Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Made in China (I)

Los últimos filmes de tres destacados directores chinos dan una idea de qué se está haciendo en la cinematografía del país que va camino de convertirse en la primera potencia mundial

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Hace algunas semanas, el crítico español Carlos Reviriego comentaba que “debería haber algo más que curiosidad en conocer qué se está haciendo en el país que desde hace veinte años se está convirtiendo en la primera potencia mundial. Lo que las pantallas comerciales rebotan al público más masivo es apenas una pequeña selección de toda la cosecha, que evidentemente no puede responder a la diversidad y el empuje con el que el gigante chino está desarrollando su cinematografía”.

En efecto, el vertiginoso avance experimentado por la sociedad china en las últimas décadas hace aflorar algunas interrogantes respecto al cine que se hace en China, que, conviene recordarlo, es el segundo mercado cinematográfico del mundo. ¿Qué impacto han tenido en esa industria los avances económicos? ¿Se ruedan ahora más películas? ¿Cuáles son las estéticas y los asuntos que hoy dominan? Resulta pertinente precisar que cuando hablo de cine chino, me refiero al que se hace en la China continental, pues además están los cines taiwanés y hongkonés, que tradicionalmente se han desarrollado bajo otros códigos y géneros.

Dar una respuesta cabal a las interrogantes anteriores requeriría una búsqueda de información detallada, que no sé si es de fácil acceso. No obstante, el paso por la cartelera madrileña de tres filmes rodados el año pasado puede servir de botón de muestra de ese cine en plena mutación. Un cambio que un director ha resumido de manera muy gráfica y certera: lo que era antes “considerado como una herramienta de propaganda ideológica”, a partir de los años 2000 es visto como “una industria”. En las líneas que siguen, reseñaré las tres películas a las que antes aludí. No puedo agregar a ellas An Elephant Sitting Still, del malogrado Hu Bo, porque se proyectó en horarios muy limitados, me imagino que por su duración (234 minutos).

Jia Zhangke (Shanxi, 1970) es uno de los iconos del cine de autor de su país, así como el representante más sobresaliente de la sexta generación de cineastas chinos. A la misma pertenecen directores como Feng Xiaogang (Yo no soy Madame Bovary), Diao Yinan (Black Coal, Oso de Oro en Berlín) y Zhang Yibai (Longest Night in Shanghai). Los tres, por cierto, actúan en papeles secundarios en el último filme de Zhangke, quien es hoy el realizador chino más conocido en el extranjero, aunque en su país lo es menos.

Desde 2006, cuando ganó el máximo galardón en Venecia con Naturaleza muerta, su presencia es habitual en los grandes festivales. Ha competido en tres ocasiones en Cannes, donde obtuvo el premio al mejor guion con Un toque de violencia (2013). Cineasta singular y meticuloso, su filmografía posee una voluntad casi sociológica de registrar los efectos de la modernización, que ha llevado a China a convertirse en la segunda potencia mundial, aunque también en uno de los países con desigualdades sociales más profundas. El suyo es un cine en tiempo presente, y entre sus títulos más significativos cabe mencionar Plataforma, El mundo, Placeres desconocidos, 24 City y Más allá de las montañas.

Cine negro cruzado con el melodrama

La ceniza es el blanco más puro (China-Francia, 2018, 135 minutos) es el poético título con el que se ha distribuido internacionalmente su último largometraje de ficción (en Argentina se ha estrenó con el de Esa mujer). Su protagonista es Qiao, una joven que ama fielmente a Bin, cabecilla de la mafia local de Datong. Es testigo del ataque a Bin por una pandilla rival y dispara varias veces para defenderlo. Cuando es interrogada, prefiere no delatarlo y es condenada a cinco años de cárcel. Una vez en libertad, Qiao busca a Bin e intenta volver con él, pero él se niega a aceptarla. Diez años más tarde, ella sigue soltera y ha logrado salir adelante manteniéndose fiel a los valores de la mafia. Bin, cansado de la vida, regresa a buscarla, pues es la única persona a quien ha amado.

Seguramente, tras leer ese resumen del argumento a la mente de muchos lectores y lectoras vendrán las palabras cine negro y melodrama, ¿a que sí? Y, en efecto, Zhangke utiliza los códigos de esos dos géneros, pero sin acogerlos por completo. El primero ya lo había empleado en Un toque de violencia, sin por ello abandonar su manifiesto interés por el presente y el futuro de China. Ahora lo cruza con el melodrama, para conducir ambos a sus preocupaciones narrativas y temáticas. Y para ponerlos a su servicio, los sitúa en perspectiva histórica y los conecta con la realidad.

Respecto a lo que La ceniza es el blanco más puro tiene del cine de gánsteres, se impone apuntar que lo que aparece reflejado es el submundo del jianghu, un modo de vida ligado al submundo criminal y cuya mística constituye una parte importante de la cultura china. Sus miembros no son exactamente delincuentes, aunque se mueven en los márgenes de la sociedad. Tienen sus propios principios, sus rituales, su filosofía. Poseen dos valores básicos, que son la lealtad y la rectitud.

Después de la victoria comunista de 1949, esas sociedades secretas fueron desapareciendo poco a poco. Volvieron a surgir con el movimiento de reforma y apertura de la década de los 70. Y como comentó Zhangke en una entrevista, “copiaron las películas de gánsteres de Hong Kong de los años ochenta y no tardaron en desarrollar una forma muy particular de relacionarse para defenderse mutuamente, en medio de los tremendos cambios por los que pasaba el país entonces”. La ceniza es el blanco más puro muestra el jianghu en tiempo presente, a través de las apuestas ilegales y los chanchullos en los bajos fondos de Datong.

El filme traza el retrato de la protagonista y su relación con un mafioso de medio pelo a quien amó durante cerca de dos décadas. Esa historia transcurre de 2001 hasta el presente, y Zhangke hace gala de su talento para hilar la odisea de Qiao con las transformaciones sociales y económicas del país. “Creo —declaró sobre ello el cineasta— que mis películas siempre tienen que ver con el hecho de cómo esas vidas personales se relacionan con las presiones y los cambios sociales generales. Lo que siempre me ha interesado es explorar lo que ocurre en la vida de esa gente en cierto contexto histórico particular, cómo evolucionan o desaparecen las relaciones entre las personas y las razones detrás de esos cambios”.

Al salir de la cárcel, Qiao se da cuenta de que no solo Bin la ha relegado, sino que el mundo que ella conocía ya no existe. Se verá abandonada por todos, robada, desilusionada, pero a pesar de ello consigue levantarse. Se reinventa en un contexto que se transforma y que amenaza con aniquilarla. Supera los desengaños sentimentales y los problemas económicos. Y gracias a su astucia y a su ansia de sobrevivencia, consigue cierta paz consigo misma.

Evoluciona a la par que China

En su búsqueda por encontrarse a sí misma, descubre que con los nuevos cambios las mujeres son más audaces y tienen más peso. Y termina convertida en una mujer totalmente independiente, que consigue hacerse de un sitio de poder en un mundo predominantemente masculino. A la par que China, ella también ha evolucionado, para seguir siendo la misma mujer que no dudó en purgar cinco años en prisión para proteger a su amado. En una sociedad cobarde, hipócrita e inescrupulosa, ella es un símbolo de entereza, resistencia y firmeza ética. Todo eso hace de Qiao un personaje admirable.

El paso del tiempo es un motivo recurrente en la filmografía de Zhangke. Aquí está dado mediante una compleja estructura de elipsis, un recurso también usual en su cine. A propósito de esto, Javier Ocaña ha comentado que los de La ceniza es el blanco más puro “no son solo elipsis: son hachazos. Saltos en el espacio y en el tiempo que retan a la platea a un maduro ejercicio de intensidad en el que no cabe la menor disidencia: ante cualquier despiste, la película se convierte en una losa”.

En su última película, Zhangke vuelve a algunos escenarios recreados por él anteriormente. El más notorio es la represa de las Tres Gargantas, que como él mismo admite ha devenido un decorado importante en su cine. Obra monumental, constituye un paradigma físico, pero también simbólico de la China de hoy. Es la mayor hidroeléctrica del mundo y fue construida para proporcionar el 10 por ciento de la demanda de electricidad del país.

El precio a pagar ha sido que sepultó bajo el agua cientos de pueblos e hizo que millones de personas se vieran forzadas a emigrar. Se perdieron reliquias ubicadas en una zona con miles de años de historia. Asimismo, las consecuencias perjudiciales para el medio ambiente han sido devastadoras. Efectos también de ese desarrollo acelerado son las minas cerradas, los estadios en ruinas y las ciudades cochambrosas que se muestran en el filme.

Por otro lado, quienes estén familiarizados con el cine de Zhangke notarán que La ceniza es el blanco más puro funciona como un compendio de parte de su filmografía anterior, que del neorrealismo inicial ha ido evolucionando a una reinterpretación del melodrama. Varios de sus filmes dialogan entre sí y, además de espacios y escenarios, comparten elementos estéticos y temáticos. De hecho, algunos críticos sostienen que esta cinta integra, con Más allá de las montañas, un díptico. Asimismo, el cineasta dio a la protagonista idéntico nombre al que tienen las de Naturaleza muerta y Placeres desconocidos (estas, también, con vínculos con el hampa), pues se dio cuenta de que venía construyendo la misma mujer: “Decidí hacerlo explícito, poniéndole a la protagonista el mismo nombre que tiene la actriz en esas dos películas: Qiao. Le di también el mismo aspecto, la misma clase de vestuario.

Pero lejos de repetirse, Zhangke ha hecho una película distinta, más misteriosa e inquietante. Está realizada con gran severidad narrativa, delicadeza en la información de los personajes y una puesta en escena que expresa las emociones sin recalcados. El filme es su primera colaboración con el francés Eric Gautier, quien aporta una fotografía de extrema sequedad y realismo, sobre todo en las escenas de violencia. Las imágenes y los encuadres son muy precisos, los movimientos de cámara escasos.

Filme con una protagonista absoluta, al mencionar los principales aciertos de La ceniza es el blanco máspuro resulta imposible no destacar la labor de Tao Zhao, esposa y musa de Zhangke. Vuelve a demostrar sus condiciones de grandísima actriz con una interpretación que se caracteriza por su magistral mesura. Su Qiao es una mujer amarga, conmovedora, no exenta de cierta dosis de humor e ironía, que al final prueba que es más fuerte que su amado. Una heroína, en palabras del cineasta chino, que, presionada por un contexto político y social particular, “se transforma en un fragmento de ceniza tan insignificante que nadie le presta atención”.


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La ceniza es el blanco más puro.

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