Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Cine, Arte 7

Los reguetoneros llegaron ya

En medio del desastre narrativo y la confusión fronteriza, el reguetón llega a las pantallas cubanas

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Osmani García (“La Voz”), para horror de las autoridades culturales cubanas, a quienes su estilo musical y sus letras les resultan ofensivos y ajenos a los principios revolucionarios, ha llegado al cine. Gracias a las nuevas tecnologías digitales y a su casi indetenible difusión, que prácticamente permiten a cualquiera con un poco de imaginación y sin necesidad de muchos recursos materiales, realizar una película, se ha abierto una puerta al cine independiente en Cuba, sin necesidad de solicitar la ayuda del gobierno y sus instituciones (como el ICAIC). Por esa puerta se ha colado Osmani de la mano de Alberto Yoel (o Joel) García.

Más allá de su calidad o falta de ella, este cine independiente, si se le permite continuar, es capaz de echar abajo muchos de los conceptos tradicionales de la cultura de “las dos orillas”. Aquí y allá, la isla y la Florida, pueden encontrarse en un punto muy concreto, en una pantalla. Lo único que queda excluido es el oficialismo. Buquenque es un ejemplo de ello. Es una prueba que no hace falta el ICAIC ni el permiso oficial para filmar, siempre que se esté dispuesto a correr riesgos. Lástima que el producto no esté a la altura de las circunstancias.

El Malcriao se gana la vida en La Habana manejando un desvencijado convertible, que es un ensamblaje de partes de varios modelos de carros de los años cincuenta, que utiliza como taxi para jinetear turistas en busca de un puñado de dólares más, junto a su amigo Michel, que es su buquenque. Buquenque quiere decir, y la película se toma el trabajo de explicarlo didácticamente, el personaje que le busca los turistas al taxista y luego se dividen las ganancias. Son un par de buscones del siglo XXI, sobrevivientes que se pasan el día intercambiando chistes y frases hechas siempre con doble sentido y con ligereza.

El personaje de El Malcriao no es muy complicado. Su vida es la música y su ambición es llegar a ser un reguetonero famoso. No es muy diferente que su intérprete, el propio Osmani García. Pero Michel tiene un trasfondo más complicado. Es un destacado graduado de Economía de la Universidad de La Habana. Alguien que trabajaba en una “firma importante” y que dada la pobreza de su salario, abandonó su puesto para ganarse la vida en “la calle”. Su novia es una prostituta conocida en Centro Habana porque cobra sesenta dólares por cliente y él acepta esa situación pasivamente con un bochorno silencioso. Están reuniendo dinero para irse para Ecuador con el objetivo de llegar finalmente a Estados Unidos. Resumen las aspiraciones de una gran parte de la juventud cubana.

Aparte de ser buquenque de El Malcriao, Michel se busca la vida trajinando diligencias para otros personajillos del bajomundo habanero, entre ellos Reinaldo, un productor musical a quien conoce desde la infancia y que un buen día le confiesa que tiene SIDA y le pide que guarde el secreto para preservar su identidad de macho prepotente, aunque lo adquirió acostándose con una muchacha contagiada cuando se atrevió a no usar condón.

Michel también tiene sus aspiraciones musicales, pero es un mártir de la música, ya que lo que le gusta es el rock y sabe que con eso no se triunfa. El dinero está en el reguetón. En una de sus rutinarias visitas a Reinaldo, este le propone a Michel que se una a un grupo reguetonero que está haciendo buen billete, pero Michel se niega y trata de interceder por El Malcriao, pidiéndole a Reinaldo que le produzca un compacto, pero este le dice que si no hay dinero por delante, él no produce nada y procede a contarle un encuentro que tuvo esa mañana con una prostituta que se le trató de revirar cuando él quiso tener sexo anal, pero finalmente lo hizo y sin que ella lo supiera, se quita el preservativo y la infesta, para terminar tirándole los sesenta dólares de tarifa, con desprecio. Michel se da cuenta que se trata de su mujer y tras un conato de bronca interrumpido por los asociados de Reinaldo va para su casa donde encuentra a Yanet muerta de una sobredosis de algún tipo de pastillas.

A partir de aquí seguir contando la película se hace una tarea absurda, pues el guión pierde el hilo argumental, más por incompetencia que por alguna intención innovadora. Se convierte en una especie de thriller de mala muerte y termina en un vehículo de promoción de Osmani García, que incluye escenas de estilo documental con opiniones de verdaderas fanáticas del cantante, culminando todo en un ridículo happy ending en un concierto de Osmani.

Más allá del argumento, la película muestra pinceladas de la realidad cubana y de la visión ética de un mundo creado por la miseria imperante y el inmovilismo de la sociedad, reprimida desde arriba, que cuando no editorializa, es devastadora. Hay secuencias de un agudo sentido del humor, como cuando tratando de sacarle la mayor cantidad de dinero posible a un turista ruso que se declara fanático de la revolución, le quieren convencer de que el taxi de Osmani es un carro que fue usado en la lucha de la revolucionaria. Es una hilarante venta de la épica revolucionaria, una comercialización del discurso oficial que resulta en una burla demoledora, simple, sin teque.

El problema es que Alberto Yoel García, en su debut como director de largometraje, y autor del libreto y responsable de la edición, no tiene el menor sentido del ritmo narrativo. Amontona sucesos tremebundos, dramáticos y humorísticos en los primeros cuarenta minutos de la película y se queda sin trama por los restantes setenta y cuatro, estirando las situaciones como quien alarga un pequeño sketch y termina volviendo la película aburrida y predecible. No contento con eso, desarrolla un par de pequeñas situaciones, como cuando Michel se hace pasar como sacerdote de la regla de Orula para estafar a un americano, que no solamente está traído por los pelos, sino que es incoherente y alarga otros innecesarios minutos a una película que ya en ese instante pide a gritos la palabra FIN.

Es casi abusivo tratar de hacer crítica seria con una película hecha con pocos recursos y con fines de propaganda, pero es que hay pretensiones artísticas, obviamente infundadas, aquí. No sé si se puede responsabilizar a Yoel o a su fotógrafo Alain López, el uso de la cámara en mano como si fuera una indigestión de cinema verité, con paneos constantes hacia los lados y primeros planos de manos y de pies. Hay una intención de presentar escenas montadas con un elevado sentido artístico, que ni llega a serlo, ni se aviene a los patrones del filme.

Osmani García, en su primera actuación, no muestra ni hace mucho. Más bien parece interpretarse a sí mismo desenfadadamente. Alberto Yoel García, como Michel, está aceptable, pero muy lejos del nivel que alcanzó en su rol de Ruy en Habana Blues. José Ignacio León, quien tuvo un breve papel en Operación Fangio, se desempeña de manera irregular en su papel de Julio, el vecino homosexual de Michel. Como Reinaldo, Boris Fernández convence a veces, pero es incapaz de responder cuando la situación le exige dramatismo. Yisel Sayas (quien aparece como Zayas en los créditos de la reciente puesta en teatro de Rachel. La obra de Miguel Barnet), aprovecha lo mejor que puede la brevedad de su rol como Yanet.

La película resulta graciosa cuando se burla de varios estereotipos sociales, pero cinematográficamente, aparte de la falta de ritmo narrativo, al principio abusa demasiado de los diálogos, que parecen más propios de una radionovela y cuando cambia este enfoque al final demuestra una falta total de imaginación visual. Tiene sin embargo la virtud de no abusar de las imágenes de ruinas (aunque ocurre entre ellas) como hacen otros filmes cubanos actuales.

Resulta, nos enteramos al final, que el filme es un homenaje a Michel Muñiz, que es el verdadero productor y promotor de Osmani García, pero de la forma que lo ponen, parece un canto fúnebre. Por ser un filme independiente, resulta difícil obtener información confiable sobre la mayoría de los actores y participantes. No se sabe quiénes están fuera y quienes residen en la isla, aunque es obvio, que a estas alturas, todos van y vienen. Como aspecto positivo, las fronteras se confunden y no son para beneficio del sistema. Dos de las canciones, El taxi y El gol, cuentan con la colaboración de Pitbull y hay otra en la que colabora Alexis Valdés.

En medio del desastre narrativo y la confusión fronteriza, lo cierto es que el reguetón llega a las pantallas cubanas. La difusión de la cinta parece ser uno de sus mayores problemas, ya que no cuentan con apoyo oficial, pero diversos medios de la red atestiguan que es muy popular en Cuba y se vende en los paquetes de memorias flash que circulan por la isla. Se beneficia de la inmensa popularidad de su protagonista.

Buquenque (Cuba, 2014). Guión, dirección y edición: Alberto Yoel García. Fotografía: Alain López. Con: Osmani García, Alberto Yoel García, José Ignacio León, Boris Fernández, Yisel Sayas y Dayami (La Musa). Producida por Ayogppcinema. Producción independiente que se encuentra colgada en YouTube y el DVD se puede adquirir en Kimbara Cinemateca Cubana.


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