Actualizado: 29/02/2024 16:32
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Arango, Verbum, Literatura

Más que memorias, una radiografía sobre el presente

En su última novela, Límites y escombros, Arturo Arango vuelve a la Cuba de los años 1992, 1993 y 1994. Pero ante todo se ha interesado en esencializar las consecuencias de aquella crisis y en examinar lo que sucedió a los seres humanos a quienes les tocó vivirla

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Al comenzar Límites y escombros (Editorial Verbum, Madrid, 2023, 363 páginas), se lee: “Puse una sola condición no negociable, que aceptó: nunca me debe pedir un informe escrito. Conversar, todo cuanto quiera. Me puse a mí mismo una condición: jamás hablar en contra de un amigo”. Quien así se expresa es Marcos, el narrador protagonista. Ha aceptado reunirse con ese hombre a quien alude porque le parece “una persona honesta, que actúa por convicción”.

Omar, ese es su nombre, requiere de él no informaciones precisas, sino comentarios que le permitan conocer los estados de opinión existentes en el sector de la cultura, en el cual, por ser escritor, se mueve Marcos. Según confiesa este, también aceptó porque lo mueve algo de curiosidad. Pero de igual modo, sabe que se dispone a andar por terreno minado. Eso empieza a confirmarlo al cabo de algunos encuentros, cuando admite que al despedirse siempre le queda la sensación de que no sabe de verdad qué quiere de él Omar, e ignora si le ha dicho alguna información que debería haberse callado. Y se pregunta: “¿Qué informará sobre mí? ¿Cómo será mi expediente?”.

Límites y escombros, la novela más reciente publicada por Arturo Arango, viene a estar constituida por las impresiones que el protagonista va plasmando por escrito, como un modo de comprender la realidad que vive Cuba. Aquella que abarca 1992, 1993 y 1994, los años que siguieron a la desaparición de la Unión Soviética y que arrastraron al país a una profunda crisis económica. En varias páginas, quien las redacta describe la vida del día a día, llena de escasez, carencias, apagones, si bien resulta pertinente decir que no es ese el tema central de sus apuntes.

Marcos vive en Alamar y para desplazarse usa su bicicleta (el auto lo deja para desplazamientos imprescindibles). No obstante, salvo las incomodidades ligadas a ello (el sudor, andar mal vestido, subir y bajar escaleras con su medio de transporte al hombro), admite que pedalear le da una sensación de libertad que no tiene cuando utiliza el coche. Además, se ha apropiado de La Habana de otra forma: “Puedo dominarla, recorrerla sin otra ayuda que la de mis músculos y la constancia de mi respiración. Desde esta altura, sin ventanilla o puertas que me encierren, todo se aprecia a una escala diferente, más humana”.

Pero en realidad, ese comentario no pasa de ser una aplicación de aquello de que al mal tiempo buena cara. La Habana que Marcos ve diariamente es otra muy diferente. Él mismo lo constata nada más salir de Alamar: durante el trayecto no encuentra ni un solo semáforo encendido. Y después de recorrer el bulevar de San Rafael, escribe: “Me deprime caminar e incluso pasar en bicicleta por San Rafael. Los faroles están apagados, con los cristales rotos, los bombillos fundidos o robados. Las tiendas, cerradas en su enorme mayoría, ofrecen detrás de sus vidrieras sucios espacios inútiles, enormes, polvorientos. Los edificios que restauraron regresan a su condición de ruinas. Las aguas albañales brotan de pisos y paredes, manchan mármoles ocultos bajo capas de limo. Los cines Rex y Duplex están abandonados”. Y luego está, añade, la falta de presencia humana: lo único parecido a las personas son los maniquíes desnudos, fantasmagóricos, que se divisan detrás de los cristales que aún sobreviven. La Habana es lo más parecido a una ciudad tras haber pasado por una guerra.

Asimismo y en contraste con esa escala humana que La Habana adquiere cuando va en bicicleta, Marcos hace notar que las distancias se han multiplicado. Un año atrás, ir en ómnibus de Alamar a El Vedado le tomaba, si andaba con suerte, treinta minutos. Ahora él, al igual que todo el mundo, se conforma con llegar. El Cotorro, La Lisa, Marianao, Santiago de las Vegas, se han convertido en lugares remotos, a los que no se sabe cuándo se llegará. Ir de Alamar a cualquiera de ellos, comenta, ha alcanzado el valor de un viaje interprovincial. Apunta que La Habana se ha dilatado y expresa: “estamos ingresando, cada vez más de prisa, en una ficción desconcertante y amorfa”.

Escribe para no olvidar y tratar de comprender

Marcos es escritor y hasta hace un año era parte del equipo que editaba una revista llamada El Punto. Las draconianas medidas tomadas en el Período Especial llevaron a que dejara de salir. A los que allí laboraban les ofrecieron permanecer con sus salarios. Solo aceptó quedarse Mauricio, quien ocupa su tiempo en preparar el índice temático y de autores de los números aparecidos en los últimos veinte años. De los demás, dos hallaron trabajo en la emisora Radio Capital. Por su parte, Marcos pasó al Centro de Cine, gracias a su amigo Jorge Luis. Llegar al mismo le implica pedalear 15 kilómetros. Su tarea consiste en ver películas, en su mayoría copias pirateadas, y divulgar en un programa radial las que se estrenarán en las salas de video.

En esos apuntes que Marcos va tomando “para no olvidar y para tratar de comprender lo que estamos viviendo”, ocupan un gran espacio sus relaciones con los colegas que forman el grupo de sus amistades más entrañables. Del mismo forma parte Alejandro, quien imparte clases en la universidad y desde hace tiempo trabaja en una novela sobre José Martí. Otro integrante es Eduardo, a quien sus compañeros aceptan con normalidad a pesar de ser homosexual (Marcos le agradece haber no eliminado, pero sí reducido su homofobia). Eduardo mantiene una relación de admiración y rechazo con Raymundo. Este reconoce el talento de quien es su discípulo, y aunque nunca lo ha confesado, lo considera capaz de hacer la obra que él no pudo.

En esa situación a la que han llevado el país, cualquier oportunidad de un viaje o ganar un premio en el extranjero, significa un alivio que no por ser temporal se valora menos. Marcos y sus amigos están entusiasmados con la idea de asistir a un encuentro de escritores de las dos orillas que se está organizando en Frankfurt. Inicialmente, las autoridades dieron su aprobación, pero al final el Gremio de Escritores y el Ministerio de Cultura decidieron que los cubanos de dentro no iban a participar. Les molestó que en el temario se incluyese la libertad de expresión, y argumentaron que el hecho de que los organizadores alemanes hayan decidido unilateralmente lo que discutirá un grupo de autores cubanos es un acto de coloniaje cultural y de injerencia en los asuntos internos de Cuba. Eso lleva a Marcos a comentar: “Admito que son argumentos atendibles, pero, de acuerdo con esa lógica, ¿no están los políticos, de un lado y de otro, imponiendo su agenda a los escritores? ¿No tendríamos que ser nosotros quienes decidamos sobre qué y cómo queremos conversar con los colegas que viven fuera de Cuba?”.

En esas páginas que redacta Marcos, se van entrelazando las vidas de sus amigos con lo que ocurre en el país en esos tres años. Aunque no los nombra directamente, se refiere a hechos como la entrada del mar en la zona aledaña al Malecón, el incidente del remolcador lleno de personas que fue hundido por los guarda fronteras, el éxodo masivo del “maleconazo”. Asimismo, junto a los personajes ficticios, aparecen unos cuantos reales. De unos solo se hace alusión (Reinaldo Montero, Francisco López Sacha, Leonardo Padura, Senel Paz, Eduardo Heras León, Antón Arrufat, Miguel Mejides…). Otros, en cambio, tienen alguna participación. De ellos, el que más la tiene es José Rodríguez Feo, del cual Marcos hace un retrato afectuoso.

En ese sentido, quienes estén familiarizados con el mundo literario cubano probablemente leerán Límites y escombros como un roman à clef, para descifrar la verdadera identidad de muchos de los personajes, publicaciones y grupos que Arango ha disfrazado dentro del ámbito ficcional. Pero se trata solo de una de las posibilidades de lectura, pues la suya es una obra que no reclama a los lectores conocer los referentes reales que aparecen bajo la máscara de la invención. A propósito de esto, creo oportuno recordar la opinión de Mario Vargas Llosa de que una ficción fracasa o triunfa por ella misma y no por el testimonio que ofrece sobre el mundo real.

Harto de la retórica y las simulaciones

En su intento de entender de alguna manera esa realidad, Marcos reflexiona y se plantea interrogantes que reflejan sus desgarramientos e incertidumbres. No obstante, él mismo admite las dificultades de hallar una explicación medianamente lógica a lo que ocurre, pues “todo es tan cambiante, tan desesperanzador y al mismo tiempo tan nuevo, que comprender el ámbito en que vivimos se ha convertido en un desafío constante”. Como un acto más de resistencia, ha cancelado toda noción de futuro: para él, al igual que para toda la población, no existe plan más allá del mes que viene, de la semana que viene. Eso lo reafirma en su decisión de no tener hijos, ya que no considera noble entregarles como herencia el páramo en que han desembarcado y menos aún el territorio desconocido e imprevisible en el que ingresarán sin haberlo elegido.

Asume esas páginas, tan inciertas como todo lo demás, como lo más sólido a lo que puede aferrarse. Acogiéndose a la libertad del espacio creativo que se ha construido, hace reflexiones inteligentes y agudas que no podría expresar fuera del mismo. Así, opina que “la propaganda oficial ha formado un objeto único de varias sustancias diferentes: nación, patria, socialismo, partido, gobierno, Fidel. Lo más sano sería separarlas, pero el solo intento, en los tiempos que corren, se interpretaría como un acto de oposición (de disidencia, se dice, viciando una palabra que debería tener un sentido más justo; a fin de cuentas, todo pasa por la retórica)”.

Al referirse a la crisis en la cual se halla el país, escribe con amargura que “nos han confinado al personaje del mendigo. Todo el país está atento a lo que puedan regalarnos o, peor aún, nos entrenamos para despertar lástima en los que tengan algo que dar”. Y se pregunta: “¿Cuánto hay en esta crisis que se debe a la disolución del campo socialista, al bloqueo de los Estados Unidos, a los bandazos del campo socialista, a malas decisiones tomadas por el gobierno? La ayuda recibida de esos países que ahora no quieren saber nada de Cuba, ¿se malgastó? ¿Pudimos desarrollarnos mejor durante años de relativa prosperidad?”.

En la última visita a sus padres en Matanzas, Marcos se da cuenta de que está harto de la retórica y las simulaciones. En las líneas con las que finaliza las páginas que ha escrito, anota que lleva dos semanas sin salir de Alamar. Sus amigos no lo han llamado, ni tampoco él a ellos. Al día siguiente tiene que reincorporarse al trabajo y sabe que va a ingresar en una ciudad, en un país que ya no conoce.

Al abordar aquella etapa, Arango partió con un elemento a su favor: el tiempo transcurrido. Eso le ha dado la distancia suficiente para abordarla con más objetividad y desde otra óptica. En primer lugar, se ha desmarcado del regodeo en las miserias y la angustiosa lucha por la sobrevivencia. Menciono temáticas que fueron frecuentes en la narrativa escrita entonces en la Isla, y que en cierta medida estuvieron dadas por el fenómeno curioso en que se convirtió Cuba para el resto del mundo. De igual modo, es conveniente advertir que quienes busquen jineteras y balseros en Límites y escombros quedarán defraudados. Todo eso responde a que, en lugar de optar por el registro ligado en demasía a lo testimonial o lo puramente anecdótico, Arango se ha interesado en esencializar las consecuencias de aquella crisis y en examinar lo que sucedió a los seres humanos a quienes les tocó vivirla.

Otro aspecto que contribuye a que eso se materialice satisfactoriamente en el plano estético, lo es la perspectiva desde la cual es narrada la novela. Su condición de escritor le permite a Marcos dar otra dimensión a la escritura de esas páginas, y como él afirma, olvidar que se escribe literatura es imperdonable. Ha pasado años defendiendo su espacio creativo, convencido de que es el único modo de ser verdaderamente libre. Por eso ha afrontado ese ejercicio de memoria como si redactase un diario: “Quito de mi mente cualquier pretensión de que se publique en Cuba. Es la única forma de liberarme y escribirlo absolutamente todo, sin pensar en la pertinencia de lo que va quedando en el papel”. Y eso es justamente lo que Arango ha logrado hacer en su novela.

Me asalta la duda de si lo antes escrito por mí puede dar la idea de que se trata de una obra que solo interesará a un público minoritario. Una idea del todo errónea, pues en su ejecutoria como escritor de ficciones Arango ha dado sobradas pruebas tanto de su talento como de su oficio. Aquí vuelve a hacerlo y el buen pulso narrativo, la lucidez y la honestidad son cualidades que dan fuerza a Límites y escombros. Se sustenta además en un despliegue argumental interesante e imaginativo, que engancha porque está armado con precisión y contado con ritmo sostenido. Posee, asimismo, un heterogéneo pero variado plantel de personajes, que están trazados con credibilidad y matices. A todos esos valores, la novela de Arango suma uno adicional aportado por la propia realidad actual de Cuba: más que un ejercicio de memoria sobre el pasado reciente, Límites y escombros es una radiografía que se proyecta sobre el presente.