el inglés. Lo estudió y practicó con tanta aplicación —ya lo leía regularmente bien desde Cuba— que se convirtió en muy poco tiempo en traductora bilingüe. Se naturalizó ciudadana norteamericana en 1951, y este paso dado por ella es interesante porque en aquel tiempo esa decisión, para personas nacidas en Cuba, no solía tomarse con tanta celeridad, entre otras cosas porque resultaba del todo innecesario para llevar una vida completamente normal en los Estados Unidos, cosa que no ocurriría después de 1959.

Para pagarse las clases nocturnas de pintura —estudió en ese tiempo con el pintor expresionista abstracto alemán Hans Hofmann, que practicaba la docencia a alumnos escogidos en Nueva York por entonces, y fue condiscípula, y amiga, de Lee Krasner y Ray Eames, entre otros— que comenzó a tomar en breve, se colocó como operaria en la factoría de zapatos finos Capezio, un trabajo que no le gustaba pero que le resultaba imprescindible para salir adelante y ahorrar algún dinero.

Irene necesitaba ese dinero para cumplir un viejo sueño. Irse a París a vivir, relacionarse con las vanguardias pictóricas, conocer mundo y estudiar pintura —quizás esto explique en parte su celeridad en naturalizarse ciudadana norteamericana—, que era lo que pensaba sería su camino futuro. Lo logró en el año 1953, con veintitrés años de edad, y en unos meses, ya en la Ciudad Luz, comenzó a ganarse el sustento y el alquiler de su pequeña habitación con sus obras y a vivir, muy frugalmente, de su arte.

Pero todo cambió dramáticamente cuando, según contaba ella misma, asistió una noche al teatro y vio la obra Esperando a Godot, del dramaturgo y novelista irlandés Samuel Beckett. Esa experiencia, impactante para ella, le cambió definitivamente la vida, y la pintura, su primer sueño, se le desdibujó completamente. Se dedicaría en lo adelante, ya no tenía dudas, al mundo del teatro. Y lo primero que hizo, para sumergirse en ese mundo fue regresar casi inmediatamente a Nueva York.

Y ya de vuelta en la Gran Manzana de la aventura parisiense, se relacionó inmediatamente con el fascinante, y muy difícil, mundo del teatro neoyorquino —aunque durante algunos años tuvo que trabajar con ahínco como diseñadora de ropas de marca para sobrevivir—, y además encontró, en una reunión de amigos a la que estuvo a punto de no asistir, el amor. Se relacionó allí sentimentalmente —la había conocido un poco antes, en París, pero muy superficialmente— con la brillante directora teatral, escritora y ensayista norteamericana Susan Sontag (1933-2004), tres años menor que ella.

Esa relación, que duró algunos años, fue mutuamente importante y extraordinariamente productiva desde el punto de vista intelectual y creativo para ambas. Y constituyó para María Irene una pasión doble, la amorosa y la del teatro, una pasión que le facilitó a ella, de principios de los sesenta en adelante, crear entre una y dos buenas obras de teatro cada año hasta el año 2000, en que las nieblas de la enfermedad de Alzheimer comenzaron insidiosamente a nublar su poderosa mente.

Su primera obra teatral, escrita en español (luego traducida por ella misma al inglés) y basada en un pequeño lote de cartas de su abuela paterna escritas en Cuba, que conservaba con mucho cariño, la intituló La Viuda, se estrenó en el circuito de bajo presupuesto denominado Off-Off Broadway. Después, casi siempre escritas en inglés, vinieron Tango Palace,The Successful Life of 3, el musical, en colaboración con el músico Al Carmines, Promenade, The Office, The Annunciation, A Vietnamese Wedding y Dr. Kheal. Le siguió nuevamente un musical, Molly’s Dream, con el arreglista Cosmos Savage, Eyes on the Harem, Cap-a-Pie, con música de Raúl Bernardo, Mud, In Service, The Danube, A Visit, No time, Art. Así continuó, año tras año hasta llegar al gran éxito de taquilla, crítica y prensa que constituyó en 1977 Fefu and Her Friends, una obra experimental que requiere de varios escenarios simultáneos y la participación activa del público asistente.

Su última obra, estrenada en el año 2000, fue Letters from Cuba. En 1997 había escrito los parlamentos, sobre la música de Robert Ashley, de la ópera Balseros, un homenaje a los esforzados cubanos que arriesgaban sus vidas, y en ocasiones morían, en el mar huyendo de la Cuba castrista.

Colaboró, además en diferentes obras suyas, con los músicos y compositores Roberto Sierra, Tito Puente (Lovers and Keepers), Fernando Rivas, León Ordenz (Sarita, que fue otro éxito de taquilla y de crítica), John Fitzgibbon y John Vauman. Tradujo al inglés, y llevó al escenario, Bodas de Sangre, del poeta granadino Federico García Lorca, La Vida es Sueño, del autor español del Siglo de Oro Pedro Calderón de la Barca, Aire Frío, del cubano Virgilio Piñera (uno de sus autores favoritos) y Ahogados y El Tío Vanya, del cuentista y dramaturgo ruso Anton Chejov.

Ganó decenas de premios, tanto norteamericanos como internacionales, cerrando, en los años 2001 y 2002, con los prestigiosos Robert Chesley Award y el PEN/Laura Pels International Foundation for Theater Award for Master American Dramatist. En el año 1992 había recibido el título de Doctora en Letras Honoris Causa del Bates College. No olvidemos que ella ni tan siquiera se había graduado de bachillerato.

Pero es posible que el mejor y más duradero legado de la maestra, porque maestra fue sin dudas María Irene Fornés lo constituyan los muchos alumnos de teatro, dramaturgos y magníficos directores que formó, y los que inspiró con sus obras y su ejemplo, a lo largo de casi cuarenta años de incansables labores docentes, organizativas y artísticas: Tony Kushner, Lanford Wilson, Sam Shepard, Paula Vogel, Holly Hughes, Scott Cummings, el propio Edward Albee, Nilo Cruz, Cherrie Moraga, Caridad Svich, Migdalia Cruz, Elisa Bocanegra, Anne García Romero, Bernardo Solano, Jorge Ignacio Cortiñes, Leo García, Ana María Simo, Lorraine Llamas, Ela Troyano, Eduardo Machado y decenas más. De hecho, muchos de sus alumnos y compañeros de cátedra de habla inglesa la llamaban cariñosamente La Maestra, en un español con mucho acento que la hacía reír.

Lo cierto es que María Irene Fornés fue una especie de inspiradora y brillante anomalía en el complejo universo teatral contemporáneo norteamericano. Hispanohablante de nacimiento y formación, al extremo de que su primera obra fue escrita en español, estilista de modas y pintora casi hasta los treinta años de edad, carente de un nivel académico elevado y coherente, desconocedora de la vida universitaria y sin embargo una autora y directora increíblemente sofisticada y prolífica. Como la definió la autora Paula Vogel con sentidas palabras: «In the work of every American playwright at the end of the 20th century, there are only two stages: before she has read Maria Irene Fornes and after».

Para Migdalia Cruz ella, Irene, fue «…our Stanislavsky». Y fue Irene una de las primeras en comenzar la preparación de los actores y actrices con breves sesiones de yoga y Tai Chi para soltar el cuerpo y prepararlo para introyectar la interpretación.

El informado articulista de la importante revista The New Yorker, Hilton Als, define a Irene Fornés como una autora teatral que no tuvo nunca competidores reales mientras estuvo activa, una voz inherentemente feminista y muy instructiva, pero sin el sentimiento de autoimportancia que daña a tantos buenos escritores, modesta, prolífica, una especie de femme fatale que supo inspirar el ardor de una joven intelectual nombrada Susan Sontag, pero que jamás se sintió superior o mejor que alguien.

O el contundente y mucho más conciso y certero epitafio del autor Lanford Wilson: «She’s the most original of us all».


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