Actualizado: 23/10/2017 19:18
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Literatura, Martí

Martí y la mansión infinita

José Martí, a diferencia de Emerson, puso su pensamiento al servicio de la independencia y el surgimiento de una nación. Por eso en su papel de líder independentista no obró como un político, sino más bien como un guía espiritual

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En la vida y obra del escritor cubano José Martí fue decisiva la impronta que dejaron dos corrientes filosóficas de su época: el krausismo alemán y el trascendentalismo norteamericano. La primera se produce durante su primer destierro, en España; mientras que la segunda, en su larga etapa exiliar en los Estados Unidos. El trascendentalismo norteamericano, liderado por el filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson, se convierte en el complemento filosófico que necesitaba Martí para adquirir su cosmovisión latinoamericana; es decir, para entender y asumir el destino de su continente, urgido de una identidad política y cultural tras el proceso de descolonización española. Los escritos de Martí sobre Emerson y el poeta Walt Whitman, figuras emblemáticas del llamado “American New Renaissance”, ponen de manifiesto la identificación del escritor y prócer cubano con la escuela trascendentalista.

Cuando Martí llega a los Estados Unidos, en 1880, estableciéndose en New York, su reacción es de asombro al verse en una nación que ha entrado en una etapa de evolución política y económica. Elogia el grado de libertad individual del que goza el ciudadano norteamericano, así como su ardua laboriosidad, características inexistentes en los países hispanoamericanos. Sin duda, Martí ha arribado al nuevo rumbo de la humanidad. Vive en una nación que está disfrutando de la bonanza del naciente auge capitalista; sin embargo, a pesar de reconocer sus virtudes, entre las que destaca su constitución democrática y su nivel de civismo, en donde, a decir suyo, “cada individuo es dueño de sí mismo”, no repara en discrepar con la misma en dos aspectos: en primer lugar, en su marcado apego materialista, el cual consideraba un cercenador de valores tradicionales y espirituales; en segundo lugar, Martí ve con malos ojos las pretensiones imperialistas de los Estados Unidos y su amenaza para el destino de las incipientes repúblicas latinoamericanas y, en especial, para Cuba, que aún luchaba por independizarse del colonialismo español. Recordemos que, en 1847, los Estados Unidos había concluido su expansión hacia el oeste, apropiándose de territorios mexicanos, dada la necesidad de esta nación de expandir sus mercados comerciales. Dentro de este contexto, y con estos antecedentes históricos, ocurre el encuentro de Martí con la escuela trascendentalista de Concord.

Dos de sus miembros, Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, devienen en figuras capitales ante el destino de su nación. A Emerson le concierne, sobre todo, los efectos de la sociedad moderna en el individuo, como resultado de su auge económico y la mecanización industrial, así como la búsqueda de una identidad cultural norteamericana, anteponiendo, como alternativa, el retorno a la naturaleza y la confianza de cada ser humano en sí mismo. Por su parte, Thoreau, además de coincidir con Emerson en el contacto humano con la naturaleza, se convierte en figura contestataria frente a la política imperialista de los Estados Unidos, y se niega a pagar impuestos, como acto de protesta, en contra de la ocupación de su país en territorios de propiedad mexicana. Este estilo de protesta es lo que hoy conocemos como desobediencia civil.

La otra fuente importante, de la que bebe el pensamiento martiano, es la de la poesía de Walt Whitman. Sin ser un representante de la escuela trascendentalista de Concord, como lo fueron Emerson y Thoreau, el poeta de Manhattan despierta gran admiración en Martí por ser la voz más representativa de Norteamérica; la voz de la democracia, pero, a su vez, la voz de un ser cósmico, donde confluyen todos los atributos de la naturaleza.

Al adentrarnos en las páginas del ensayo Emerson, nos vamos convirtiendo en testigos de los puntos simétricos del pensamiento martiano con el emersoniano, tal como lo revela el siguiente pasaje:

Emerson ha muerto: y se llenan de dulce lágrimas los ojos. No da dolor sino celos. No llena el pecho de angustia, sino de ternura. La muerte es una victoria, y cuando se ha vivido bien, el féretro es un carro de triunfo. El llanto es de placer, y no de duelo, porque ya cubren hojas de rosas las heridas que en las manos y en los pies hizo la vida al muerto. La muerte de un justo es una fiesta, en que la tierra toda se sienta a ver como abre el cielo. (Martí, 236)

La forma en que Martí nos describe la muerte de Emerson entroniza con su propia concepción metafísica de la vida, que tiene sus raíces en el espiritualismo krausiano, en el que el ser humano, por medio de una vida ejemplar, eleva su espíritu a un estado superior. De esta manera, Martí ve en Emerson un paradigma de esa virtud por la que el hombre puede trascender su inexorable encuentro con la muerte.

Luego Martí describe la relación de Emerson con la naturaleza:

Vivió faz a faz con la naturaleza, como si toda la tierra fuese su hogar; y el sol su propio sol, y él patriarca. (Martí, 236)

El escritor cubano nos trasmite las claves de la filosofía emersoniana, la cual aboga por un hombre que, en su convivencia íntima con la naturaleza, descubra su propio espejo espiritual, tal como lo postula Emerson en su ensayo Self-Reliance. El filósofo de Concord cree que cada ser humano debe despojarse de los atavíos que le han impuesto los credos y las instituciones sociales, y, de esta forma, encontrarse a sí mismo, llegar a ser su propia escuela y su propio guía espiritual. En su ensayo Nature, Emerson exhorta a los hombres a la observación sistemática de la naturaleza, como método de identificación de cada individuo consigo mismo. De ahí que crea más en el hallazgo ocular que en la indagación intelectual, pues ve en esta última un obstáculo para lograr una percepción más reveladora y trascendente de la realidad, como lo plasma Martí:

Lo que le enseña la naturaleza le parece preferible a lo que le enseña el hombre. Para él un árbol sabe más que un libro; y una estrella enseña más que una universidad; y una hacienda es un evangelio. (Martí, 242)

Emerson buscaba, con esta aproximación del hombre a la naturaleza, una identidad cultural norteamericana que le permitiera distanciarse de la égida europea, constituida por sus raíces religiosas calvinistas, así como por una dominante huella en la literatura y las artes. El trascendentalismo, de hecho, constituyó un renacimiento cultural norteamericano, opuesto al influjo europeizante. Esa búsqueda de identidad cultural y política es una constante en el pensamiento martiano con respecto al destino de su continente, escindido por una mutilada cultura indígena, el predominio de la estructura colonialista de gobierno y el reto ante la avanzada capitalista, encabezada por el vecino del norte. Martí valora la democracia norteamericana; pero no deja de refutar todo tipo de imitación extranjera en las repúblicas latinoamericanas, pues cree firmemente que éstas deben basarse en sus componentes autóctonos, que para él no era más que la creación de un gobierno que armonizara con la naturaleza de su pueblo.

Cuando leemos el ensayo sobre el poeta Walt Whitman, descubrimos el carácter análogo de la poesía whitmaniana con muchos de los planteamientos de Martí. El poeta de Manhattan, al que Emerson acoge como a un hijo, es el hacedor de una nueva poesía, reveladora de la fuerza desbordante de la naturaleza. Martí descubre en la obra y vida de Whitman la exégesis del hombre natural, que, en su comunión con la naturaleza, le da sentido a la vida y, por tanto, lo convierte en un ser relevante, como podemos constatar en el siguiente pasaje de este ensayo:

El ama a los humildes, a los caídos, a los heridos, hasta los malvados. No desdeña a los grandes porque para él sólo son grandes los útiles. Echa el brazo por el hombro a los carreros, a los marineros, a los labradores. Caza y pesca con ellos, y en la siega sube con ellos al tope del carro cargado. Más bello que un emperador triunfante le parece el negro vigoroso que, apoyado en la lanza detrás de sus percherones, guía su carro sereno por el revuelo Broadway. El entiende todas las virtudes, recibe todos los premios, trabaja en todos los oficios, sufre con todos los dolores. (Martí, 266)

Cuando leemos varios de los escritos martianos, podemos dar constancia de su empatía con la cosmovisión whitmaniana. En su ensayo Nuestra América, Martí hace una apología del hombre natural latinoamericano; es decir, del indígena, del campesino que cultiva la tierra y es explotado, del negro que fue arrancado de su matriz africana, para sufrir en continente ajeno los rigores de la esclavitud, pero que ahora forma parte de Nuestra América. Martí se apoya en la poesía de Whitman para reivindicar lo autóctono, así como la integración de los hombres humildes al proyecto de las repúblicas latinoamericanas. En la biografía de Jorge Mañach, Martí, El Apóstol, nos enteramos de las diferencias de Martí con algunas personalidades de la élite cubana, entre ellos los autonomistas, quienes temían una venganza de las personas de la raza negra, una vez lograda la independencia. En la misma biografía, Mañach nos relata la relación que se establece entre Martí y personas de clase humilde, como los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso. En la poesía de Whitman se consigna la voz de todo un pueblo, de la misma forma que en el discurso de Martí,Con todos y para el bien de todos, se proclama el carácter democrático del ideario martiano.

En el ensayo sobre Whitman, Martí declara:

¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir; mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida. (Martí, 261)

Tomando como punto de partida estas palabras podemos entender el concepto martiano de la poesía y el arte en general. Martí, a quien el poeta nicaragüense Rubén Darío llamó “El Maestro”, y quien, junto al poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, ha sido considerado por los estudiosos fundador del Modernismo hispanoamericano, rompió con las estructuras del verso castellano, las cuales estaban regidas por las preceptivas del romanticismo de poetas como Espronceda, y el neoclasicismo. Martí, el poeta, conoce la poesía de los simbolistas franceses, de quienes aprende el recurso estético de captar imágenes que destilan hondo cromatismo, al igual que lo hicieron los pintores impresionistas en busca del hallazgo de lo instantáneo por medio del diálogo establecido entre los sentidos y el mundo circundante. Sin embargo, lo que diferencia a Martí de estos poetas es su propuesta metafísica, impregnada de espiritualismo y fortificada por la impronta trascendentalita durante su larga estancia exiliar en los Estados Unidos.

Martí es un poeta moderno, pero su obra no es la que mejor define al movimiento modernista en Hispanoamérica, como lo vino a ser la de Rubén Darío y la de su coterráneo Julián del Casal, por citar dos ejemplos, quienes llevaron a cabo una ruptura más radical, debido al enfoque puramente estético y la desvalorización de lo temático en sus obras, principalmente en lo concerniente al ser humano y su mejoría existencial. La obra de la mayoría de los poetas del Modernismo hispanoamericano es un despliegue grandilocuente de sonoridad y elegancia lexical, por donde transitan todo tipo de especie mitológica y ornamento medieval.

El poeta cubano, temáticamente, está más cerca de la escuela norteamericana que de la francesa. En su ensayo The Poet, Emerson menciona el papel que juega el poeta en su comunidad, como hombre representativo de la misma: “Entre los hombres parciales, el representa al hombre completo, y no nos da cuenta de sus riquezas, sino de la riqueza de la comunidad” (Emerson, 157). Este planteamiento entronca muy bien con el siguiente apotegma martiano: “el arte no es placer, sino deber”. En efecto, lo que hace que Martí sea un modernista atípico es su profundo compromiso con sus ideales, sustentados por una convicción ética-moral, que permanece en su obra, independientemente de la ruptura estética.

El entiende que el mundo ha entrado en una nueva era y que el arte debe también transformarse; pero lo asimila, fundamentalmente, desde un punto de vista formal, sin romper su vínculo con una tradición humanista, enraizada en el conocimiento bíblico, en la filosofía grecolatina (Platón y Séneca) y en pensadores contemporáneos como Carlyle y Krauss. Por su parte, las dos promociones modernistas, tanto la finisecular como la de principios de siglo xx, son fieles depositarias del simbolismo francés, en las que predomina una preocupación formal, reflejando textualmente una imagen pesimista de la humanidad, en donde el hombre ha sido abandonado por Dios y queda a merced de las fuerzas inextricables de la naturaleza. Esta tendencia es precursora del arte contemporáneo, pues prescinde del concepto de lo absoluto que imperaba en el arte clásico. El modernismo latinoamericano era partícipe de un nuevo arte, nombrado también “decadentista” y marcaba el comienzo de lo que el filósofo español José Ortega y Gasset denominó “la deshumanización del arte”. Si Martí es una salvedad dentro del movimiento modernista, es por su capacidad de asimilar lo novedoso del arte moderno, en este caso el francés, y fusionarlo con el tradicional, como parte indisoluble de su propia filosofía de la vida. Los trascendentalitas contribuyeron en gran medida a enriquecer esa visión.

Martí, a diferencia de Emerson, puso su pensamiento al servicio de la independencia y el surgimiento de una nación. Por eso en su papel de líder independentista no obró como un político, sino más bien como un guía espiritual. En él lo literario y lo político formaban un mismo cuerpo, cuya columna vertebral era su mística, su pensamiento metafísico, razón por la que su ideario adoleciera de un programa definido sobre el futuro de Cuba. Su ética revolucionaria, que no dejaba de ser religiosa, en el sentido más puro de la palabra, y su idealismo, fueron impedimentos para que asumiera la realidad de su nación con sentido común, tal como lo hizo Sarmiento en Argentina, claro está, en diferentes circunstancias. En el código político martiano no echó raíces lo que ya en su tiempo era un método efectivo de hacer política, al mejor estilo florentino o maquiavélico: The Real Politic.

Al referirse a Emerson en su ensayo, Martí señala:

Era veedor sutil, que veía como el aire delicado se transforma en palabras melodiosas y sabias en la garganta de los hombres, y escribía como veedor, y no como meditador. (Martí, 241)

Sin duda, con estas palabras, Martí deslinda el modo de creación literaria emersoniana, que es compatible con el suyo. El trascendentalistas cree en la función reveladora del arte, y dicha revelación sólo se puede lograr a través de la agudeza ocular del creador. Martí y Emerson están unidos por el cordón umbilical del romanticismo de Carlyle, quien veía al poeta como un profeta, un místico.

Asimismo en el ensayo a Whitman, Martí acusa:

La Libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad el culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente, deduce e ilumina lo futuro, y explica el propósito inefable y seductora bondad del Universo. (Martí, 261)

Si Martí, al igual que Emerson, se identifica con Whitman, es por esa unión que existe entre el poeta y la naturaleza. Esta relación está despojada de todo dogmatismo religioso y de todo dictado elitista. Por eso, para Martí, la poesía de Whitman tiene el talante de los profetas bíblicos, y es la nueva religión, pues no está erigida por instituciones, sino por revelaciones: Dios es la naturaleza, y todo lo que emane de ella es puro, angelical. Es la sociedad la que ha corrompido, la que ha pervertido al hombre, al distanciarlo de la naturaleza, al insuflarle un concepto errado de la vida y el mundo.

Es sabido que cuando Emerson conoció a Whitman no dejó de sentir cierta perplejidad pudorosa ante su desembarazo poético; mas le abrió sus brazos al reconocer que en el estruendo de su voz refulgía el espíritu de la naturaleza. Martí puede justificar a Emerson cuando nos confiesa:

Mide las religiones sin ira; pero cree que la religión perfecta está en la naturaleza. La religión y la vida están en la naturaleza. (Martí, 263)

Entonces es comprensible que el escritor cubano vea en Whitman al creador de un nuevo credo que emerge de la naturaleza, el cual engarza con su propia creencia en el hombre. La inclusión de todos los hombres en la república, en la nación que Martí sueña para Cuba, era ya realidad en la vida y obra del poeta norteamericano. Las alusiones más atrevidas o descarnadas de Whitman en torno a su sexualidad, o su reverencia a personas del vulgo, están cundidas de un optimismo, de una tolerancia redentora, donde el cuerpo y el alma se confunden, borrando el mínimo hálito de mezquindad y vicio, para así fundar una nueva fe en el hombre que vive en armonía con los principios de la naturaleza. De ahí que Martí, en el ensayo a Whitman, haga toda una apologética de su concepto de la literatura:

La literatura que anuncie y propague el concierto final y dichoso de las contradicciones aparentes; la literatura que, como espontáneo consejo y enseñanza de la naturaleza, promulgue la paz superior de los dogmas y pasiones rivales que en el estado elemental de los pueblos los dividen y ensangrientan. (Martí, 260)

Si la poesía de Whitman, a priori, puede causar rubor hasta en las mentes más desprejuiciadas, o menos condicionadas por parámetros religiosos, no puede considerarse la misma de decadentista. Martí halla en la poesía de Whitman los ingredientes unificadores de una nación, que son los mismos que él buscaba con esmero para la formación de la suya. La poesía del norteamericano fortifica la fe en los hombres, propone, unifica. La poesía de Martí es precisamente eso, aun en su optimismo más doloroso.

La estancia de Martí en los Estados Unidos fue decisiva para reafirmar su credo artístico-literario. Si los demás poetas modernistas se nutrieron primordialmente de la escuela francesa, para ejecutar una escritura que liberara al verso de la tiranía neoclásica y el romanticismo trasnochado, Martí fue consecuente con su criterio artístico y filosófico, y, por consiguiente, se nutrió hasta donde le pareció imprescindible de Francia; pero es en Norteamérica donde encuentra eficaz acicate para continuar una obra que demostró con creces que el contenido no está reñido con la forma.

De los trascendentalistas, especialmente de Emerson, Martí incorpora la forma breve y sentenciosa en su poesía, como lo demuestran los Versos sencillos. Si hacemos una comparación entre el poema de Emerson A Mountain Grave (Una montañosa tumba) y el poema XXIII de Versos sencillos, podemos corroborar dicha aseveración. En una traducción de Una montañosa tumba, leemos:

Me gustaría morir,
donde todo viento que barra mi tumba
vaya cargado de un libre perfume
impartido con la caridad de un Dios. (Emerson, 724)

Leamos, entonces, lo que rezan estos Versos sencillos de Martí:

Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural:
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar. (Martí, 177)

Ambos poetas se valen de la expresión breve y conceptual para vaticinar sus respectivos encuentros con la muerte. En ambos predomina la búsqueda liberadora de la naturaleza; sin embargo en Martí esa búsqueda se entrelaza con el sacrificio patriótico, como forma enaltecedora del espíritu en aras del deber cumplido:

No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
¡Yo soy bueno y como bueno
moriré de cara al sol! (Martí, 177)

Asimismo, Martí participa con el filósofo de Concord en una nueva concepción religiosa, basada en la vida misma, pues encuentra su fundamento en la naturaleza como algo sagrado, virginal y revelador, despojada ya del pecado original y del dualismo cristiano. Emerson, quien fuera un pastor unitario, rompió sus nexos con la religión oficial y con los moldes del puritanismo calvinista, en busca de una religión del propio individuo, que le devolviera su verdadera libertad; y por ello trazó en la naturaleza una nueva ruta para el hombre, donde el bien y el mal, o el pecado original, desaparecieran. Por su parte, Martí también se va divorciando, paulatinamente, de sus raíces católicas, para alcanzar un credo universal, en el que persiste una esencia ética tradicional, pero que no responde a los dictámenes dogmáticos de la religión.

Martí, a diferencia de Emerson, puso su pensamiento al servicio de la independencia de su patria y al surgimiento de una nación. Por eso en su papel de líder independentista no obró como un político, sino más bien como un guía espiritual, empeñado en conseguir la unidad de todos los cubanos independentistas, para liberar a Cuba del yugo español y darle paso al nacimiento de una república. En él lo literario y lo político formaban un mismo cuerpo, cuya columna vertebral era su mística, su pensamiento metafísico, razón por la que su ideario adoleciera de un programa definido sobre el futuro de su nación. Su ética revolucionaria, que no dejaba de ser religiosa, en el sentido más puro de la palabra, y su idealismo, fueron impedimentos para que asumiera la realidad de su nación con sentido común, tal como lo hizo Sarmiento en Argentina, claro está, en diferentes circunstancias. En el código político martiano no echó raíces lo que en su tiempo era un método efectivo de hacer política, al mejor estilo florentino o maquiavélico: “The Real Politic”.

Lo planteado anteriormente es correlativo con el ensayo Whitman. Existe un contraste entre el hombre natural al que le canta Whitman y el que habita en Nuestra América. Los hombres naturales de Whitman van ganándose un espacio en la joven democracia norteamericana, bajo una estructura de poder constitucional que se iba afianzando política y económicamente. Esta sociedad, a diferencia de las latinoamericanas, era más homogénea, predominantemente anglosajona. En el ensayo Nuestra América, Martí manifiesta su anhelo de que las repúblicas latinoamericanas se erigiesen sobre los cimientos de sus elementos naturales; pero no llega a especificar cómo deben estar estructuradas políticamente, criticando, inclusive, a aquellos gobiernos latinoamericanos que imitaban fórmulas norteamericanas y europeas. Como consecuencia de su idealismo, Martí se vio imposibilitado —o estuvo renuente— a presentar un proyecto concreto para su América; es decir, una vez más le faltó —o no apeló— el sentido común para hallarle una solución viable o pragmática a los problemas sociopolíticos de su continente.

Tanto Emerson como Martí son pensadores con una visión universal, vista a través de sus respectivos pensamientos metafísicos. Por eso fueron predicadores de una mística de contenido ecléctico, a la que le añadieron también elementos de las filosofías orientales, como el hinduismo y el budismo. Este eclecticismo puede considerarse visionario, ya que en nuestro mundo postmoderno el llamado pensamiento de “La Nueva Era” comulga con esa misma visión de la vida.

Podemos, entonces, resumir que Martí y los trascendentalistas, sin proponérselo, fueron precursores de una mística y una forma de vida alternativa ante los efectos mecanicistas de la modernidad en el hombre y su imperante vida urbana. Esa alternativa, de aparente refugio, es nuestra mansión infinita: la naturaleza, el universo.



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