Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Gatica, Música, Bolero

Lucho Gatica o la delicadeza melódica del bolero

El cantante visitó a La Habana ocho veces y sedujo por la ponderación de su fraseo y por la acariciante delicadeza melódica

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La historia del bolero es una crónica de azares recurrentes: los principales países cultivadores del género (Cuba, México, Colombia, Puerto Rico, Dominicana, Venezuela…) tejen una red manchada por las tintas suplicantes del deseo. El mar Caribe, cómplice y testigo, baña con sus espumas el desborde de la pasión que nos define como animales que deseamos.

El chileno Luis Enrique Gatica Silva —Lucho Gatica— (Rancagua, 11 de agosto de 1928-Ciudad de México, 13 de noviembre de 2018) lo sabía muy bien, con su atractiva figura y su estilo inconfundible se convirtió en el sueño de miles de admiradoras en Hispanoamérica. Llegó a Cuba en 1954 para cantar Sinceridad (Gastón Pérez), el gran éxito que lo respaldaba en Chile; la bolerista Olga Guillot lo introdujo en el filin y agregó a su repertorio Contigo en la distancia (Portillo de la Luz) y En nosotros (Tania Castellano). El pianista y compositor cubano Bebo Valdés dirige la orquesta que lo acompaña en su gira por España en 1962.

Visitó a La Habana ocho veces y sedujo por la ponderación de su fraseo y por la acariciante delicadeza melódica que hacía suspirar a las damas. Conmovió a sus admiradores en una presentación en un estadio de béisbol donde apareció su madre entre el público: show hábilmente preparado por el popular presentador Gaspar Pumarejo. Dicen que toda Cuba lloró cuando Gatica abrazó emocionado a su progenitora después de meses sin verla.

En México grabó No me platiques más (Vicente Garrido) y vendió un millón de discos en esos años. En la capital mexicana, el teatro Capri era su escenario preferido. Caminaba por la Alameda, a un costado del Palacio de Bellas Artes, y la gente lo asediaba en muestra de afectos. Lucho era un ídolo en aquellos tiempos de Tríos y temas románticos que columpiaban el alguarismo de cupido de las clases populares.

Recuerdo de niño cómo de las victrolas de los bares de La Habana brotaba la voz del hijo de Rancagua interpretando Tú me acostumbraste (Frank Domínguez): “Tú me acostumbraste / a todas esas cosas...”; Historia de un amor (Carlos Eleta): “Es la historia de un amor/ como no hay otra igual...”; Novia mía (José Antonio Méndez): “Novia mía / desde el primer y fiel abrazo...”; La enramada (Graciela Olmo): “Ya la enramada se secó /El cielo, el agua le negó / así tu altivo corazón / no me escuchó”; Amor mío (Álvaro Carrillo): “Amor mío tu rostro querido / no sabe guardar secretos de amor”; Amor secreto (Gustavo Prado): “Qué bello es nuestro amor / amor secreto / Qué bello es nuestro amor / canto callado...”; Encadenados (Carlos Arturo Briz) se escuchaba en todos los bares y, entre tragos de aguardiente y sorbos de cerveza, los varones desengañados recitaban: “Tal vez sería mejor que no volvieras / quizá sería mejor que me olvidaras. / Volver es empezar a atormentarnos / a querernos para odiarnos / sin principio ni final...”.

Pero, las consonancias de La barca y El reloj, del mexicano Roberto Cantoral, inundaban los espacios íntimos. Mi madre cantaba a dueto con Lucho Gatica en la radio: “Reloj detén tu camino / Porque mi vida se apaga / Ella es la estrella / Que alumbra mi ser / Yo sin amor no soy nada”. El vocalista chileno detenía el tiempo, su voz tentaba quietamente a las mujeres de mi casa. Mi abuelita tenía un almanaque con su rostro sonriente en el comedor. Mis tías suspiraban y decían: “¡qué hombre, Dios mío!” Lucho Gatica y el actor Arturo de Córdoba eran los máximos responsables de los sueños eróticos de muchas amas de casa en Cuba en los años 50/60.

El pasado martes 13 de noviembre, en la Ciudad de México, el hombre que repetía tranquilamente: “Yo no le temo a la muerte, soy muy feliz” dejó de mirar por su ventana el mundo. Un trío entonaba uno de sus éxitos: “Dicen que la distancia es el olvido / pero yo no concibo esa razón / porque yo seguiré siendo el cautivo / de los caprichos de tu corazón...” / México lloraba en un dolorido asombro. En La Habana, los enamorados se fueron al malecón a ver como la luz del sol se iba apagando y el mar se vestía de amargura.


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